«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Cappitulo 19

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 19

Victoria Kincaid

William dio un paso adelante, con la cabeza en alto. Pero Elizabeth pudo ver que una gota de sudor le resbalaba por un costado de la cara. No podía ser fácil enfrentarse a docenas de guerreros Fae armados. Este poderoso Fae podría retrasarlos lo suficiente como para que la cura llegara demasiado tarde a Georgiana. Y nunca ganarían una batalla si el rey decidía luchar contra ellos.

—Mis más profundas disculpas por la intrusión —dijo William. —Intentaba distraer a la princesa Alaine y a Bix—. Señaló hacia donde dormían sobre la hierba.

¿Qué relación tenía la princesa Alaine con el rey? ¿Acaso él la apreciaba? ¿Exigiría la devolución de la flor si estaba disgustado?

Malus cruzó el campo y miró fijamente a Alaine tras lanzar una mirada despectiva a Bix. —¿Qué le han hecho a mi hija? —tronó con una voz que hizo temblar la tierra.

A Elizabeth se le heló la sangre e intercambió una mirada de asombro con William. ¿Hija? ¿Cómo habían tenido la mala suerte de enemistarse con la hija del rey de los Fae?

Elizabeth se acercó a William y al general Fitzwilliam mientras los guerreros Fae marchaban por el borde de la meseta, rodeando y atrapando a los humanos.

—Alaine intentaba matarnos a Elizabeth y a mí—. Se aclaró la garganta. —La princesa quería impedir que lleváramos la cura a mi hermana.

—Tenemos razones para creer que la princesa ayudó al señor Wickham a envenenar a la señorita Darcy en primer lugar —añadió Elizabeth.

El rey le dirigió una mirada penetrante a William. —¿Por qué haría ella tal cosa? No puedo imaginar que Alaine haya conocido a su hermana.

William negó con la cabeza. —No sé por qué. No nos explicó sus razones.

Malus los miró imperiosamente. —¿Por qué debería creer una historia tan absurda? Los Fae no nos involucramos en los asuntos de los mortales. Es mucho más probable que ustedes la atacaran.

—Señor —el general Fitzwilliam se dirigió a Malus. —Tengo una carta para la corte Fae que ayudará a explicar parte de esta confusión.

Malus frunció las cejas. —¿De quién es esta carta?

El general miró de reojo a William. ¿De qué se trataba? —Un miembro de su corte con el que me he encontrado recientemente. Describe cómo las acciones de la princesa Alaine violan las leyes Fae—. Sacó la carta del bolsillo de su abrigo y se la entregó a Malus.

Malus rompió el sello y examinó la carta. Sacudió la cabeza. —Son delitos graves. Está prohibido interferir con magos mortales. Sabía que era impulsiva y propensa a los ataques de ira, pero esto… no tengo más remedio que castigarla—. Miró a Alaine casi con pena. Elizabeth pensó en lo duro que debía ser para un rey juzgar a su propia hija.

Elizabeth dijo por fin: —Esto debe de ser muy difícil para usted.

Malus se encogió de hombros con una máscara inexpresiva. —Tengo otras veintiocho hijas. Quizá alguna de las otras no me decepcionará.

Y dio una palmada. Al instante, dos Fae, con yelmos y armaduras de guardias, salieron del círculo. Malus hizo un gesto y los hombres levantaron a Bix y Alaine con cuidado y se los echaron al hombro. Los guardias llevaron a los cautivos a través de la hendidura del acantilado y desaparecieron en la oscuridad.

—Espero que tengan un juicio justo —comentó Elizabeth.

—Los mortales no nos dicen cómo debemos actuar —respondió Malus imperiosamente, mirándola por debajo de la nariz. —Sin embargo, los juicios son la costumbre de nuestro pueblo. En cualquier caso, no deben preocuparse. Ni Bix ni Alaine volverán a molestar a su familia. Supongo que serán encarcelados durante cien años o más.

—También hay un pájaro de trueno herido en el campo por allá —Darcy señaló.

—Otro crimen más que achacar a Alaine —refunfuñó Malus. —Los pájaros de trueno nunca deberían ser tratados de forma tan descuidada—. Hizo un gesto y un contingente de guerreros Fae no tardó en dirigirse hacia el ave de trueno.

El rey miró a Elizabeth con severidad. —Supongo que usted volverá a la Biblioteca ahora que la búsqueda ha concluido—. La pregunta surgió casi como una orden.

Elizabeth se sintió un poco desconcertada. —No creo que la búsqueda esté realmente concluida hasta que Georgiana esté curada, pero después volveré a la Biblioteca.

—El tiempo se les está acabando—dijo él en tono sombrío.

