«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 14

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 14

Melanie Rachel

La caverna estaba oscura y húmeda tras la desaparición de la Fae. Durante unos horribles momentos, no se oyó nada más que el sonido del agua que goteaba de las estalactitas y golpeaba el suelo.

Plop. Plop. Plop.

No hay mapa, la mente de Darcy repiqueteó al ritmo de las gotas. Mapa. Mapa. Tenía que haber uno, ¿no? No serían los únicos humanos que encontrarían el camino al mundo de los Fae y volverían a casa. Debía haber una forma de conseguirlo.

Darcy echo una mirada a Elizabeth, que al menos había hecho funcionar su magia para iluminar de nuevo el camino. Su semblante era tranquilo, serio, pero el parpadeo de pánico en sus bellos ojos estuvo a punto de quebrarlo.

El amor no se detiene porque uno lo desee.

Su verdad resonó en sus oídos. No había perdido su amor. Pero la había perdido a ella. Y lo que es peor… la había abandonado. Si algo lo podía quebrar, sería eso.

Habiendo sido testigo del valor de Georgiana y Elizabeth, Darcy no podía permitirse flaquear ahora. Fue su búsqueda para salvar a su hermana lo que había llevado a Elizabeth con los Fae. Por lo tanto, era su deber encontrar la manera de devolverla a su hogar, aunque ese hogar nunca fuera Pemberley. Aunque no pudiera seguirla de vuelta.

No había sido digno de Elizabeth. Pero se juró a sí mismo que lo sería.

Darcy examinó la cueva mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, buscando una salida. Al no encontrar ninguna, se dirigió a un estanque de agua y encontró un lugar plano para sentarse.

Era una tontería pensar en un mapa del mundo Fae, ya que éste cambiaba por completo de un día a otro. El paisaje parpadeaba, se desvanecía y reaparecía. Una montaña podía estar en el este un día y en el oeste al siguiente. Algo conveniente para los Fae, pero no tanto para el desafortunado viajero humano. Sin embargo…

—Elizabeth —la llamó, volviendo a subir la pendiente rocosa hacia ella. —Descansemos un rato y pensemos en lo que hay que hacer.

Ella asintió, pero ignoró la mano que él le ofreció para ayudarla a bajar. La dejó extendida por si ella daba un paso en falso.

Darcy utilizó un poco de magia antes de tomar un pequeño sorbo del estanque. —No hay magia en el agua. Puede beber si tiene sed.

Elizabeth se arrodilló y juntando las manos se llevó el líquido fresco a la boca y bebió abundantemente.

Cuando los dos se acomodaron, Darcy levantó las rodillas y puso la barbilla sobre ellas. —Los Fae no pueden hacer magia sin dejar un poco de ella.

Elizabeth asintió. —Sin embargo, no estoy segura de que eso nos ayude, sin saber para qué se usó esa magia.

—Está claro que Wickham ha hecho este viaje antes. La misma clase de magia que lo guio hasta aquí podría seguir en esta caverna—. Giró la cabeza hacia ella.

Elizabeth ladeó la cabeza y se encontró con su mirada. —Supongo que podría, pero ¿por dónde empezar?

—Pensé que, tal vez —dudó. ¿Estaba ofreciéndole esperanzas donde no debía? —Pensé que tal vez el hechizo original que encontró en la Biblioteca.

—Ya hemos agotado el hechizo, ¿no es así? —Elizabeth no parecía desaprobar la idea, aunque ciertamente no estaba convencida.

—Posiblemente —dijo. —Sin embargo, estaba considerando la frase “en lo profundo de la madriguera oscura”.

Elizabeth guardó silencio durante unos instantes mientras reflexionaba. —¿Cree usted que es posible que debamos adentrarnos en la caverna? Sé que los FE pueden ser sumamente hostiles, pero es posible que la caverna se cierre a nuestro alrededor. Al menos aquí tenemos agua para beber.

Él asintió. —Existe ese riesgo. Pero hay un riesgo mayor en que no actuemos—. Hizo una pausa. —Si pudiera adelantarme para estar seguro antes de pedirle que se una a mí, lo haría, pero con la forma en que este lugar se transforma por capricho…

—No, debemos permanecer juntos le dijo Elizabeth con firmeza.

—En efecto—. Él suspiró. —Wickham estuvo aquí para plantar las raíces de la maldición. Debe haber una manera de seguir sus pasos.

Debe haberla. Y él la encontraría.

