«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 16

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 16

Sarah Courtney

El señor Darcy se detuvo en seco, con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre? —El estómago de Elizabeth se contrajo. ¿Estaban ya perdidos? Cada vez que había estado en el Reino de los Fae, había sido con la Biblioteca como guía y Abraxas a su lado. ¿Podrían ella y el señor Darcy hacer esto solos?

—Esta saliente no estaba en el mapa—. El señor Darcy ladeó la cabeza mientras lo examinaba. —Tendremos que rodearlo, pero la forma de las rocas más allá de él significa que nos desviará demasiado a la izquierda o a la derecha. Dejar el camino marcado en el mapa me pone nervioso.

Elizabeth recordó de repente su último viaje por el reino. Abraxas le había dicho algunas veces que cerrara los ojos mientras caminaba por el sendero.

—Creo que vamos directamente a través.

—¿Directo… a través?

Ella respiró y asintió. —Después de todo, es el Reino de los Fae. Las cosas no son siempre como parecen.

—Muy bien, entonces.

Él le tendió el brazo y Elizabeth lo tomó de mala gana, aunque caminar del brazo parecía más apropiado para pasear tranquilamente por el jardín que para atravesar el Reino de los Fae.

Elizabeth contuvo la respiración mientras avanzaban directamente hacia el muro de roca y tierra, haciendo una mueca de dolor, ya que casi esperaba chocar contra él. Pero el muro se disolvió cuando lo atravesaron, como una bruma fría en un día de niebla, y entonces llegaron al otro lado.

Suspiraron al unísono.

—Bueno—. El señor Darcy se giró para mirar por encima del hombro, sacudiendo la cabeza. —Supongo que debería haber esperado algo así en este lugar. No me extraña que los humanos rara vez salgan vivos.

Ante ese pensamiento aleccionador, Elizabeth tomó aire y enderezó la espalda. Lo conseguirían. Tenían que hacerlo. Georgiana contaba con la cura y el mundo necesitaba que ella volviera a su papel de Bibliotecaria. Y el señor Darcy… no podía pensar en eso ahora.

El camino se desviaba hacia la izquierda, pero el señor Darcy continuó recto, siguiendo las indicaciones que había memorizado. Por el crujido bajo sus pies, continuaron por un camino de tierra, aunque parecía que estaban atravesando un campo cubierto de hierbas altas.

—Esta puede ser la experiencia más extraña de mi vida —reflexionó Elizabeth. —He caminado por lagos en invierno y he ahuyentado insectos monstruosos en las selvas a instancias de la Biblioteca, pero nunca he atravesado rocas que no existen ni he seguido un camino que se puede sentir pero no ver—. Su estómago experimentó una repentina sacudida. —O tal vez sí, y la Biblioteca me lo ocultó. He estado aquí antes, pero Abraxas estaba conmigo y la Biblioteca actuó como guía.

—No me sorprendería que la Biblioteca pudiera convocar al orden incluso al Reino de los Fae—. La sonrisa del señor Darcy era afectuosa. —Es una fuerza poderosa en sí misma.

Elizabeth sonrió. —Así es. Me alegro de que usted posea el talento de memorizar mapas. Como ambos sabemos —dijo, lanzándole una mirada socarrona-, nunca tuve institutriz y mi padre nunca me enseñó a leer mapas. Probablemente le preocupaba que intentara seguir uno para vivir una aventura y me encontrara en Essex.

—Conociéndola, yo no habría corrido el riesgo—. Darcy le dio una palmadita en el brazo, y ella se rio.

—¡Ya veo! Creí que estaba siendo un caballero al ofrecerme su brazo, pero ahora veo que sólo está tratando de evitar que me aleje.

Darcy le sonrió, pero sus ojos estaban puestos delante de ellos, y la arruga de su frente había vuelto a aparecer.

—¿Que sucede?

