«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 17

Capítulo 17

Monica Fairview

—Le aseguro, Lady Catherine, que aquí es por donde entraron al mundo de los Fae. Tendrán que volver al mismo lugar. Estaban montados en esa terrible bestia. Un dragón. Una abominación, le digo. La magia de esa mujer es retorcida.

Mientras Elizabeth luchaba por orientarse, la voz nasal de Bickerstaffe la devolvió al mundo humano como un chorro de agua helada. Pero no fue Bickerstaffe quien atrajo su mirada. Allí, bloqueando su camino, estaba Lady Catherine, rodeada por un muro de seis patronas con sus seres familiares. Junto a ella, un gigantesco jabalí los observaba acercarse, con su mirada siguiendo cada uno de sus pasos.

Los ojos de Lady Catherine eran tan fríos como Elizabeth recordaba, pero había otra emoción acechando en ellos. Con los sentidos agudizados por los Fae, Elizabeth casi podía olerla. El miedo.

—¿Qué significa esto? —La voz de Lady Catherine era aguda como un látigo.

Los labios de Elizabeth se movieron en un gesto de divertimento. La pregunta de Lady Catherine estaba calculada para poner a Elizabeth a la defensiva. No era difícil adivinar el motivo. La tía de Darcy necesitaba cubrir sus huellas, pasar al ataque era la mejor manera de evitar preguntas incomodas. Era imposible que Lady Catherine siguiera afirmando que Elizabeth no producía magia poderosa.

No hacía falta ser muy hábil en la deducción para llegar a la conclusión de que alguien, o algo, había interferido el día en que Elizabeth fue sometida a la prueba y había impedido que se vinculara con un familiar. Lady Catherine tenía un motivo claro para hacerlo. Quería que su sobrino se casara con su hija. A no ser que todas las patronas estuvieran inmersas en una campaña de desprestigio contra cualquiera que no obtuviera su aprobación.

Su señoría contaba con intimidar a Elizabeth haciéndola sentir pequeña y defectuosa. En otro tiempo, podría haber tenido éxito, cuando Elizabeth era joven y estaba ansiosa por demostrar su valía. Sin embargo, esta vez no funcionaría. Elizabeth ya no necesitaba la aprobación de su señoría. El papel de Lady Catherine en la vida de Elizabeth se había reducido a la punta de un alfiler.

—¿El significado de qué, su señoría? —El tono de Elizabeth era ligero y descuidado. Medio entusiasmada por el éxito de su búsqueda, su mente seguía concentrada en el brillante campo de flores. Habían pasado por una experiencia extraordinaria juntos, y ahora sabía sin lugar a dudas que Darcy la amaba. Aunque no pudieran estar juntos, ese conocimiento era algo que guardaría en su interior durante el resto de su vida, precioso y delicado como la flor que salvaría la vida de la señorita Darcy. Mantendría a Elizabeth caliente en las noches de invierno y la ayudaría en los momentos de soledad. Nadie podría arrebatarle eso.

Lady Catherine soltó un bufido condescendiente.

—No hace falta que se moleste en protestar. No nos engaña su comportamiento inocente. Sabemos del hechizo que has lanzado sobre mi sobrino. Lo ha hechizado en cuerpo y alma. Bickerstaffe nos lo ha contado todo.

A su lado, Darcy gruño en lo profundo de su garganta, haciendo eco de la propia indignación de Elizabeth. Ellae volteó a mirar a Bickerstaffe. ¿A que estaba jugando? Estaba sonriendo, con sus pequeños y redondos ojos llenos de malicia. Tal vez todavía estaba bajo la influencia de los Fae, pero el color de sus ojos parecía cambiar. Podría haber jurado que eran marrones hace un momento, pero ahora eran verdes. Parpadeó y volvió a mirar. Ahora eran perfectamente normales: marrón oscuro, como siempre. Respiró profundamente. Debía de estar mareada por el viaje.

