«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 11

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 11

Victoria Kincaid

—Saludos, humanos —entonó el dragón. —Mis felicitaciones por su boda. ¿Necesitan una oveja?

—No —respondió Darcy. —Pero…

—¿Entonces una cabra? —preguntó el dragón.

—No, necesitamos…

—¿Una vaca?

Darcy apretó los dientes. —¡No! ¡No necesitamos nada de ganado!

—¿Un erizo? ¿Un conejo?

Darcy se esforzó por mantener su tono nivelado. —No necesitamos animales. No nos vamos a casar.

—¡Oh! ¿Acaso discutieron? —La cara del dragón era bastante comprensiva.

—No, no hemos discutido. Nunca tuvimos la intención de casarnos—. Darcy se masajeó las sienes, donde empezaba a formarse un dolor de cabeza, y entonces se dio cuenta de lo que había dicho. —Bueno, eso no es del todo exacto, pero fue hace varios años…

Ahora el dragón parecía escéptico. —Realmente deberías hacer de ella una mujer honesta.

Darcy suspiró. —Es complicado.

El dragón apoyó la cabeza en sus garras delanteras. —¿Quieres contármelo?

¿Como fue que llegó al punto de contarle sus penas románticas a un dragón? Darcy echó una mirada a Elizabeth, esperando alguna ayuda. Ella se cubrió la boca con la mano, pero sus ojos bailaban de alegría. Al menos alguien se entretiene, pensó él con amargura.

Darcy respiró profundamente. —Buscamos a Anne de las Colinas.

El dragón asintió. —Es martes, así que estará recogiendo isatide por allá.

¿Acaso no había nadie que comprendiera las direcciones? Darcy daría toda su fortuna por un mapa.

—¿Podría decirnos qué tan lejos es “allá”? —preguntó Elizabeth.

El dragón se rascó la barbilla con una garra muy larga y afilada. —Bueno, no es el siguiente valle… ni el siguiente… yo diría que cinco o seis valles. Por supuesto, Anne podría ya haber terminado de recoger el isatide por hoy.

Darcy intercambió una mirada alarmada con Elizabeth. Podrían viajar durante un día o más sólo para descubrir que Anne de las Colinas ya no estaba allí.

—O, si quieren llegar de manera más oportuna, será un placer llevarlos —dijo el dragón.

—¿Llevarnos? —repitió Darcy débilmente.

—¡Oh, sí! Qué delicia! —exclamó Haskins. —¡Maravillosas perspectivas desde el lomo de un dragón! Tengo algunas mantas por aquí que uso como una especie de silla de montar… Y también cuerdas—. El hombre se puso a rebuscar bajo unos arbustos cercanos.

Darcy se volvió hacia Elizabeth. —¿Qué prefiere?

A ella le brillaban los ojos. —¡Siempre he querido montar en un dragón! Son mucho más rápidos que los grifos, y exhalan fuego.

—Sólo cuando sea necesario —le advirtió Rakover. —Siempre se me pegan las cenizas en los dientes.

—Por supuesto —dijo Elizabeth.

—¡Aquí está! —dijo Haskins, volviendo con cuerdas y mantas. Rakover se agachó al suelo para que el hombre pudiera atar las cuerdas alrededor de su cuello.

Bickerstaffe atrajo a Darcy a un lado. —¡No es posible que estés considerando este temerario plan! —señaló en voz baja. —Acabamos de conocer a este dragón. No podemos saber si es digno de confianza.

—Mi hermana se debilita a cada hora —dijo Darcy. —No podemos permitirnos el lujo de retrasarnos.

Bickerstaffe se cruzó de brazos. —No. Me niego. Una vez que estemos en el aire, el dragón podría convertirnos en un asado. Debemos encontrar otra forma.

La negativa del otro hombre realmente aumentó el entusiasmo de Darcy por el plan. —No es necesario que nos acompañes. Podrías traer los caballos por tierra, y nos reuniremos contigo dentro de dos días.