∫∫∫

Elizabeth estaba cansada. —Me duelen los pies y estoy cansada. Estoy dispuesta a quedarme aquí un rato antes de intentar encontrar de nuevo la salida.

El señor Darcy asintió. —Hemos estado caminando a un ritmo prodigioso.

—Sé que está ansioso por liberar a Georgiana. Tanta prisa es necesaria y comprensible.

Se sentaron en la oscuridad, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Finalmente, Elizabeth decidió abordar el problema que se cernía sobre ellos. Se habían visto obligados, cada uno de ellos, a decir la dolorosa verdad. Ella había sufrido, y ahora sabía que él también lo había hecho. Que aún lo hacía. Reunió su dignidad en torno a ella como un manto y comenzó.

—William —dijo —, creo que debemos hablar de lo que dijimos al cruzar los peldaños de piedra.

Él permaneció un rato en silencio antes de responderle. —¿Qué queda por decir, Elizabeth? Te he tratado con crueldad y lo pagaré por el resto de mi vida. No tengo ninguna posibilidad de recompensar mi amor por ti ni el tuyo por mí, porque para hacerlo, tendrías que renunciar a ser la Bibliotecaria.

Su tono era plano, indiferente. Otra mujer no podría comprender lo intrincado que era su dolor entrelazado con cada palabra. Ella compartía su dolor, anhelaba mitigarlo y, sin embargo, esto no era suficiente.

—Necesito entender lo que pasó ese día. No sólo tu comportamiento, sino también por qué mi magia no funcionó como debería. Puedes ver claramente que tengo toda la magia que suponíamos, y más. No hay forma honesta de que haya fallado en la vinculación con un familiar.

William se puso de pie y comenzó a caminar. Elizabeth mantuvo una de sus manos cerca del suelo para que él pudiera ver por dónde caminaba. Lo último que necesitaban era que se volviera a lesionar.

—Aunque no dudo de que algo estuvo terriblemente mal en tu prueba, Elizabeth, no puedo creer que mi tía la haya manipulado intencionadamente. Ella conoce y respeta las leyes y tradiciones de la ceremonia de vínculo. Siempre lo ha hecho.

Elizabeth negó con la cabeza. —Nunca pensaste en casarte con una mujer que fuera puesta a prueba antes. Una mujer que suponía una importante amenaza para todas sus esperanzas de alianza contigo.

Él entrelazó las manos detrás de la cabeza y miró al techo de la caverna. —Iría en contra de todo lo que ella me ha enseñado.

—Lamento tu decepción —dijo Elizabeth, apenada. —De verdad, lo siento. Pero con las muestras de mi magia, debes afrontar la posibilidad de que tu tía esté dispuesta a torcer la ley para salirse con la suya. Después de todo, funcionó, ¿no es así? Nadie la ha acusado. No, la vergüenza de ese día ha sido para mí.

Era horrible presenciar la expresión de Darcy, la angustia añadiendo años a su semblante. Ella podía ver, aquí en las sombras de la caverna, lo terriblemente que envejecería si no se deshacía del peso de su culpa.

—No te lo merecías —le dijo él.

—No lo merecía —aceptó ella. Tras un momento de duda, continuó. —Algo que dijiste fue: “Mi corazón hoy es aún más tuyo que hace cinco años”.

—Es la verdad.

—Entonces, si bien es cierto que no merecía el desprecio que me hicieron aquel día, que no merecía que me abandonaran…

El rostro de William se contorsionó de dolor.

—Lo siento, William, pero debo decirlo. Me abandonaste cuando deberías haber estado a mi lado y exigir otra prueba.

—Sí —respondió él con voz ronca. —Debería haberlo hecho, y nos condené a ambos cuando me alejé.

—Lo hiciste —respondió ella. —Y sin embargo, a pesar de eso, no te merecías lo que te ha ocurrido, como tampoco me lo merecía yo.

—¿Qué?

—No has merecido sufrir estos últimos cinco años—. Ella inclinó ligeramente la cabeza y dijo, con ligereza: —Aunque habla mal de mi propio carácter, me complace saber que has sufrido, William. Habría pensado menos en ti si tus acciones fueran fáciles de vivir. Pero ahora… —Apretó los labios y se puso de pie. Se quitó el polvo de las faldas, se enderezó los hombros y esperó a que él se diera la vuelta. Cuando lo hizo, se acercó lo suficiente como para sostener su mirada. —Ahora te perdono. Y tú debes perdonarte a ti mismo.

—Elizabeth —dijo él, con su nombre elevándose en el aire como una canción.