¿Se había dado cuenta Darcy? Él conocía Bickerstaffe mucho mejor que ella. —¿Hay algo diferente en Bickerstaffe —le murmuró a Darcy —o es la influencia del reino de los Fae?

—¿Bickerstaffe? —Darcy frunció el ceño y miró de cerca a su ayudante de cámara. Negó con la cabeza. —No puedo detectar nada.

Sin embargo, Darcy deslizó sigilosamente la flor en el bolsillo de su gran abrigo, fuera de la vista. El corazón de Elizabeth se revolvió al darse cuenta de lo vulnerable que era la cura. Un simple golpe podría aplastar esos suaves pétalos de forma irreparable.

Su examen minucioso de Bickerstaffe resultó ser un error. Una mirada astuta cruzó su rostro al sospechar que empezaban a dudar de él.

—¡Lady Catherine! —gritó alarmado. —¿Ha visto lo que está haciendo la señorita Bennet? Está tratando de vendar al señor Darcy.

—¡Por el amor de Dios! —La voz de Darcy estaba llena de disgusto mientras miraba hacia su tía. —¿Cómo pueden creer algo tan ridículo? ¿Por qué haría eso la señorita Bennet? ¿Qué podría ganar una Bibliotecaria que comanda los recuerdos de todos los Bibliotecarios del pasado al controlarme?

También podría estar hablando con una pared. Frustrado, se volvió hacia el ayudante de cámara. —Todos estos años, confié en ti y seguí tus consejos. Fuiste mi mentor. ¿Y ahora estás dispuesto a traicionarme, así de fácil? —La voz de Darcy era áspera por la traición.

—Lo estoy protegiendo de ella, señor Darcy—. Bickerstaffe hizo un gesto hacia Elizabeth.

—Con toda la razón—. Lady Catherine se mostraba petulante. —Tu valet está cumpliendo con la tarea que le hemos encomendado. Su función es asegurarse de que nadie se aproveche de su buen carácter.

Elizabeth miraba horrorizada de que la situación hubiera llegado a este punto. ¿Es que nunca se iba a librar de las intromisiones de Lady Catherine?

—¿Como se atreven a insinuar que Su Eminencia abusa de su posición? —Darcy dio un paso al frente para protegerla, esplendoroso en su ira. —No pueden lanzar acusaciones falsas de esta manera. ¡Muestren un poco de respeto! No habría sido elegida como Bibliotecaria si estuviera dispuesta a abusar de su poder.

A pesar de lo desagradable del encuentro, Elizabeth se sintió emocionada por la defensa de Darcy hacia ella.

—Además, ¿realmente creen que permitiría que alguien me hechizara? —Darcy apretó los puños a sus costados. —¿Han olvidado que mi familiar es un grifo, uno de los familiares más fuertes que cualquier mago puede tener? Y tú, tía Catherine. ¿No eres consciente de lo poderosa que es mi magia?

—Nadie es inmune a la flecha de Cupido—. El labio de Lady Catherine se curvó. —Nos hace tontos a todos. La señorita Bennet lleva años intentando atraerte con su magia, y parece que lo ha conseguido. Es nuestro deber liberarte de la mortífera red que ha tejido a tu alrededor.

Se dirigió a una de las patronas, una dama alta con un familiar de avestruz. —Lady Dalwrymple, ¿podría guiar a las patronas como acordamos?

Elizabeth se preparó cuando las patronas levantaron las manos, pero con Darcy delante de ella, no podía ver del todo lo que estaban haciendo. Una fría sensación de apremio se apoderó de ella al darse cuenta de lo que podría ocurrir si Darcy intentaba luchar contra ellas. Era demasiado consciente de lo frágil que era la flor y de lo rápido que podría marchitarse.

—No importa lo que diga su tía. Simplemente váyase a Pemberley, señor Darcy. Está perdiendo el tiempo aquí. Proteja la flor a toda costa. Me quedaré aquí y me ocuparé de las patronas.

