«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 18

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 18

Victoria Kincaid

La sonrisa de Elizabeth se amplió cuando Hespera y Abraxas volaron a la vista sobre la cresta de la colina. ¡Me alegro mucho de verlos! le ella dijo a su familiar.

Y yo me alegro de ayudarte, respondió Abraxas, pero su voz mental estaba teñida de ansiedad. Debemos regresar pronto a la Biblioteca. La situación es inestable.

Elizabeth respiró profundamente. Un peligro a la vez.

Cuando William giró la cabeza y vislumbró a los dos grifos, se echó a reir al verlos. —¡Bien jugado! —exclamó.

Alaine maldijo pero luego se rio. «¡Esas insignificantes criaturas no son rivales para mi pájaro del trueno!» Saltó a la espalda de su ave y tiró de Bix detrás de ella. Saltaron al cielo para encontrarse con los grifos. Es cierto que cada grifo era sólo una cuarta parte del tamaño del pájaro del trueno, pero Elizabeth no estaba dispuesta a excluirlos.

Cuando el pájaro del trueno se alejó y la princesa centró su atención en los grifos, Elizabeth pudo sentir cómo la magia de Alaine se desprendía de William. Rápidamente fue capaz de reunir su propia magia para deshacerse de ello por completo. Menos mal.

Pero apenas estaban fuera de peligro; sólo era un respiro momentáneo.

Tratando de escapar de los dos grifos, el pájaro del trueno se lanzó en picada en un enorme giro. La princesa apenas se aferraba a su espalda. En el suelo, las patronas seguían bajo el control de la princesa y sus acciones reflejaban las de ella. Las damas, elegantemente vestidas, se sacudían y deslizaban por la cima de la colina o daban volteretas. Oh, vaya. Elizabeth observó cómo Lady Dalwrymple arrojaba sus cuentas. Qué mortificante. Pero entonces otra patrona se golpeó la cabeza contra una roca. El dominio de la princesa estaba poniendo en peligro sus vidas.

Elizabeth intercambió una mirada con William. —Supongo que tenemos la obligación de ayudarlas.

Hizo una mueca. —Supongo. La conciencia es algo terrible.

Elizabeth pudo ver las cuerdas mágicas que unían a las patronas con la princesa. Lanzó un rápido hechizo para cortar esas cuerdas; al instante, las patronas cayeron al suelo como marionetas a las que se les hubieran cortado los hilos. Por lo menos, ya no serían sacudidas como piedras en una caja. Yacían en el suelo quejándose y lamentando su destino. Elizabeth sólo podía esperar que se quedaran allí y no interfirieran en la lucha contra Alaine.

Pero las acciones de Elizabeth habían llamado la atención de la princesa Fae. Saltó de la parte trasera del pájaro del trueno con la gracia sobrenatural de su especie y aterrizó con ligereza en un afloramiento rocoso. Bix la siguió. Alaine les dedicó una fría sonrisa mientras bajaba del afloramiento con la misma facilidad con la que descendería de unas escaleras.

—Esas flores no duran mucho, Darcy. Sólo necesito retrasarlos un poco y será demasiado tarde para salvar a tu hermana.

—¿Por qué odias tanto a Georgiana? —preguntó William, desconcertado. —Ella nunca le ha hecho daño a un alma en su vida.

—Eso es lo que crees —siseó Alaine.

Había llegado a la meseta donde estaban Elizabeth y Darcy, y Bix no estaba muy lejos. A Elizabeth se le apretó el estómago. Ella y William se encontraban con la capacidad disminuida y se enfrentaban a dos Faes, que eran conocidos por ser los magos más poderosos del mundo. Una mirada hacia arriba mostró que Abraxas y Hespera estaban muy ocupados luchando contra un pájaro del trueno mucho más grande.

Alaine levantó la mano y lanzó un rayo blanco y abrasador contra Darcy. Él se lanzó hacia un lado, golpeando el suelo con cierta fuerza antes de refugiarse detrás de un grupo de rocas. Elizabeth se apresuró a unirse a él. Alaine dirigió otro rayo hacia Darcy, pero éste consiguió levantar sus escudos, que brillaron con un azul intenso cuando el rayo los alcanzó.

Al asomarse entre dos rocas, Elizabeth observó cómo Alaine colocaba deliberadamente su mano en el hombro de Bix y comenzaba a extraer la magia del Fae. Unir el poder de esa manera le daba a Alaine una enorme ventaja; podía potenciar ataques mucho más poderosos de los que Elizabeth y William podían esperar conseguir. No tenían ninguna esperanza de sobrevivir a una batalla de desgaste. Los magos humanos tendrían que encontrar otra forma de luchar y tendrían que hacerlo rápidamente.