—¿Qué…? —Elizabeth empezó a decir, pero el rey ya se había girado y se dirigía hacia la abertura del acantilado. Los guerreros lo siguieron, moviéndose mucho más silenciosa y elegantemente de lo que deberían hacerlo unos hombres con armadura.

Una vez que se hubieron ido y la entrada al mundo Fae se hubo cerrado con estruendo, Guillermo se volvió hacia su primo. —Richard —dijo mientras se frotaba las manos por la cara con cansancio. —Debemos llevarle la cura a Georgiana. Sin embargo, hay una pandilla de patronas deambulando por los picos en alguna parte.

Elizabeth se había olvidado por completo de Lady Catherine y sus amigas, pero cuando miró no quedaba nadie donde antes habían estado las patronas. Al parecer, las damas habían aprovechado la confusión de la batalla para escapar. ¡Lady Catherine ni siquiera se molestó en ayudar a su propio sobrino a luchar contra una princesa Fae!

—La princesa Alaine las utilizó con rudeza —continuó William. —Puede que algunas de ellas estén heridas y que se hayan perdido. ¿Podrías localizarlas y ayudarlas a regresar a sus hogares?

—¡Válgame Dios, Darcy! —exclamó el general. —Seguro que tienes una tarea más fácil y placentera para mí. ¿Quizás luchar contra una serpiente marina? ¿O viajar al Polo Norte en busca de un yeti? Haré lo que sea si puedo evitar a la tía Catherine y a su banda de arpías.

William puso una mano compasiva en el hombro de su primo. —Te comprendo. Pero ahora que eres general, es menos probable que la tía Catherine te reprenda.

—No. ¡Ahora es peor! —exclamó. —¡Intentará desposarme con alguien!

William soltó una risita mientras montaba a Hespera. Miró a Elizabeth. —No hace falta que me acompañes. Me atrevería a decir que puedo administrar la cura yo solo, y sin duda tú estarías encantada de descansar.

Elizabeth negó con la cabeza. —Quiero llevar esto hasta el final. También me preocupo por Georgiana—. Y, en caso de que llegaran demasiado tarde, William podría necesitar un hombro sobre el que llorar.

Él le dedicó una débil sonrisa. —Debo confesar que esperaba que te unieras a mí.

Elizabeth subió a lomos de Abraxas y siguieron a Hespera hacia el cielo.

∫∫∫

Darcy consiguió mantenerse relativamente tranquilo durante el vuelo. Sólo instó a Hespera a que se diera prisa tres… bueno, quizá cuatro… muy bien, que fueran cinco veces. El viaje pareció eterno, aunque él sabía que era una distancia corta en el aire. Pero finalmente los dos grifos aterrizaron frente a la gran entrada principal de Pemberley. Darcy saltó del lomo de Hespera y atravesó las puertas, ignorando las exclamaciones de sorpresa de su mayordomo y de una de las criadas que se encontraban en el vestíbulo. Fue vagamente consciente del sonido de los pasos de Elizabeth a su espalda.

Subió apresuradamente los escalones y dobló a la derecha, avanzando a toda velocidad por el pasillo hasta llegar a la habitación de Georgiana. Ni siquiera se detuvo a llamar, sino que abrió la puerta de golpe y se precipitó junto a su cama. Por un momento temió haber llegado demasiado tarde; ella estaba tan quieta. Pero entonces vio el ligero y superficial movimiento de su respiración. Gracias a Dios. Sacó la flor del bolsillo y sólo entonces se dio cuenta de que no sabía cómo administrar la cura.

Miró fijamente a Elizabeth, que estaba al otro lado de la cama. —¿Debe comérsela? ¿Olerla? ¿Quizá en algún tipo de tintura?

Elizabeth negó con la cabeza. —Nadie nos dio instrucciones. Pero me atrevería a decir que los Fae se comen flores todo el tiempo, así que ponérsela en la boca no tendría nada de malo. Puede que no necesite tragársela.

Darcy abrió la boca de su hermana y le colocó la flor en la lengua antes de empujarle suavemente la barbilla para volver a cerrarle la boca. Esperó con la mirada fija en el rostro de su hermana. No ocurrió nada.

—Tal vez deberíamos haber preparado una tintura —le dijo a Elizabeth.

Entonces los ojos de Georgiana parpadearon. Con el corazón palpitando en su pecho, Darcy se inclinó hacia delante. —¿Georgiana?

Sus pestañas se agitaron y luego sus ojos se abrieron, enfocándolo a él.

—¿William? Su voz era gruesa y lenta, pero el sonido era música para sus oídos. Su corazón se hinchó de una alegría que casi no podía contener su pecho.