—Elizabeth, no dejaré que te enfrentes a ellas tú sola.

Ella soltó un medio sollozo. Estaban tan cerca de darle la cura a Georgiana. Este no era el momento oportuno para ser noble. —Por favor, vete. Si no lo haces, todo lo que hemos logrado se perderá. Georgiana te está esperando.

No había más tiempo para discutir. Las patronas actuaban al unísono, dibujando los mismos signos en el aire. Largas y finas cuerdas salían de sus dedos, serpenteando hacia Elizabeth y Darcy. Elizabeth reaccionó de inmediato, dibujando sus propios símbolos en el aire para contrarrestar el hechizo, para quemar las cuerdas, pero sus movimientos eran extrañamente lentos.

Para su inmensa frustración, se equivocó al dibujar un símbolo, rompiendo el hechizo que estaba construyendo, y tuvo que volver a empezar. Sentía sus miembros aletargados, su magia agotada por todo el tiempo que había pasado en el reino Fae. Necesitaba descansar para reponer su poder.

Miró frenéticamente hacia Darcy. Él no había hecho caso a su petición. Sólo podía esperar que él fuera capaz de desempeñarse mejor que ella. Pero, al tropezar de repente, estaba claro que él tampoco poseía toda su fuerza. Ella podía sentir como su magia era apática, la lentitud de sus hechizos. Normalmente, nada de esto habría importado mucho, pero las patronas estaban entre los magos más poderosos del país. Cuando trabajaban juntas, su magia era formidable.

Además, su atención estaba dividida. Él estaba tratando de tejer un hechizo protector alrededor de la flor. Elizabeth le instó a terminar rápidamente. ¿Por qué no habían pensado en eso antes? Si se caía al suelo, si alguien la pisoteaba…

Deberían haber estado mejor preparados. Habían salido a tropezones del reino Fae, debilitados por su travesía, triunfantes por su éxito. Lady Catherine sabía exactamente lo que hacía al aprovecharse de su debilidad temporal. Dadas las circunstancias, no eran rival para las patronas, que habían venido totalmente preparadas. Cualquier forma de ataque podría destruir la cura de Georgiana.

Elizabeth sabía lo que tenía que hacer. Era mejor para ella se rindiera y que se la llevaran, que arriesgar la vida de Georgiana.

—Tienes que irte, Darcy —murmuró.

Luego levantó las manos en señal de sumisión. —Me rindo. No hay necesidad de luchar. Iré con ustedes si eso es lo que desean.

Agachó la cabeza y esperó a que la ataran con su magia, dolida por la humillación, pero sabiendo que era su única opción. No miró a Darcy para ver su reacción, pero lo escuchó moverse. Bien. Se estaba yendo.

Más tarde, cuando hubiera descansado, se liberaría. Las patronas no sabían de lo que era capaz. Probablemente subestimarían su habilidad para escapar.

Esperó, con la cabeza inclinada, a que su magia fuera silenciada, sorprendida de que no lo hubieran hecho aún. A medida que pasaban los minutos, levantó la vista sorprendida, preguntándose por qué no habían sido capaces de hechizarla.

No la estaban mirando en absoluto.

Se oyó un sonido gutural a su lado. Se giró consternada y encontró a Darcy arañándose la garganta. Su cara se estaba poniendo morada y le costaba respirar. Elizabeth maldijo su propia estupidez. Había esperado que cualquier ataque se dirigiría a ella. Nunca había imaginado que el objetivo de Lady Catherine pudiera ser Darcy. Había supuesto que si la controlaban a ella, lo dejarían ir a él.

Lanzó una ráfaga de fuego dirigida a Lady Catherine. Una de las patronas se giró y absorbió el fuego en su mano, apagándolo en su puño, y luego volvió a reunirse con las demás mientras esbozaban sus símbolos.

