«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 10

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 10

Sarah Courtney

Elizabeth miró a la cueva con consternación. ¿Ahora qué iban a hacer?

El señor Darcy se pasó la mano por el cabello.

—¡Bien! —Bickerstaffe sonaba desmesuradamente satisfecho. —Parece ser que debemos regresar a la posada. Esto ha sido una tontería. Deberíamos haber sabido que no era la forma de hacer las cosas. “Encontrar al ermitaño para encontrar a la mujer sabia”. Una forma más enrevesada de…

—¡Holaaaa! —una voz llamó débilmente. —¡Holaaa! ¿Hay alguien ahí fuera? Oh, cielos, oh, cielos.

El señor Darcy se adelantó de un salto y se precipitó hacia las rocas que ocultaban la entrada de la cueva.

—¿Hay alguien ahí dentro?

Elizabeth esperó, medio esperando que el ermitaño estuviera llamando desde otro lado, pero no cabía duda de que su voz provenía del interior de la cueva.

—¡Sí! ¡Oh, por favor, ayuda!

Elizabeth se adelantó para ayudar, y ella y el señor Darcy se quedaron mirando el enorme desprendimiento de rocas que cubría la entrada de la cueva del ermitaño, y ahora casi su tumba.

—¿Qué hacemos? —susurró ella. A pesar de todo lo que le habían enseñado en la Biblioteca, nunca había intentado mover rocas y tierra a esta escala… ¿Y si provocaban un nuevo derrumbe que matara al hombre que estaba atrapado? No sabían cuán grande era la cueva ni cuánto espacio tenía para alejarse del desprendimiento de rocas.

Abraxas, lo llamó. Hemos encontrado al ermitaño, pero su cueva está bloqueada por un desprendimiento de rocas. ¿Cómo podemos mover las rocas sin arriesgar su vida?

Bickerstaffe se aclaró la garganta. —Está claro que no podemos hacer nada aquí. Esta situación requiere a los expertos en, ejem, trabajo físico. Además, creo que tenemos un horario bastante apretado… Deberíamos volver a la posada. Podemos enviar ayuda desde allí, y quizás haya alguien más que pueda conocer la ubicación de esta mujer medio salvaje.

—Mujer sabia —lo corrigió distraídamente el señor Darcy. —Señorita Bennet, creo que nosotros podríamos ayudar.

Tendrás que usar tu propia magia, le advirtió Abraxas. Pero deberías ser capaz de levantarlos, especialmente con la ayuda de otro mago.

Elizabeth se congeló. Su propia magia. Su magia se había mezclado con la de la Biblioteca durante tanto tiempo que ya no sabía cuál era la suya.

—Dame tu mano —dijo el señor Darcy.

Elizabeth lo miró sin entender.

Él resopló un poco y le tomó la mano, sujetándola con firmeza. Ella ahogó un grito al sentir su cálida mano entre la suya. Ante esa sensación, tan familiar y a la vez tan extraña, mil recuerdos se agolparon en su mente.

Habían caminado juntos a menudo en la niebla de la mañana, primero encontrándose accidentalmente y luego a propósito. A ella le había encantado caminar del brazo con él, sintiendo los fuertes músculos bajo su manga y rozando su costado. Cada vez que lo hacía le producía escalofríos de la mejor clase, que subían y bajaban por su columna vertebral. Él había tomado su mano desnuda entre las suyas y la había besado, y ella se había sentido a punto de estallar de felicidad. ¡Él la había amado!

—Yo sostendré la estructura —dijo él, sacándola de su inoportuna ensoñación. — Usted se encargará de levantar las piedras. Empiece por la parte superior, para que no se derrumbe hacia abajo.

Ella asintió en silencio. A él no parecía afectarle el hecho de que sus manos estuvieran unidas. Por supuesto que no. Había sido él quien había decidido renunciar a ella. Nunca pudo haberla amado, no con la devoción que la consumía y la emoción que ella había sentido por él.

Obligándola a alejar sus dolorosos recuerdos, se acercó tímidamente con sus instintos mágicos. Podía sentir la fuerza de su magia combinada con la de ella, alcanzando juntos las piedras.

—Ya sabemos que ella no tiene suficiente magia para pasar la prueba de las Patronas—. La voz de Bickerstaffe la desconcentró y perdió la conexión con las piedras. —Creo que es mejor que volvamos a la posada y pidamos ayuda.