—¿Cómo te sientes, querida?

—Mejor—. Se incorporó con dificultad y puso cara de asco antes de sacarse la flor de la boca. —¿Me has metido una hierba en la boca?

Elizabeth se rio.

—No es una hierba —le explico Darcy pacientemente. —Es la cura. Fuimos al mundo Fae para obtenerla.

Georgiana le dirigió una mirada a Elizabeth. —¿Hasta allá? —Elizabeth asintió. Su hermana le devolvió la mirada. —Realmente eres el mejor de los hermanos. No podría haber pedido uno mejor—. Lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. Luego sus ojos buscaron en la habitación. —¿Dónde está Galon?

Darcy no vio a la pequeña criatura parecida a una foca. —No lo sé. Quizá haya ido al estanque—. Como las selkies preferían el agua, su familiar solía pasar tiempo en el estanque del jardín de Pemberley. —¿No puedes hablar con él en tu mente?

Georgiana negó con la cabeza, mordiéndose el labio. —A veces no puedo oírlo. No cuando está en esa forma…. —su voz se entrecorto mientras miraba algo al final de la cama.

Darcy también miró y se sobresaltó. Un hombre extraño estaba parado al pie de la cama de Georgiana.

—¡Ahí estás! —dijo Georgiana con tono de alivio.

—Me disculpo. Estaba bajo un hechizo de invisibilidad —dijo el hombre.

—¿Quién es usted? —exclamó Darcy. —¿Quién es? —le preguntó a Georgiana. —¿Por qué hay un completo desconocido en tu alcoba? —Darcy se volvió hacia el hombre. —Esto es de lo más inapropiado. Váyase inmediatamente». Señaló la puerta.

—¡William! ¡William! —Georgiana lo tomó del brazo. —Éste es Galon.

Darcy parpadeó al verla y luego volvió a examinar al hombre. Era alto y bien parecido, con el cabello oscuro y los ojos verdes. Definitivamente él no era un pequeño mamífero marino. ¿Acaso las luchas de Georgiana con la Palabra Escocesa la habían hecho delirar?

El hombre se inclinó ante Darcy. —Me llamo Galon. Soy un príncipe Fae de la corte de verano. Me enamoré de su hermana hace tres años y me disfracé de su familiar para poder estar cerca de ella.

Darcy se dio cuenta de que tenía la boca abierta y la cerró con un chasquido audible.

—¿Ha estado viviendo con Georgiana y cortejándola en secreto? —preguntó Elizabeth.

—Le aseguro que no ha ocurrido nada malo —se apresuró a decir Galon. —Nunca pasé la noche en su habitación… hasta que se enfermó. La mayor parte del tiempo actuábamos como mago y familiar. Quería que Georgiana se acostumbrara a mí.

—¿Que ella se acostumbrara? —Darcy preguntó en un tono bajo y mortal. —¿Por qué? ¿Qué intenciones tiene hacia mi hermana?

—Le aseguro que mis intenciones son totalmente honorables —respondió Galon con rigidez. —La amo.

Todo esto estaba ocurriendo demasiado deprisa para el gusto de Darcy. —¿Quiere cortejar a mi hermana? ¿Casarse con mi hermana? ¡Ella es una Darcy! ¿Y quién es usted? ¿Tiene siquiera un apellido? ¡Usted… usted es un mamífero marino que puede mudar su piel!

—¡William! —jadeó Georgiana.

La expresión de Galon se ensombreció. —También soy un príncipe Fae. Seguramente eso es una garantía de mi buena crianza.

Darcy juntó las manos temblorosas detrás de la espalda e hizo un esfuerzo por no gritar. —Recientemente nos hemos encontrado con algunos miembros de la realeza Fae muy mal educados. Yo-

Elizabeth lo interrumpió antes de que pudiera enfurecerse. —¿Ha considerado todas las implicaciones? —preguntó. —No es frecuente que humanos y Fae contraigan matrimonio. ¿No cree que esto disgustará a la corte Fae? ¿Y dónde vivirán?

La expresión de Galon era grave. —Debemos vivir en el mundo humano. La corte Fae no es un lugar para humanos, y me exiliarían si me casara con Georgiana—. La hermana de Darcy parecía afligida ante esta noticia. —Pero —añadió Galon. —Será un pequeño precio a pagar.

—¿La pondría en peligro ante los Fae? —preguntó Darcy.

Galon negó con la cabeza. —La princesa Alaine es la única Fae que representa algún peligro para mí o Georgiana. Desea casarse conmigo y es responsable de los ataques a Georgiana y a ustedes.