Elizabeth no pudo soportar ver a Darcy luchando contra sus ataduras invisibles. Se acercó para tratar de protegerlo con su cuerpo, pero eso no surtió efecto. Extendiendo los brazos, los hizo girar para crear un viento que dispersara el ataque. Alivió parte de su angustia, pero no la detuvo.

Nada de lo que intentó funcionaba contra la magia cuidadosamente orquestada. No podía soportar ver a Darcy sufriendo un momento más.

Desesperadamente, trató de apelar a la buena naturaleza de Lady Catherine.

—Lady Catherine. Su disputa es conmigo, no con su sobrino. Por favor, libere al señor Darcy para que pueda administrar la cura. La vida de Georgiana depende de ello. Haga lo que tenga que hacer, pero le ruego que no lo retenga. El tiempo es esencial.

Iba en contra de su orgullo el arrastrarse, pero ella y Darcy habían logrado lo imposible para salvar a Georgiana. No podía dejar que eso se desperdiciara. Seguramente Lady Catherine se sentiría satisfecha al ver a Elizabeth humillarse de esa manera.

Para su desconcierto, sus urgentes palabras fueron respondidas con una risa burlona.

Frunció el ceño. Tal vez Lady Catherine no sabía lo que estaba en juego. Se lo explicaría para que no hubiera malentendidos.

—¿No lo ve? No hay tiempo que perder. Georgiana está en su lecho de muerte. Seguramente no querrá la muerte de su sobrina en sus manos.

—Por supuesto que no. Si eso fuera cierto.

Elizabeth miró a Darcy con temor. Él intentó de hablar, pero sus labios apenas se movieron, sus palabras fueron un mínimo gemido. Sus miembros parecían estar congelados en su sitio. Ya no se asfixiaba, pero era incapaz de moverse.

¿Cómo iba a llevarle la flor a Georgiana? Esto no podía ser. Se le apretó el estómago y se sintió mal. Tenía que hacer algo, rápidamente, pero ¿qué podía hacer, cuando a Lady Catherine no le importaba lo que le ocurriera a su propia sobrina?

Quizás las otras patronas podrían entrar en razón. Miró a su alrededor. No eran conscientes de la situación. Podrían ponerse de su lado cuando se dieran cuenta de lo que estaba pasando.

—La señorita Georgiana Darcy se está muriendo. Ha sido maldecida con la Palabra Escocesa. Es extremadamente urgente que su hermano le lleve la cura. Viajamos al reino de los Fae para encontrarla.

Lady Dalwrymple sacudió la cabeza con rabia. En respuesta a su enfado, su avestruz estiró una pata de dos dedos, mostrando unas garras letales. —Nadie tiene acceso a la Palabra Escocesa. Es magia de los Fae. No ha aparecido en el mundo humano desde hace siglos. Es materia de leyendas.

Las otras patronas asintieron con la cabeza.

Había una última persona a la que podía recurrir. Elizabeth se volvió hacia Bickerstaffe. Iba a contracorriente, pero él conocía los detalles de su búsqueda. No sabía si estaba hechizado o no, sólo que siempre le había desagradado Elizabeth y le había deseado algún mal. Seguramente no condenaría a un alma gentil como la señorita Darcy, cuando la conocía desde niña.

—Señor Bickerstaffe, usted ha sido testigo del estado de la señorita Darcy. ¿Podría explicarle a las patronas por qué la cura debe ser administrada inmediatamente?

—Lo siento, señorita Bennet. Sólo puedo atestiguar el hecho de que, como Bibliotecaria, usted condujo al señor Darcy a los peligros del reino de los Fae.

Ella retrocedió, sorprendida, y lo miró con incredulidad. La sonrisa depredadora de él era más evidente ahora que antes. No sólo cambiaban los colores de sus ojos, sino que las puntas de sus dientes estaban afiladas.

Así que no se había equivocado en su impresión. Bickerstaffe era un Fae.

No había tiempo ahora para reflexionar sobre esto. Lo que importaba era que su intención era hostil. Aunque los Fae eran incapaces de mentir, había muchas formas de distorsionar la verdad. Simplemente había esquivado la pregunta.