La boca de Bickerstaffe se abrio como si pensara objetar. Luego lanzó una segunda mirada a Rakover. —Un plan excelente.

Haskins había atado las cuerdas justo donde el cuello de Rakover se unía a sus hombros. Debajo de cada cuerda había una manta doblada. —Se sientan en la manta, ¿ven?», les explicó a Darcy y a Elizabeth. «Es como una silla de montar, que mantiene un poco de acolchado entre ustedes y las espinas de la espalda de Rakover. Eso es más cómodo, créanme. Y luego meten las piernas bajo las cuerdas, lo que evita que se caigan en medio del vuelo, lo cual es muy desagradable.

—En efecto—. Darcy trató de no detenerse en la imagen que evocaban esas palabras. Él y Elizabeth tomaron las alforjas de sus caballos y las ataron a la espalda de Rakover. Luego Darcy le ayudó a Elizabeth a subirse al cuello del dragón y a colocar sus piernas bajo las cuerdas. Él subió detrás de ella, metiendo las piernas bajo su propio juego de cuerdas. Lentamente, Rakover se puso en pie. Ya era bastante diferente de montar un caballo o incluso un grifo; bien podrían haber estado encima de un edificio de tres pisos.

El dragón tensó sus músculos, preparándose para saltar en el aire. —¡Le agradezco su ayuda! —Elizabeth se dirigió a Haskins. Al momento siguiente, el aire pasaba a toda velocidad por delante de ellos mientras el dragón subía al cielo con los poderosos golpes de sus alas.

En efecto, era muy diferente a montar un grifo. Con sólo unos pocos golpes de sus alas, Rakover los llevó más alto de lo que Darcy había volado nunca. El distrito de los Picos, que se encontraba debajo de ellos, bien podría haber sido un detalle en un mapa y, finalmente, quedó totalmente oculto por las nubes. Como predijo Elizabeth, también se movían mucho más rápido. El viento agitaba el cabello de Darcy en torno a su cara, y este agradeció haber pensado en guardar su sombrero en las alforjas. Elizabeth mantuvo una mano en su gorro para evitar que se lo llevara el viento. Pero cuando miró a Darcy por encima del hombro, ella le mostró una enorme sonrisa. No cabía duda de que se estaba divirtiendo.

Llevaban unos quince minutos volando cuando Darcy oyó un chillido sobrenatural que provenía de arriba. Tanto él como Elizabeth levantaron el cuello y se encontraron con la alarmante imagen de otro dragón que se acercaba a ellos.

Mientras que Rakover era de color verde esmeralda intenso, este dragón era de un brillante azul cobalto. Darcy podría haber admirado los colores del otro dragón si no hubiera estado a punto de atacarlos. Rakover esquivó a un lado justo cuando las garras de la criatura hubieran empalado a Darcy. Los dos pasajeros se vieron obligados a agarrarse a sus cuerdas mientras Rakover se sumergía y luego se alejaba en picada del otro dragón.

—¿Qué está pasando? —gritó Elizabeth a su dragón.

—Este otro dragón no me resulta familiar —respondió Rakover. —No entiendo por qué está atacando.

El dragón azul se acercó para atacar de nuevo, y Rakover se lanzó en picada, haciendo que el estómago de Darcy se tambaleara incómodamente.

Era la segunda vez que una criatura mágica los atacaba sin provocación. No podía ser una coincidencia. Alguien no quería que llegaran con los Fae o que encontraran una cura para Georgiana. ¿Pero quién? A Darcy le resultaba difícil creer que Wickham tuviera los poderes para controlar a un dragón o a un trol.

La siguiente vez que el otro dragón se acercó, escupió fuego directamente hacia Darcy y Elizabeth. Las llamas naranjas y amarillas se acercaron peligrosamente a sus cabezas. —¿Fuego? —murmuró Rakover mientras se zambullía de nuevo. —¡Qué grosero!