—Bueno, se me ha ocurrido. ¿Y si el árbol hueco no existe realmente, o si está enmascarado por alguna magia para que parezca un estanque o una montaña o un campo?

Elizabeth se mordió el labio. En este lugar, todo era posible. ¿No es así?

Pero espera. Si los puntos de referencia podían cambiar, ¿cómo pudo seguirlos el muy humano señor Wickham?

Antes de que Elizabeth pudiera hablar, el señor Darcy ya estaba sacudiendo la cabeza. —No, no puede ser. El árbol hueco era uno de los puntos de referencia del mapa. Creo que el mapa marcaba sólo las cosas que no cambian, si no, ¿de qué serviría el mapa? Vamos directamente desde la cueva a través del árbol hueco y giramos a la izquierda en la roca que parece un toro. Entonces el Campo de la Escarlata debería aparecer a nuestra derecha después de pasar unas cuantas colinas. Puede haber otras cosas en el camino, pero creo que esos puntos de referencia se mantendrán firmes. Por eso se dieron como puntos de referencia para que Wickham encontrara su camino.

—Me pregunto por qué le dieron puntos de referencia al señor Wickham para que se abriera camino. ¿Por qué los Fae desearían ayudarlo?

Con el rostro ensombrecido, el señor Darcy negó con la cabeza. —No puede haber ninguna razón agradable. Pero no creo que todos los Fae deseen ayudar. Creo que debe haber algunos, o tal vez unos pocos, cuyos objetivos se alinean con los de Wickham, y no sé con qué propósito. Si todos los Fae lo desearan, no habría forma de detenerlo. Sus poderes son incomprensibles.

Fue un alivio encontrar el árbol hueco exactamente como se describía: un árbol enorme, tan alto como las secoyas que la Biblioteca le había mostrado una vez en la Nueva España. La parte inferior del árbol estaba dividida, dejando una abertura lo suficientemente ancha y alta como para que pasara un carruaje, aunque la división era tan natural que era como si hubiera crecido de esa manera. Por supuesto, este era el Reino de los Fae. Tal vez así era.

La roca en forma de toro y las colinas eran igualmente sencillas, y parecía casi imposible que se encontraran ante un campo de brillantes pimpinelas escarlatas que resplandecían tan intensamente como una puesta de sol.

—Esto debe ser —dijo Elizabeth. —¿Esto es la cura? —Buscó el libro de la Biblioteca, pero recordó en el último momento. Abraxas, ¡creo que ya casi tenemos la cura!

Gracias al cielo. Sonaba ansioso. Por lo que he oído, ya casi no hay tiempo. ¡Vuelvan ahora mismo!

Darcy señaló en silencio. Había alguien en el campo.

—¡Disculpe! —exclamó él.

El Fae se levantó y se giró hacia ellos. Su cabello azul brillante contrastaba fuertemente con el campo naranja que tenía delante. Sus ropas resaltaban a pesar de sus tonos apagados de verdes y marrones suaves. Ropa de jardinería para un Fae, quizás.

—Ah —dijo suavemente —, ¡visitantes! ¡Ilustres visitantes! Su Eminencia—. Inclinó ligeramente la cabeza en dirección a Elizabeth. —¡Vengan, pregúntenme lo que quieran!

Elizabeth se mordió el labio. Entonces, las preguntas tendrían un precio.

—Mi hermana yace moribunda por la maldición de la Palabra Escocesa —dijo el señor Darcy con valentía. —Buscamos la cura.

Declaraciones, no preguntas. Qué bueno, era astuto.

El Fae levantó las cejas. Eran de color rosa, a juego con su cabello. ¿Pero su cabello no era azul hace un momento? —Han venido aquí con un propósito, entonces. Una de estas flores fue utilizada para lanzar la maldición. Ese oscuro, el intruso, lanzó su magia maligna aquí, dejando un rastro que estoy trabajando para eliminarlo—. Señaló al suelo, pero no pudieron ver lo que estaba haciendo. —Por lo tanto, el mismo tipo de flor debe ser utilizado como la cura. Simple. Y sin embargo, no lo es.