—Veo que alguien ha estado difundiendo rumores—. Su voz se quebró con amargura.

Había una cosa más que podía intentar. Se dirigió a las patronas. —¿Y si les doy mi palabra de Bibliotecaria de que no me escaparé? ¿Permitirán que el señor Darcy quede libre para ayudar a su hermana?

Lady Catherine se burló. —¿Y correr el riesgo de que Darcy utilice su magia para llevársela y salvarla? Por supuesto que no.

La idea de que fuera incapaz de salvarse a sí misma debería haberle irritado, pero ella y Darcy acababan de regresar del reino Fae y se habían enfrentado a obstáculos mucho más difíciles que Lady Catherine y sus secuaces. Elizabeth confiaba en sus habilidades y no dudaba de que podría derrotarlos, si le daban el tiempo suficiente.

Por desgracia, el tiempo no estaba de su lado.

∫∫∫

Elizabeth era extraordinaria. Darcy siempre lo supo, pero ver como ella manejaba esta situación lo llenaba de admiración. ¿Cómo había dejado que se le escapara cuando tuvo la oportunidad de casarse con ella? Era perfecta. No sólo era inteligente, hermosa y poderosa como maga, sino también ingeniosa. Luchaba por él, luchaba por Georgiana y utilizaba esa aguda inteligencia para encontrar una forma de liberarlo.

El hecho de que nada hubiera funcionado todavía no importaba. Al menos ella estaba haciendo todo lo que podía. A diferencia de él. Él no merecía su amor. Estaba atrapado en un cuerpo controlado por otros. No podía hacer nada para ayudarse a sí mismo. Había intentado utilizar la magia, pero sin la capacidad de mover las manos, estaba a merced de su tía y sus secuaces.

Nunca se había sentido tan enfadado o desesperado en toda su vida. Cada momento que pasaba bajo la influencia de este hechizo era un momento arrebatado a la vida de Georgiana. A eso equivalía. No sabía cuánto tiempo tardaría la cura en perder su eficacia. Sólo sabía que, colocada como estaba tan descuidadamente en el bolsillo de su gabán en condiciones poco ideales, no podía durar mucho tiempo.

Intentó una vez más encontrar la forma de soltar al menos una mano para poder formar un hechizo, pero su brazo no obedecía. Había sido transportado del hermoso mundo de los Fae a una pesadilla. Le dolía la garganta. Sentía la cabeza como si alguien la hubiera golpeado con un martillo.

Tenía que haber algo que pudiera hacer, pero aún no se le había ocurrido ninguna idea brillante. Georgiana iba a morir.

Un chillido desconocido procedente de arriba atrajo la atención de todos. Darcy no pudo mover la cabeza lo suficiente como para mirar hacia arriba, pero una sombra alada cruzó el suelo. Sintió una ridícula satisfacción al ver las expresiones de confusión y consternación en los rostros de las patronas. Fuera lo que fuera, no se alegraron de verlo.

La sombra alada se abalanzó, cayendo abruptamente hacia abajo, solidificándose en un gran pájaro dorado y plateado. Los relámpagos rodearon la envergadura de sus alas y el sonido de los truenos retumbó a su alrededor. Un pájaro del trueno. Las patronas corrieron en todas las direcciones, tratando de apartarse del camino de la criatura. Aterrizó a pocos metros de él. Sólo podía esperar que el recién llegado le ayudara.

Antes de que pudiera descubrir la identidad del recién llegado, Elizabeth estaba a su lado. Aprovechando la distracción, envió una espiral de luz hacia él. La luz le cegó, pero cuando pudo volver a ver, fue libre de moverse.

Dio un paso adelante, dispuesto a luchar, pero Elizabeth negó con la cabeza.

—Darcy, debes alejarte. Cuando te dé la señal, llamaré la atención de todos y podrás escapar.