Si tan sólo pudieran combinar su magia como lo hacían los Fae. Pero a los magos humanos les resultaba notoriamente difícil; William y Elizabeth lo habían intentado en las primeras etapas de su búsqueda, pero había sido un miserable fracaso. Pero tal vez… la situación era diferente ahora.

William se volvió hacia ella. —Elizabeth —dijo con urgencia. —Creare una distracción para que puedas tomar la flor y montar a Abraxas hasta Pemberley.

Ella negó con la cabeza. —No voy a decirle a Georgiana que he abandonado a su hermano para que luche solo contra dos magos Fae.

—Pero…

Ella se adelantó a su objeción levantando un dedo. —¿Querría ella que su vida fuera a costa de la tuya? —Cuando él no le dio una respuesta inmediata, ella volvió a hablar. —Tengo otra idea. Por favor, dame tu mano.

William colocó su mano en la de ella. Elizabeth trató de no pensar en lo inapropiado del contacto… ni en lo maravilloso que se sentía. Cerró los ojos y se acostumbró a la sensación de su magia: su textura y su peso. Afortunadamente se había hecho más familiar en el transcurso del viaje.

Había fusionado su magia con la de Abraxas muchas veces; era una forma habitual de que los familiares aumentaran el poder de sus magos. Pero mientras la magia de Abraxas se sentía como las ondas de un baño relajante, tocar la magia de William era como sumergir la mano en un tifón. Fluyó y refluyó en grandes olas irregulares, moviéndose de forma salvaje e impredecible. ¿Cómo podría fusionar su magia con algo así?

Elizabeth trató de mantener la calma; si entraba en pánico ahora, nunca lograrían formar un vínculo exitoso. Imaginó que su magia era una corriente calmada que se adentraba en el mar embravecido de la magia de William, poco a poco, como si una corriente de agua caliente se mezclara con un mar más frío. Imaginó que sus magias se mezclaban.

Al final, su magia se combinaba para producir algo parecido a las olas del mar: poderosas, pero regulares y predecibles. Lo había conseguido. Había establecido un vínculo entre sus magias.

Abrió los ojos y encontró a William mirándola fijamente. —No creí que fuera posible —dijo. —¿Cómo pudiste hacerlo ahora cuando antes no pudimos establecer ese vínculo?

Ella le dedicó una pequeña sonrisa. —Ahora sé que me amas.

Él soltó una risa suave. «¿Cómo podría no hacerlo? Eres increíble». Estaban siendo atacados y, sin embargo, la sonrisa de William era tierna y sus ojos brillaban con cariño. Su mirada se desvió hacia los labios de ella. ¿La besaría? Cada parte de Elizabeth anhelaba una mayor intimidad con él, queriendo aprovechar estos momentos antes de que tuvieran que tomar caminos distintos. Por supuesto, no eran las circunstancias ideales para su primer beso.

Un rayo se estrelló ruidosamente contra el escudo de William, haciendo que ambos se estremecieran y se separaran. William le dio más poder al escudo, pero éste se estaba desgastando en algunas partes.

William arrugó la frente con preocupación. —Lo que has conseguido es maravilloso —dijo. —Pero no estoy seguro de que ni siquiera nuestros poderes combinados sean suficientes para derrotar a dos magos Fae con toda su fuerza.

—¡Ah, pero tengo otro truco bajo la manga! —declaró ella con una sonrisa. Se dirigió mentalmente a Abraxas: ¿Pueden Hespera y tú darnos de un poco de su energía?

Los grifos habían aterrizado en una meseta más baja después de obligar al pájaro del trueno a bajar al suelo con un ala herida. Los grifos tenían una clara ventaja en tierra. Sus cuatro patas les daban una gran maniobrabilidad, mientras que su oponente sólo podía dar saltos, arrastrando su ala herida sobre la hierba.

, respondió Abraxas. Toma el poder que necesitas. Es tuyo. No necesitamos la magia para hacer retroceder a esta criatura. El poder y la energía renovada inundaron a Elizabeth, como si hubiera tomado varias tazas de café. La expresión del rostro de William sugería que había recibido un regalo similar de Hespera.

—Creo que ahora estamos listos para la batalla —le dijo Elizabeth. —¿Quieres tomar la delantera? Tienes entrenamiento en magia de combate. No es algo que los bibliotecarios suelan requerir.