—Hay miles de ellas aquí. Parece sencillo—. Demasiado simple, en realidad, pero Elizabeth no se atrevió a preguntar. El hechizo les había llevado al reino de los Fae y a la cueva, pero no más allá. ¿Era eso porque la forma en que se lanzó la maldición dictaba la cura?

El Fae se rio, sacudiendo su cabello amarillo-verdoso fuera de sus ojos. Elizabeth estaba segura de que estaba cambiando de color ante sus ojos, pero no podía ver cómo lo hacía. —¿Miles? Difícilmente. Una docena, quizás—. Ladeó la cabeza, con el cabello ahora de un naranja reluciente. —Debo irme. Los dejo para que encuentren su cura. Buena suerte. Tal vez.

∫∫∫

Darcy se quedó mirando al campo de flores. Miles y miles se extendían por el campo, ¿y tenían que encontrar la correcta? No, había tal vez una docena, pero ¿cómo iban a saber cuáles eran reales? ¿Las demás eran falsas de alguna manera?

Dio un paso cauteloso y tocó una flor. Le pareció auténtica. Los pétalos eran suaves, las hojas firmes. No se parecía a las flores de seda que había visto llevar a las damas en sus sombreros. Pero, ¿quizás los Fae tenían flores artificiales más realistas?

La señorita Elizabeth jadeó y él se volvió para ver.

Ella se inclinó sobre una de las flores, examinándola de cerca. —¡Creo que sé a qué se refería! —dijo emocionada. —¡Tienen seis pétalos!

Él miró, desconcertado. —Sí, lo tienen—. ¿Pero qué significaba eso?

—¡Las pimpinelas escarlatas sólo tienen cinco!

Sacudió la cabeza, desconcertado. —¿Está segura? —Había visto las flores antes, por supuesto, sobre todo en viajes a su finca escocesa, pero nunca había considerado el número de pétalos.

—Sí. Creo que estas flores son las falsas, y las verdaderas tienen cinco pétalos.

—Pero… ¿es posible que estas no sean pimpinelas escarlatas en absoluto, sino alguna otra flor del Reino de los Fae? —Pensó de nuevo. —No recuerdo que los Fae les hayan dado un nombre.

—Eso en sí mismo puede haber sido una pista —comentó pensativa. —Pero, mire. ¿Ve la forma de esta hoja? Tiene muchas venas que se ramifican de una única vena más gruesa. Mi padre tiene un libro llamado Genera Plantarum, y describe las plantas como uno de dos tipos. Las plantas con hojas como ésta son dicotiledóneas, que tienen pétalos en múltiplos de cuatro o cinco. No debería tener seis pétalos. Esto está mal.

Darcy no estaba seguro de comprenderla, pero le creyó. No era la primera vez que Darcy pensaba que la Biblioteca había elegido bien. A Elizabeth le gustaba aprender más que a nadie que él conociera.

Los pétalos están mal, por lo tanto las plantas también. No eran verdaderas pimpinelas escarlatas.

—¿Así que todo lo que tenemos que hacer es buscar en este campo una flor con cinco pétalos? —Uso una mano para hacerse sombra mientras miraba al otro lado del campo.

La señorita Elizabeth se inclinó. —Una tarea imposible. O, mejor dicho, es posible, pero Abraxas me dice que a Georgiana se le acaba el tiempo. Debemos encontrarla rápidamente.

Darcy palideció. ¡Georgiana! ¿Y si, después de todo esto, volvían a Pemberley y descubrían que habían llegado demasiado tarde?

No podían demorarse demasiado.

Los movimientos de Elizabeth eran agitados, frenéticos, mientras miraba de una flor a otra, y Darcy sintió una repentina simpatía por ella. Tenían que apresurarse, pero la tarea se realizaba mejor con la mente clara y la cabeza fría.