Elizabeth suspiró. —Tengo más que decir, señor.

El señor Darcy frunció el ceño. —¿Más que esto? Significa todo para tener tu perdón, Elizabeth.

Elizabeth no veía ninguna posibilidad de que tuvieran un futuro juntos, pero ella podía hacer esto por él: podía ayudar a quitarle las vendas de los ojos, ayudarle a evitar cualquier intento futuro de coacción. —Me temo que esto te traerá más dolor, pero debo hacerte una pregunta.

Él esperó, lo que Elizabeth tomó como una invitación a continuar.

—¿Nunca has considerado que podría haber una conexión entre lo que le ha ocurrido a Georgiana y la continua orden de tu tía de que te cases con tu prima la señorita de Bourgh?

—¿Cómo sabías…?

—¿Qué? ¿Que tu tía deseaba que te casaras con tu prima o que ella se negara a renunciar a sus sueños? Ella no lo haría ni siquiera si usted estuviera casado, señor, y claramente no lo está.

—No podría casarme con otra —respondió él mientras se daba la vuelta. —Sigo enamorado de ti.

Se quedaron en silencio en la oscuridad mientras contemplaban la imposibilidad de todo aquello.

—William —dijo Elizabeth con suavidad —, por favor, por tu propio bien, al menos piénsalo. Si tu tía bloqueó mi capacidad de vinculación con un familiar hace cinco años y todavía está esperando que aceptes, puede que no le importe volver a intentarlo. Ella ha conocido al señor Wickham, ¿no es así? ¿Sabría que él siempre está -cuál es el término- dispuesto hacer algo por dinero?» Ella podría haber dicho más, pero él era un hombre inteligente.

—No puedo creer… —Las palabras no eran acaloradas ni incrédulas ahora, pero seguían sin ser lo que ella deseaba oír.

—Detente —dijo Elizabeth con brusquedad, y se pellizcó el puente de la nariz cuando él obedeció. —¿Cómo puedes decir que me amas cuando la defiendes a ella y no a mí? Te ruego que consideres la evidencia. Ella quiere que te cases con su hija. Ella sabía que estábamos comprometidos. Y se encargó de la prueba que fallé a pesar de que, apenas unos meses después, me vinculé con Abraxis—. Hizo una pausa. —Si fuera mi madre, ¿creerías que es posible?

Ante su mirada incrédula, ella gruñó, exasperada. —Si mi madre fuera alguien inteligente y no emocional, ¿sería posible?

—Lo sería —respondió él por fin.

Ella respiró profundamente para tranquilizarse. —Entonces no es imposible que tu tía haya hecho esto. Tu tía codicia el dinero y el poder; ¿no son esos los motivos de casi todas las guerras de la historia?

—Lady Catherine ya tiene ambos —respondió, apenas susurrando las palabras.

—¿Cuándo ha impedido eso a alguien querer más?

∫∫∫

Las palabras de Elizabeth resonaron en los oídos de Darcy e hicieron eco en las paredes. ¿Cuando? ¿Sería posible que hubiera caído tan fácilmente en una trampa tendida por su tía? ¿Acaso su propia sangre había conspirado contra él y Georgiana? ¿Por qué no podía aceptarlo hace cinco años? ¿Por qué seguía teniendo tanta dificultad para aceptarlo ahora?

Porque era orgulloso.

Esa era la verdad. Se le había ofrecido una opción en la ceremonia familiar de hace tantos años. ¿El orgullo de su familia o la mano de Elizabeth?

Había elegido el orgullo, tal y como su tía sabía que lo haría. Y al hacerlo, había puesto en marcha todo esto.

Era demasiado para soportarlo. —Vamos —dijo él bruscamente. —Sigamos adelante.

Sabiamente, Elizabeth no lo presionó. Darcy no estaba seguro de poder hablar con coherencia en ese momento y perder la compostura no sería bueno para ninguno de los dos.

Se abrieron paso hacia abajo, muy abajo, por un camino oscuro, estrecho y en pendiente. Finalmente, la luz de Elizabeth parpadeó y desapareció. Estaba cansada, pero no había ningún lugar seguro para detenerse y descansar. A Darcy le dolían las costillas y le palpitaba la cabeza, pero pensó en lo que estaba sufriendo Georgiana y puso tenazmente un pie delante del otro.