∫∫∫

Darcy Darcy asintió, feliz de poder ser finalmente útil. Sujetó los cuatro hilos mágicos -dos humanos y dos de grifo- que ahora estaban entrelazados en una cuerda resistente. Pero era una cuerda con mente propia. De hecho, sostener una fuerza mágica tan fuerte era como montar un caballo bravo. Era potente y salvaje, y no estaba seguro de querer someterse a su voluntad.

Nunca antes había tenido tanto poder. Dudaba que muchos magos humanos lo hubieran hecho. Era embriagador y aterrador al mismo tiempo.

No puedo fallar. Georgiana depende de mí, se recordó a sí mismo.

Salió de detrás de la roca para lanzar un rayo de fuego, sin duda el más poderoso que había creado. El hechizo se abrió camino desde la punta de sus dedos y salpicó el escudo que cubría a Bix y a Alaine. No se habían molestado en refugiarse detrás de ninguna roca; en su lugar, se encontraban a la intemperie, protegidos únicamente por la resplandeciente cúpula roja del escudo de Alaine. Darcy no sabía si admiraba su confianza o los consideraba temerarios.

Alimentó con más potencia su rayo de fuego, pero no pudo penetrar el escudo. Alaine disparó chorros de fuego verde hacia Darcy, obligándolo a ocultarse de nuevo.

Cuando Darcy volvió a salir de detrás de la roca, probó un hechizo de rotura, una onda de energía cinética diseñada para hacer estallar todo lo que encontrara a su paso. Se estrelló contra el escudo de Alaine con un fuerte golpe y se disipó. Luego intentó inmovilizar a la Fae con cuerdas encantadas, pero el escudo frustró ese ataque. Su siguiente opción fue un hechizo de telequinesis con el que lanzó cientos de rocas contra los Fae. Pudo sentir que el escudo de Alaine se debilitaba ligeramente, pero ninguna de las rocas lo atravesó.

Darcy apenas se abstuvo de maldecir. A pesar de su enorme poder mágico, nada funcionaba contra el escudo de Alaine. Al parecer, su confianza estaba justificada. Mientras tanto, ellos lo tenían acorralado para que no tuviera ninguna esperanza de escapar hacia Pemberley y Georgiana.

Elizabeth había estado observando la batalla desde un espacio entre dos rocas. —El escudo de Alaine flaquea cuando se distrae —observó.

—¿Qué quieres decir?

—Debe estar alimentando el escudo directamente desde su mente, en lugar de lanzarlo como una entidad independiente, como hiciste tú con tu hechizo. Cuando su atención se aleja del escudo, éste parpadea y se debilita.

—Gracias —dijo Darcy, agradecido de que Elizabeth pudiera percibir la magia con tanta claridad. —Mi profesor de combate mágico le habría dado malas notas por un error tan amateur—. Si ella soltaba su escudo, Darcy podría atravesarlo con un hechizo.

Pero ¿cómo podría hacer uso de esa información? El escudo de Alaine seguía siendo bastante poderoso. Darcy necesitaría una poderosa distracción para interrumpir su concentración.

El miedo era una poderosa fuente de distracción, pero ¿qué era lo que más temía Alaine? ¿Tal vez la ilusión de un dragón? No, algunos Fae eran capaces de comandar dragones. ¿Un ejército imaginario de magos? No, ella no creería que algo así fuera posible.

Desgraciadamente, pocas cosas podían amenazar a un mago Fae con verdadero talento, excepto otro mago Fae. ¡Ah! ¡Ahora había una posible ilusión que podría distraer a Alaine! Seguramente las actividades de la princesa no eran aprobadas por otros en la corte de los Fae. Un grupo de ellos no sería una imagen bien recibida por la princesa.

Darcy conjuró en su mente a todos los Fae que había conocido, incluso a la mujer de la orilla del río y a Ana de las Colinas. Eran media docena. Luego puso al sujeto con el color de cabello siempre cambiante al frente de su equipo ilusorio. Por último, situó la ilusión en el lugar aproximado donde él y Elizabeth habían salido de la cueva de mundo Fae. Por supuesto, allí no había ninguna puerta, pero apostaría a que la entrada estaba cerca y oculta a los ojos humanos.

Respirando profundamente, rezó para que la estratagema funcionara. Entonces liberó la ilusión. Elizabeth se quedó boquiabierta cuando media docena de hadas salieron de un acantilado escarpado y se dirigieron decididamente hacia Alaine. El Fae macho que iba al frente tenía un aspecto especialmente sombrío a pesar de su colorido cabello. Darcy sólo podía esperar que no se revelara como uno de los amigos de Alaine.

Bix fue el primero en darse cuenta de la presencia de los recién llegados, y tiró de la manga de Alaine para que dirigiera su atención hacia el Fae. Su rostro palideció. —¡Malus! —exclamó ella, mirando fijamente al hombre que estaba al frente del grupo. —¿Qué es…? Puedo explicarme.