Él hablo en voz baja al comenzar, mientras sus ojos se movían rápidamente de una flor a otra. —Soy bastante bueno en esto—. Podría sonar a un alarde, pero también se sintió reconfortado al recordarse a sí mismo que esto era algo que podía hacer. —Cuando era niño, mi nodriza me decía que los tréboles de cuatro hojas dan buena suerte, pero me desesperaba la imposibilidad de encontrar uno en un campo de tréboles de tres hojas—. Por un momento, creyó vislumbrar una flor de cinco pétalos, pero un vistazo más detallado le demostró que estaba equivocado.

Suspiró y continuó. —Mi padre me dijo que los tréboles de cuatro hojas son raros, pero no tanto como la mayoría de la gente cree. Casi cualquier parcela razonablemente grande de trébol tendrá al menos uno, a veces varios. Sólo hace falta un ojo atento para divisarlo entre sus amigo.

—Al menos las flores no crecen en ramos. ¿O se imagina que tuviéramos que encontrar margaritas con un pétalo más o menos? Sería imposible—. La voz de ella sonaba más fuerte, y Darcy se sintió complacido al pensar que la había animado de alguna manera. » Entonces me alegro de que uno de nosotros sea un experto.

—He encontrado muchos tréboles de cuatro hojas en mi vida —le aseguró él con una sonrisa. Pero, ¿qué suerte le habían traído?

Darcy tuvo que obligarse a mantener la mente en su tarea y no dejarla vagar hacia Pemberley, preocupándose por si Georgiana se había sumido más en el sueño, si Richard la estaba protegiendo, si Wickham intentaría atacarla de nuevo. Temiendo el momento en que él y Elizabeth tuvieran que separarse. Porque una vez que encontraran la cura -y lo harían, estaba decidido, encontrar la cura- tendrían que separarse. Él a Pemberley, ella a la Biblioteca. Y la posibilidad de volver a verse en esta vida era casi nula.

Parpadeando, Darcy volvió a mirar la flor que acababa de pasar. Si hubiera visto… ¡sí! Sólo tenía cinco pétalos.

—¡Elizabeth! —gritó, y rápidamente se corrigió. —¡Señorita Elizabeth, creo que la he encontrado!

Estaba a punto de cogerla y sostenerla en alto en señal de triunfo cuando una voz gritó: —¡Alto!

Las manos de Darcy le cayeron a los lados y se volteó para ver de nuevo al extraño Fae, esta vez apoyado en un bastón, con el cabello de un rojo antinatural.

—La has encontrado —dijo el Fae, con los ojos puestos en la flor. —Eso demuestra que tienes buen ojo—. Su mirada se dirigió a la señorita Elizabeth. —Y una buena mente, aunque eso es de esperar de alguien llamado por la Biblioteca—. Volvió a mirar a Darcy. —Pero hay un precio por recoger una flor de mi campo.

Darcy contuvo un suspiro. Por supuesto que sí. Todo tiene un precio con los Fae.

Estuvo a punto de preguntar el precio, pero recordó en el último momento que no debía formularlo como una pregunta. Antes de que pudiera pensar en el enfoque adecuado, el Fae volvió a hablar.

—La Bibliotecaria no puede salir de la Biblioteca —dijo y sus ojos se dirigieron de nuevo a la señorita Elizabeth. —El resultado sería un desastre total, Su Eminencia, sobre todo porque no tiene maestro ni aprendiz.

La señorita Elizabeth inclinó la cabeza solemnemente.

Las cejas fruncidas y el cabello del Fae eran ahora de color violeta. —Ella está ligada a la Biblioteca, y tú estás ligado a tu hacienda. He visto el afecto entre ustedes dos, pero no puede suceder. Así que mi precio es más bien un regalo.

Rebuscó en los bolsillos de su reluciente túnica y sostuvo en alto una botella de líquido transparente.