El otro dragón se abalanzó hacia abajo, preparándose para atacar a Rakover desde abajo, pero el dragón verde estaba preparado. Antes de que el atacante pudiera echar fuego, Rakover lanzó sus propias llamas, chamuscando la cara y el cuello del otro dragón. Con un chillido, cayó hacia atrás.

Rakover escupió algo por la boca. —¡Blahh! Cenizas.

Pero su dragón aprovechó la momentánea incapacidad del adversario para volar más rápido, intentando salir de su alcance. Desgraciadamente, Darcy no tardó en divisar al dragón azul detrás de ellos y que estaba ganando terreno. —¡Nos está siguiendo de nuevo! —dijo.

—¿Hay algo que podamos hacer para ayudarte a luchar contra él? —preguntó Elizabeth a Rakover.

—Hmm… —El dragón lo consideró incluso mientras sobrevolaba la tierra a velocidades increíbles. —¿Puede alguno de ustedes conjurar una red?

—¿Una red? —preguntó Elizabeth.

—Si puedes enredar a un dragón en una red, entonces no podrá volar y caerá a tierra.

Elizabeth se inclinó hacia atrás para poder hablar directamente al oído de Darcy. —Tengo poca experiencia con la manifestación de objetos. ¿Está usted familiarizada con este tipo de hechizo? —Darcy trató de ignorar lo bien que le sentó el cálido aliento de ella sobre su cara.

—He realizado un hechizo de manifestación, pero nunca con una red y nunca a gran velocidad. Pero lo intentaré.

—¡Rakover! —gritó él. —¿Podemos volar más cerca del suelo? —Si Darcy iba a derribar a un dragón del cielo, prefería que no fuera desde una gran altura.

Rakover asintió con la cabeza y bajó en picada. El dragón azul hizo lo mismo. Pronto estaban a sólo treinta metros del suelo y esquivando las copas de los árboles.

Darcy se removió en su asiento, mirando al dragón que los perseguía. Visualizó una red de pesca que se enredaba en las patas del dragón y luego impulsó su voluntad en el hechizo. Una descarga de sus reservas de energía mágica le indicó que el hechizo se había activado. Pero no pudo ver la red. Ahí estaba, sujeta a una de las garras delanteras del dragón. Por desgracia, era del tamaño de una servilleta. ¡Maldición! Darcy no había especificado que quería una red grande.

Cerró los ojos y se concentró en hacer la red más grande, expandiéndola hasta que envolviera a todo el dragón. Cuando volvió a abrir los ojos, el dragón había desaparecido. En su lugar había una mancha grisácea de red y un dragón azul que estaba en proceso de caer en picada en el lago que tenía debajo.

Mientras Elizabeth y Darcy observaban, el dragón cayó al lago con un enorme chapoteo. Subió a la superficie inmediatamente y sus garras empezaron a desgarrar la red. Darcy se sintió aliviado de no haber matado a la magnífica criatura, pero envió un poco de energía para reforzar la red, dándoles un poco más de tiempo para escapar.

—Bien hecho —le susurró Elizabeth al oído, provocándole escalofríos. Intentó sofocar sus sentimientos inapropiados. Ella no quiere saber nada de mí, y con razón.

Pero, susurró una parte traicionera de su mente, ella ha estado soltera todos estos años. Tal vez ella anhela tu afecto. Tu toque.

No, él no podía distraerse con tales pensamientos. Era mejor no tenerlos en cuenta. Lo que debía aplastar era la esperanza. La esperanza era el enemigo.

Se apartó de Elizabeth y le habló en voz alta a Rakover. —¿Cuánto falta para que lleguemos al campo de isatide?

—¡No mucho! —Volaron en silencio durante unos diez minutos más y luego Rakover anunció: —¡Está debajo de nosotros!

Al mirar hacia abajo, en efecto, Darcy vio un campo de flores amarillas, aunque no vio a ninguna persona. Sólo podía esperar que Anne de las Colinas hubiera cumplido con su horario habitual y no hubiera elegido este martes para comprar nuevos adornos para sus sombreros.