Habían pasado por lo menos dos horas cuando su piel comenzó a sentir el cosquilleo de la magia Fae. —Ahí está —murmuró Darcy, justo cuando el estrecho camino que recorrían se hundía en un espacio más amplio y plano. Entró en la cámara e inclinó la cabeza hacia atrás. El techo era tan alto como el de una catedral, aunque no había ventanas que dejaran pasar la luz. Cerró los ojos y empezó a aspirar el aire. Los símbolos iluminaron la caverna con una luz azul.

—¿Qué es eso? —preguntó Elizabeth con curiosidad.

—Un hechizo de resurrección mágica —dijo él mientras grababa otro símbolo en el aire.

—Creía que los hechizos de resurrección estaban prohibidos, como deberían serlo los hechizos de amor.

—Resurrección es un nombre bastante rimbombante para ello. Simplemente nos permite ver la magia que estaba aquí pero que se ha gastado.

Completó la última figura con una floritura y observó, satisfecho, cómo la escritura azul se transformaba en llamas que saltaban por las paredes de la caverna, crepitando de energía.

—¿Qué está pasando? —preguntó Elizabeth, alzando la voz para que se le oyera por encima del ruido.

—Primero, las llamas quemarán lo que esté ocultando los rastros de magia que se usaron aquí recientemente —explicó. —Entonces, cuando las llamas se extingan, veremos una sombra de lo sucedido.

Desde el principio de su viaje, Darcy había sido más un estorbo que una ayuda. Se había lesionado enseguida, y fue Elizabeth quien finalmente detuvo al trol y encontró ayuda. Había necesitado su ayuda para rescatar al ermitaño del derrumbe de su cueva, y había estado a punto de ser seducido por las sirenas. De nuevo, Elizabeth lo había salvado.

Ciertamente, no magia.

Ya se centraría él en su enfado con las patronas más tarde. Por ahora, era hora de que empezara a ser de alguna utilidad y esto, esto podía hacerlo. Las llamas tardaron más de lo que esperaba en dejar de arder, pero al final revelaron los ecos de dos objetos: un mapa y una brújula.

El mapa no era de papel: brillaba con una luz tan amarilla como la del sol y estaba grabado en la áspera pared de piedra. Había una línea fina y recta en el centro. Darcy retrocedió para poder leerlo y vio que Elizabeth, bañada por la luz amarilla, retrocedía igualmente.

Darcy utilizó el río que habían cruzado para localizar su posición en el mapa y lo grabó todo en su mente.

—¿Cómo vamos a encontrar el camino —preguntó Elizabeth, frustrada y angustiada —si no podemos llevarnos el mapa para leerlo por el camino?

—Yo lo recordaré —respondió él gentilmente.

Él grabó en su mente las colinas y los valles del mapa y estudió la brújula con detenimiento. Apuntaba al verdadero norte y, siempre que recordara su orientación, podría utilizarla para ayudarles a encontrar el camino.

Elizabeth agitó una mano hacia la pared. —¿Puedes recordar todo eso?

Darcy asintió con la cabeza. —Mi educación requería que memorizara muchos hechizos. Ahora puedo memorizar muchas cosas con facilidad, si las grabo a propósito en mi mente.

Elizabeth lo miró con admiración.

Darcy también grabó esa imagen en su memoria, para estudiarla más tarde. La necesitaría cuando terminara esta búsqueda.

—¿Qué es eso? —preguntó Elizabeth, señalando el objeto fantasma que había en una piedra cerca del mapa.

—Es una brújula —le dijo. Se orientó en esa dirección y escribió dos palabras en el aire. Brillaron en azul y luego desaparecieron sin las llamas que requirió el primer hechizo.

—¿Qué has escrito? —preguntó Elizabeth.

—Norte verdadero —le dijo él.

—¿Otro hechizo?

Él asintió. —Puede que no podamos usar la brújula que había aquí, pero si sabemos dónde está el norte, podemos usar el mapa para encontrar el camino hacia… —cerró los ojos para asegurarse de que todo estaba ahí —el Campo de Escarlata.

—Pero ¿cómo vamos a utilizar cualquiera de estas cosas si no podemos encontrar el camino hacia el exterior? —inquirió ella.

Darcy sonrió. —Abre —escribió en la base de la pared, donde el mapa estaba dividido. Las paredes se replegaron lo suficiente como para que una persona pudiera atravesarlas a la vez. Le ofreció una pequeña reverencia a Elizabeth y le hizo un gesto para que se acercara.

Ella parpadeó ante la repentina luminosidad. —Muy bien hecho, señor Darcy —dijo burlonamente. —Tal vez tenga usted un poco de magia, después de todo.

Continuará…

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