—Mientras ustedes buscaban en mi campo, yo hice un pequeño viaje por mi cuenta. Esta botella contiene aguas del río Lethe.

Por el jadeo de la señorita Elizabeth, Darcy supo que ella también conocía la referencia mitológica. Al menos, siempre había supuesto que era mera mitología.

—Las aguas del olvido —dijo el Fae, con sus ojos plateados clavados ahora en los de Darcy. —Tomaras un trago y todos los recuerdos de la señorita Elizabeth Bennet, antes de Longbourn, en Hertfordshire, se borraran de tu memoria—. Sonrió, y se le vieron los dientes. Demasiado numerosos y afilados le recordaron que los Fae no eran de fiar, por mucho que no pudieran mentir.

—Por supuesto, recordarás tu búsqueda, pero sólo recordarás que Su Eminencia, la Bibliotecaria, te ayudó en tu búsqueda. Cualquier otro detalle personal será olvidado. Ese es el precio de recoger la flor.

Darcy volteó hacia Elizabeth. Tenía el rostro blanco y fruncido, pero lo miró con firmeza. —Debes hacerlo —dijo ella, con la voz ronca. —La vida de Georgiana depende de ello. Y… y no es como si pudiéramos tener una vida juntos, incluso si nos atreviéramos a… a empezar de nuevo.

El dolor se apoderó del pecho de Darcy al pensar en ello. No. Era imposible que estuvieran juntos. Él tenía Pemberley y sus responsabilidades allí, y Elizabeth tenía la Biblioteca.

Pero si debía obligarse a renunciar a ella, ¿debía renunciar también a sus recuerdos de ella? Podría ser más fácil, pero sería como cortarse un miembro. ¿No le perseguiría siempre la brizna de algo que le faltaba, algo tan importante como su propia vida, algo que nunca podría recordar del todo pero que siempre anhelaría?

Georgiana lo necesitaba. Necesitaba la cura. Incluso ahora estaba al borde de la muerte, y la cura podría resultar demasiado tarde. Era egoísta querer aferrarse a los recuerdos de su amada Elizabeth, una mujer a la que estaba destinado a dejar de nuevo, a costa de la vida de su hermana.

Abrió la boca para responder, pero no pudo.

Elizabeth lo miraba ahora, con sus ojos oscuros, cálidos y comprensivos. Ella sabía, debía saber, lo que esto le costaría.

—Te doy permiso para que me olvides —susurró ella. —Será mejor, de verdad. Puedes seguir adelante. Casarte. Vivir la vida que debes vivir. Me reconfortaría verte feliz, aunque tengamos que estar separados.

Él retrocedió ante la idea: ¿casarse con otra? Su corazón latía con agonía. Sin embargo, ella no lo olvidaría. Todavía lo amaba. Lo amaba lo suficiente como para renunciar a él y desearle alegría en una vida sin ella.

—No —respondió él, las palabras estallaron sin pensarlo más. —No puedo, no puedo. Ni siquiera para salvar a Georgiana, ni siquiera… No puedo. Por favor, por favor, debe haber otra manera.

—¡Darcy! —gritó Elizabeth. —Pero Georgiana…

El Fae levantó una mano. Una peculiar sonrisa cruzó su rostro.

—Que así sea —dijo, y lanzó la botella al aire. Observaron cómo alcanzaba la cima de su arco y caía, golpeando el suelo con un tintineo, el agua goteando en la suave tierra entre las plantas.

El Fae sonrió. —Has demostrado ser sincero, Fitzwilliam Darcy. Una vez abandonaste a tu amor con muy poco esfuerzo, pero ahora… ahora incluso con un gran coste personal y dolor de corazón, incluso cuando ese amor está condenado, sigues eligiendo no abandonarlo. Y tú, señorita Elizabeth Bennet. Una vez te arrancaron tu amor, y te amargaron por ello. Pero ahora también has demostrado ser sincera, estando dispuesta a perdonar y a amar desinteresadamente, a renunciar a tu amor cuando le costaría todo—. Se inclinó ante cada uno de ellos por turno. —No podría pedir más. Les daré la cura.