A pesar de su enfado, Darcy estaba impresionado con el joven por haber confesado semejante información. —Ella ya no es una amenaza —comentó Darcy. —Alaine y su secuaz fueron puestos bajo la custodia del rey Malus, que también ha recibido una carta entregada a través del general Fitzwilliam, que supongo que usted escribió—. Galon inclinó la cabeza. —Malus nos aseguró que estarían encerrados durante mucho tiempo.

Galon exhaló un suspiro de alivio. —¡Esas son excelentes noticias! —Se acercó a la cabecera de Georgiana y le tomó la mano, mirándola con adoración. El amor era casi una fuerza palpable que fluía entre ellos. Darcy no pudo evitar una punzada de envidia. Puede que él no les hubiera dado su consentimiento, pero ellos eran libres de amarse de una manera que Elizabeth y él no podían. Al levantar la vista, capto la expresión melancólica de Elizabeth y dedujo que ella estaba pensando lo mismo.

Galon lo miró fijamente. —¿Nos dará su consentimiento?

Darcy frunció el ceño. —Señor, apenas lo conozco. No sé nada de su familia, sus perspectivas o sus planes para el futuro. Ser un selkie no es un medio para mantener a una familia.

—¡Seguramente mi dote es suficiente! —dijo Georgiana.

—Tal vez tu dote sea lo que más le atrae de ti —sugirió Darcy.

—¡William! —exclamó Georgiana indignada.

Galon se acercó a Darcy. —Le aseguro que…

—Creo que deberíamos dejar esta discusión por el momento —dijo Elizabeth en voz alta, interponiéndose entre Darcy y Galon. —Georgiana se ha recuperado de una larga enfermedad, y nosotros hemos regresado de un viaje largo y agotador. Ahora no es el momento de mantener conversaciones importantes ni de tomar decisiones que alteren nuestra vida.

Darcy se echó hacia atrás, reconociendo la sabiduría de las palabras de Elizabeth. —Ha sido un día muy largo. Tal vez sea mejor retirarnos a descansar. Podremos seguir hablando de esto por la mañana.

Galon asintió, pero Georgiana se cruzó de brazos. —Muy bien, pero te recordare, hermano, que no necesito de tu permiso.

Con una sacudida, Darcy se dio cuenta de que ella tenía razón. No estaba acostumbrado a pensar en ella como una mujer que ya había pasado la edad de necesitar un tutor.

—Nos retiraremos por esta noche —dijo Darcy de nuevo, mirando fijamente a Galon, hasta que el Fae captó la indirecta. Le dedicó a Georgiana una sonrisa afectuosa y le besó la mano a modo de despedida. Darcy esperó hasta que el otro hombre hubo salido de la habitación antes de marcharse. Elizabeth lo siguió desde la habitación.

Una vez en el pasillo, Darcy se giró hacia Galon con rigidez. —Supongo que le han dado una habitación.

El Fae se puso colorado. —Sí, me han asignado una habitación en el ala de invitados.

Darcy asintió bruscamente, satisfecho de haber cumplido con su “invitado”. Le hizo una seña a una criada que pasaba por allí. —¿Podría preparar una habitación para la señorita Elizabeth? Se quedara esta noche—. La criada hizo una reverencia y se alejó a toda prisa.

—¡Una cosa más, señor! —dijo Galon antes de retirarse. —¿Estaba Wickham con la princesa Alaine?

Darcy miró por encima de su hombro. —¿Wickham? No, no he visto a ese hombre.

Galon apretó los labios. —Eso no me agrada. El general había estado reteniendo a Wickham aquí en el sótano, pero Alaine lo liberó con la ayuda de su ave del trueno.

—Wickham no estaba con Alaine y el pájaro del trueno cuando los vimos.

—Ella debe haberlo dejado en algún lugar —reflexionó Galon. —No son buenas noticias. Me desagrada la idea de que ese hombre ande libre por el país y pueda causar problemas.

—En efecto —convino Darcy. —Mañana organizaré su búsqueda—. Le dirigió una mirada a Elizabeth. —Pero esta noche descansaremos.

Le ofreció el brazo a Elizabeth mientras la acompañaba hacia el ala de invitados. —¿Quieres que te lleven una bandeja a tu habitación? —pregunto.

—Quizá más tarde. Por ahora me encantaría darme un baño —dijo ella.

—Le diré a la doncella…

De repente se paralizó y soltó un grito ahogado. Darcy buscó el origen de su angustia, pero no vio nada. —¿Qué ocurre?

Elizabeth le agarró del brazo convulsivamente. —¡Abraxas dice que debo regresar a la biblioteca de inmediato. Es una emergencia!

Continuará…

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