—Su escudo ha desaparecido casi por completo —susurró Elizabeth a Darcy.

Dividir su atención, y su magia, fue una de las cosas más difíciles que Darcy había hecho jamás. No habría sido posible sin el poder prestado por Elizabeth y los grifos. Darcy siguió alimentando la ilusión mientras ordenaba a los Fae que se detuvieran y miraran imperiosamente a Bix y Alaine. Pero tenía que actuar con rapidez. Alaine no se dejaría engañar por mucho tiempo.

Al mismo tiempo, Darcy lanzó un fuerte hechizo para dormir, que debería dejar inconsciente rápidamente a los Fae. Asomó la cabeza por encima de la roca el tiempo suficiente para lanzar el hechizo hacia Bix y Alaine, antes de volver a agacharse. —¡Atravesó el escudo! —grito Elizabeth. Darcy se permitió una pequeña sonrisa de triunfo.

Esperó en suspenso durante unos segundos. —¡Están dormidos! —gritó Elizabeth.

Darcy estaba agotado y le dolían todos los músculos del cuerpo. Practicar la magia era mucho más exigente físicamente de lo que mucha gente suponía. Casi envidiaba la siesta de sus oponentes.

Salió con cautela de detrás de la roca, aunque Bix y Alaine estaban desplomados en la hierba y no daban señales de moverse. La ilusión de los otros Fae había desaparecido en el momento en que Darcy ya no los necesitó más.

Bien hecho, Darcy, dijo Hespera al aterrizar en el campo, a pocos metros de distancia. Abraxas no estaba muy lejos.

¿Y el pájaro del trueno? le preguntó a Hespera.

Está vivo, respondió ella. Pero está herido. No podrá volar sin antes curarse. Los Fae saben cómo cuidar de esas criaturas. Tal vez podamos encontrar a uno ya que estamos tan cerca de su cueva.

El cuidado del pájaro del trueno tendrá que esperar. —Debemos irnos a Pemberly —dijo Darcy a Elizabeth.

∫∫∫

Antes de que Elizabeth pudiera responderle, se vio sorprendida por el sonido de un chillido procedente del cielo. Otra amenaza no, pensó cansada. Seguro que ya hemos luchado bastante por hoy.

William debió de pensar lo mismo. Puso una mano en el hombro de Hespera como si se preparara para saltar a su espalda y volar hacia la batalla. Entonces, la fuente del chillido surgió y William se hundió de alivio. —¡Son Fitzwilliam y Maor!

Ahora que estaban lo suficientemente cerca, Elizabeth reconoció al primo de William y a su familiar hipogrifo. Cuando aterrizaron, William se apresuró a darle a su primo un fuerte apretón de manos. —¡Richard, eres muy bienvenido! ¿Cómo nos han encontrado?

El general se rio. —Una suerte ciega. Estaba buscando la entrada al mundo de los Fae cuando Maor dijo que había visto a dos grifos y un pájaro del trueno a lo lejos. Es una combinación que no se ve todos los días. Así que pensamos en investigar.

—¿Cómo está Georgiana? —preguntó William.

—Ella vive —respondió el general, pero con una expresión sombría. —Todavía lucha contra la maldición. Pero no sé cuánto tiempo le queda.

—Tenemos la cura —dijo William, sacando de su bolsillo una flor milagrosamente intacta. —Debemos llegar a Pemberley.

—En efecto —asintió Elizabeth, y se dirigió a Abraxas cuando se vio sorprendida por un fuerte estruendo que provenía de atrás de ellos. Todos se dieron la vuelta y descubrieron que la pared del acantilado se había partido en dos partes. Elizabeth se tomó un momento para asombrarse de la fuerza con la que se podía partir la roca sólida.

Entonces, una figura surgió de la oscuridad situada entre las dos rocas. Era el Fae de cabello cambiante al que Alaine había llamado Malus. Llevaba puesta una rica camisa de seda y brechas a juego, todo ello cubierto por una capa de cuello alto que le caía hasta los pies. En la cabeza llevaba una corona de oro macizo en forma de vides y hojas, y en la mano sostenía una espada desnuda. Este era el Malus que había asustado a Alaine.

Cuando habló, su voz retumbó como un trueno lejano. —Soy Malus, Rey del Invierno de los Fae. ¿Quién se ha atrevido a utilizar mi imagen?

Detrás de él, guerreros Fae, portando lanzas y espadas, salieron de la hendidura entre las rocas hacia la meseta de hierba.

Continuará…

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