Extendió sus largos dedos con uñas afiladas y arrancó la pimpinela escarlata de cinco pétalos.

—No puedo permitir que recojas la flor sin pagar en el olvido —dijo, con su sonrisa taimada —, pero puedo recogerla por ti a cambio del entretenimiento de esta tarde. Después de todo, la verdad nos deleita a los Fae. Verdades contadas para cruzar en las piedras, flores verdaderas encontradas en un campo de mentiras, y corazones verdaderos que aman completamente. Eso sí, no has elegido el camino fácil, pero sí el verdadero.

—Gracias —casi dijo Darcy en un suspiro, pero en el último momento recordó que sería desastroso agradecerle a los Fae. ¿Cuál era la frase que Bickerstaffe le había enseñado una vez? El hombre podía ser una amenaza, pero le había enseñado a Darcy una gran cantidad de magia y una serie de elementos de cortesía útiles para las distintas razas mágicas.

—Estoy satisfecho con la flor —dijo con cautela.

La sonrisa del Fae se amplió. —Bien, muy bien. Ahora, mis pequeños humanos, los acompañaré hasta el límite de nuestro reino, y allí nos separaremos. Tu hermana no tiene mucho tiempo, y la princesa se ha enterado de que están aquí y está furiosa, así que tomaremos el camino más corto.

Sujetó a uno de ellos con cada brazo y los impulsó hacia adelante. Cada paso era como un salto, y mientras el aire corría, Elizabeth tenía la extraña sensación de estar montada en Abraxas.

Se encontraron en un bosque, y el Fae frenó y soltó sus brazos. El bosque estaba oscuro a su alrededor, pero había un extraño resplandor delante. Los árboles de ambos lados del camino se inclinaban y se retorcían por encima, formando un arco.

Darcy parpadeó ante el arco. El aire del interior parecia cambiar y moverse como el humo o la niebla, y brillaba como si tuviera su propia fuente de luz.

Tomando el brazo de Elizabeth, se dirigió con cautela hacia el pasaje.

—Oh, ustedes los humanos —dijo el Fae con una risa. —Siempre tan cuidadosos. Pero hay veces en que la precaución es la opción más peligrosa. Ahora, ¡vamos!

Un fuerte empujón a sus espaldas hizo que Darcy y Elizabeth se abrieran paso y se separaran. Darcy cayó sobre las manos y las rodillas, sintiendo como si le hubieran quitado todo el aliento. Una pesada niebla llenaba el aire, cegándolo y haciéndolo toser.

Estaba a punto de llamar a Elizabeth cuando la niebla se disipó y la vio agachada a su lado, jadeando.

Lo habían hecho. Estaban fuera del Reino de los Fae. Sólo ahora se dio cuenta de lo extraños que habían sido los colores allí, de lo espeso que había sido el aire. Respiró el aire fresco de su Derbyshire natal.

Un pensamiento repentino le hizo alegrarse de estar ya de rodillas. Tenía la cura. Habían escapado del Reino de los Fae.

Aquí era donde debían separarse. Ella regresaría a la Biblioteca, y él a Pemberley. Él salvaría la vida de Georgiana. Y entonces… ¿qué? ¿Cómo podría volver a la vida de antes?

—Elizabeth —dijo, alcanzando su mano. —Tengo que decirte…

Pero ella no lo estaba mirando. Sus ojos estaban abiertos de par en par por el miedo mientras miraba algo más allá de su hombro. Se giró lentamente, de mala gana, para mirar a la última persona que había esperado ver en la cima de una colina en Derbyshire.

—¡Lady Catherine! —espetó él.

Continuará…

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