Rakover le dio dos vueltas al campo, bajando cada vez más. Finalmente se posó con suavidad en el camino al lado del campo, junto a la alfombra de flores amarillas. Descendió por completo, de modo que su cuello estaba a sólo unos metros del suelo.

Darcy se liberó de las cuerdas y se deslizó por el cuello del dragón, feliz de tener la oportunidad de estirar las piernas. Levantó los brazos para ayudarle a Elizabeth a desmontar. Consciente de su reciente resolución, Darcy retiró de inmediato las manos de la cintura de ella y tuvo mucho cuidado de no notar lo atractivos que se veían sus rizos al estar despeinados por el viento.

Elizabeth examinó la zona. —¿Estamos seguros de que este es el lugar correcto? —le pregunto al dragón.

—Ah, sí. Anne está aquí —respondió Rakover.

—¿Dónde?

—Allí—. Señaló con una garra hacia la izquierda, pero Darcy no vio nada. Rakover se rio. —¡Anne! ¡Anne! ¡Despierta! Tienes visitas.

Una figura en medio del campo de flores se incorporó. Su vestido y su gran sombrero flexible eran del color exacto de las flores amarillas, por lo que no se distinguía de su entorno. —¿Visitas? —dijo ella vagamente. —Qué bonito—. Y volvió a tumbarse entre las flores.

Rakover parecía un poco avergonzado, aunque era difícil de discernir dados sus rasgos de dragón. —Anne no es el ser más… laborioso que he conocido.

—Señorita… —comenzó a decir Darcy y luego se dio cuenta de que no sabía cómo dirigirse a ella. ¿Señorita de las colinas? ¿Señorita Colinas? ¡Argh! Esto es ridículo. —¡Señorita Anne! —llamó. —¡Necesitamos de su ayuda! —Hizo una pausa. —¡Es muy urgente!

—¡El señor Haskins nos envió! —agregó Elizabeth.

Por lo menos esto indujo a la señorita Anne a sentarse de nuevo. —¿Haskins? ¿Conozco a un Haskins? —preguntó a Rakover.

—Dijo que quería casarse con usted —comentó Elizabeth.

—¡Oh, él! —exclamó la señorita Anne. —Dulce hombre. Demasiada barba.

—Probablemente se afeitaría si usted se lo pidiera —razonó Elizabeth.

La señorita Anne hizo un gesto de rechazo. —No, no. Entonces tendría que casarme con él, y eso no serviría en absoluto.

Elizabeth pareció un poco desconcertada ante esta respuesta, pero Darcy se estaba impacientando. —Señorita Anne, necesitamos entrar en la tierra de los Fae. Nos han dicho que usted sabe dónde está.

Ella le miró con los ojos entrecerrados. —¿La tierra de los Fae?

—Sí. Hay una cueva por aquí que sirve de entrada a su tierra.

La señorita Anne se frotó la barbilla, pensativa. —Creo que soy mitad Fae.

—Eso es lo que nos dijeron —dijo Elizabeth.

Darcy empezaba a dudar de que la mujer tuviera el ingenio suficiente para dirigirlos al árbol más cercano y mucho menos a la tierra de los Fae.

Rakover hizo un sonido como si se aclarara la garganta. —Tienen suerte de que hayamos llegado en uno de sus días buenos. A veces es difícil mantener una conversación coherente con ella.

—Afortunados de verdad —murmuró Elizabeth moviendo los labios.

—Señorita —Darcy lo intentó de nuevo. —Si puede decirnos donde está la entrada, entonces nos iremos y la dejaremos en paz.

—¿Qué es lo que buscan? —preguntó ella.

Darcy suspiró. —La entrada a la tierra de los Fae.

Ella lo miró sin comprender durante un minuto. —¿Por qué no lo has dicho antes? Está justo ahí—. Señaló detrás de Darcy. Él se giró y vio una abertura tallada en la piedra de la colina. Pudo haberla pasado por alto, pero estaba iluminada con un tenue resplandor amarillo.

—Esa es la tierra de los Fae —dijo la señorita Anne.

Continuará…

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