¡Como si alguna vez fuera a dejarla sola con las patronas y esta nueva fuente de peligro, fuera lo que fuera! Gruñó en respuesta, incapaz de hacer ninguna promesa que no fuera a cumplir, y luego dirigió su atención al pájaro del trueno y a su jinete.

La jinete era una Fae. Era un ser elegante y hermoso, pero Darcy desconfiaba de ella nada más verla. No podía explicarlo. Era inusual, eso era seguro. Darcy nunca había visto a una Fae hembra tan indiferente a su apariencia. ¿Era una Fae salvaje? Ni siquiera sabía si existía tal cosa, pero con toda la turbulencia y los extraños acontecimientos del Año sin Verano, no le sorprendía. Sus ropas de seda fueron elegantes en otro tiempo, pero parecía que había usado las mismas hasta que perdieron su forma. Sus largos mechones oscuros estaban despeinados. Brillaban al encontrarse con la luz del sol, volviéndose plateados. Sus ojos cambiaron a un azul tan pálido que parecían escarcha.

Cuando su mirada se fijó en Darcy, sus ojos se volvieron rojos y amenazantes. Ella había venido por él. Estaba seguro de ello. Todo su cuerpo se tensó al pensar en la flor escondida en los pliegues de su abrigo.

Bickerstaffe se acercó rápidamente a la Fae. Se inclinó y se arrodilló. —Por fin ha venido, princesa Alaine. Veo que recibió mi mensaje, su alteza.

—Por supuesto. No me habría perdido esta ocasión por nada.

Desde su posición ventajosa en el pájaro del trueno, miró a todos los reunidos, uno por uno. Las patronas se habían reagrupado para formar una fila, sus ojos observaban con cautela, sus familiares se movían inquietos.

—¿Qué tenemos aquí? ¿Los magos humanos más poderosos en un solo lugar? Qué maravilla.

Soltó una pequeña carcajada y aplaudió con alegría. Sus pequeños y blancos dientes eran como los de un niño, excepto que terminaban en punta. Puso la mano sobre la cabeza de Bickerstaffe. —Has hecho bien, mi fiel servidor. Serás bien recompensado por tu paciencia. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que te envié a trabajar con Lady Catherine? Olvidé lo corta que es la vida de los mortales. Ha sido infinitamente divertido ver cómo los engañas para que confíen en ti. Te recomendaré a la Corte Fae, Bix. ¿O debería decir, Bickerstaffe? Un nombre apropiado, ¿no lo crees, cuando a los humanos les encanta discutir entre ellos? ¿Podría haberlo hecho más obvio? Ustedes los humanos no pueden ver lo que está bajo sus propias narices.

Una risa tintineante llenó el aire, el sonido de campanas disonantes. Darcy se estremeció. Desearía haber escuchado cuando Elizabeth le había expresado sus sospechas sobre su ayudante de cámara. Tal vez hubieran podido hacer algo para evitar que él la trajera aquí. Pero ¿cómo iban a saber lo que él pretendía?

En un giro caprichoso típico de los Fae, la princesa Alaine hizo un mohín de repente, perdiendo el interés en la conversación. La irritación cruzó su rostro y tiró del cabello de Bix, obligándolo a levantarse. —No deberías arrastrarte ante ellos. Eres un Fae. Y deshazte de ese feo glamour que usas para ocultarte.

—Por supuesto, su alteza.

El aire alrededor de Bickerstaffe se espesó y se arremolinó con miles de cristales. El cuerpo de Bickerstaffe se alargó y se retorció hasta adoptar su forma definitiva. Darcy miró fijamente al extraño que lo sustituía. Bix era de aspecto suave y de huesos finos, como la mayoría de los Fae, y no se parecía en nada a su ayudante y mentor. ¿Cómo pudo Darcy haber tratado con este hombre -o mejor dicho, criatura- durante tantos años y no haber sospechado nunca que algo andaba mal?

Ante él estaba la prueba viviente de que era imposible saber realmente lo que hay en el corazón de los demás.

—Entonces, ¿en qué estábamos? —La princesa se bajó del pájaro del trueno y puso los pies en el suelo con una postura arrogante. —Creo que estábamos en la parte en la que los magos humanos estaban a punto de luchar entre sí. No puedo esperar a ver qué ocurre—. La princesa sonrió, con sus ojos bailando de despecho. —Me encantaría descubrir cómo pretende Lady Catherine controlar a la Bibliotecaria. Esta vez no puede canalizar su magia hacia un árbol, Lady Catherine, como hizo en el Ritual de Invocación.

La bilis ascendente quemaba la garganta de Darcy. Así que era cierto. Estos últimos cinco años de dolor, todos sus sufrimientos y remordimientos, se debían a su tía. Él y Elizabeth podrían haberse casado y haber vivido felices juntos. ¿Cómo podía Lady Catherine vivir consigo misma?

Lady Catherine empezó a decir algo, pero la princesa hizo un gesto, y de su boca salieron serpientes en lugar de palabras. Las otras patronas levantaron las manos para esbozar símbolos mágicos, preparándose para defender a Lady Catherine. La princesa Alaine chasqueó los dedos y giró la muñeca. Levantó a las patronas hasta que quedaron suspendidas a varios centímetros del suelo por el cuello. Patearon y se retorcieron, pero fue en vano.

Darcy comenzó a apartarse. Se le ocurrió que él y Elizabeth podrían correr hacia la cueva y escapar al mundo Fae mientras la atención de la princesa seguía centrada en las patronas. Al menos, valía la pena arriesgarse. Darcy le tocó la mano a Elizabeth y le señaló la cueva con un mínimo gesto, esperando que ella entendiera su intención.

La princesa continuaba jugueteando con las patronas, riendo a carcajadas mientras intentaban comunicarse entre ellas.

—¿Por qué las voces humanas son tan feas? No soporto su sonido. Podrán volver a hablar cuando vayan a luchar, cuando yo se lo ordene. Hasta entonces, permanecerán en silencio.

Un movimiento de su mano cortó sus voces.

Entonces, sin previo aviso, la princesa se volvió hacia Darcy. Sus desconcertantes ojos violetas estaban llenos de burla. El pulso de Darcy se aceleró. ¿Había visto su gesto hacia Elizabeth y adivinado lo que estaba planeando?

—No he venido hasta aquí para veros pelear, por muy satisfactorio que sea verlos enfrentarse—. Sus oscuros mechones ondularon y se balancearon, volviéndose anaranjados y luego morados. —Estoy segura de que puede adivinar por qué estoy aquí. He venido por la cura de la maldición de su hermana. Entréguemela, señor Darcy de Pemberley. A cambio, puede que permita que algunos de esas idiotas retorcidas queden libres.

El corazón de Darcy se aceleró y se le secó la garganta. Cualquier esperanza que hubiera podido albergar de que ella no supiera lo de la flor se había perdido.

—No soy tan tonto como para negociar con un miembro de los Fae, especialmente con una que está tan orgullosa de sus propios trucos. Y ciertamente no negociaré con la vida de mi hermana.

—Creo que no tendrá otra opción —dijo la princesa, enseñando los dientes.

Sintió una fuerte fuerza que tiraba de él, pero que no terminaba de cuajar. La Fae frunció el ceño. Algún remanente de la magia de las patronas estaba actuando contra ella. Las dos formas de magia competían, ambas decididas a controlarlo. Presintió que, al final, la princesa ganaría. Pero le dio unos segundos para planificar.

Lanzó una mirada frenética a Elizabeth. Era ahora o nunca. Para su asombro, Elizabeth sonrió y se llevó el dedo a los labios. Había encontrado una solución.

Ocultó rápidamente su expresión para no delatarla. No tenía ni idea de lo que estaba tramando, pero le confiaba su vida.

Continuará…

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