El señor Darcy sonaba como si estuviera conteniendo el impulso de golpear a Bickerstaffe. —Puedes irte, Bickerstaffe, si no te crees capaz de ayudar aquí.

Bickerstaffe gimió. —Oh, muy bien—. Miró a Elizabeth con desprecio y se puso al otro lado del señor Darcy, tomando su mano a regañadientes. Por lo menos se quedaba en ese lado.

—Bickerstaffe, sera mejor que ayudes también con el levantamiento —comentó Darcy. Bickerstaffe refunfuñó pero no dijo nada.

—Y… ¡arriba!

Elizabeth volvió a extender su magia, esta vez con más confianza. No estaba dispuesta a mostrarse débil ante el tonto de Bickerstaffe y, a través de él, ante las Patronas. Ella era la Bibliotecaria. Y aunque eso significaba que normalmente filtraba la magia a través de la Biblioteca, tenía su propia magia, y ya era hora de que ejerciera su uso.

Primero se concentró en hacer más ligera la capa superior de rocas. Luego les hizo un ligero gesto para que se alejaran de la cueva y se acercaran a ella. Una vez que estaban fuera de su posición, las arrojaba ligeramente a un lado.

Una vez terminada la capa superior, pasó a la siguiente. Podía sentir la magia del señor Darcy sosteniendo la estructura de la cueva y evitando que se derrumbara mientras ella movía las rocas, pero no podía sentir la de Bickerstaffe. Sin duda eso era extraño. ¿Era porque estaba al otro lado del señor Darcy?

Las piedras parecían ser más pesadas a medida que ella las bajaba, y sus movimientos se hacían más lentos. Se estaba acercando al final de su magia natural. Su agarre en la mano del señor Darcy se intensificó y, para su sorpresa, su magia se sintió más fuerte. Con renovados esfuerzos, levantó la última piedra grande y la apartó del camino.

—¡Holaaaa! —Una cabeza polvorienta se asomó a través de la sección removida de la pared. —¡Mis valientes salvadores!

Elizabeth y el señor Darcy se soltaron las manos y se adelantaron como si fueran uno solo. El señor Darcy sostuvo al diminuto hombre por debajo de los brazos y lo levantó por encima de las rocas y los escombros que quedaban y lo puso a salvo.

El hombre se sacudió, sonriendo alegremente a pesar del polvo gris que lo cubría generosamente de pies a cabeza, incluyendo sus grandes y protuberantes bigotes.

—¡Muchas muchas gracias! —exclamó el ermitaño, con los dientes brillantes a pesar del polvo gris que le cubría la cara. —No puedo expresar lo encantado que estoy de que todos ustedes hayan decidido venir a tomar el té. Si no lo hubieran hecho, estoy seguro de que me habría quedado atrapado hasta que viniera la querida Anne, que no llegará hasta el jueves. Entonces, ¿va a haber una boda?

Elizabeth evitó mirar al señor Darcy mientras éste respondía secamente: —¿Una boda? No, hemos venido a pedirle indicaciones para encontrar a Anne de las colinas—. Le dio al ermitaño un pañuelo para que se limpiara la cara.

El ermitaño miró el pañuelo por un momento, confundido, y luego se animó. Escupió en él y empezó a limpiarse el polvo de la cara.

Elizabeth ocultó una sonrisa.

El ermitaño terminó de limpiarse la cara y le devolvió el pañuelo al señor Darcy con un exuberante agradecimiento. Elizabeth disfrutó de la expresión de la cara del señor Darcy, quien lo tomó con cautela y se lo guardó en el bolsillo.

—¿No se van a casar, entonces? —El ermitaño los miró del uno al otro. —Todo el mundo viene a mí para casarse. Hago un servicio mucho mejor que ese herrero de Gretna Green, ¡y mis bodas son válidas incluso entre los Fae! ¡El mejor lugar para un matrimonio mixto entre un Fae y un humano en este lado del reino de los Fae! Incluso incluyo flores. Gratis, por supuesto. Sólo lo mejor para mis queridos prometidos.

Elizabeth mantuvo la mirada alejada de la del señor Darcy mientras se llevaba la mano al pecho, deseando que desapareciera el repentino y agudo dolor. Ninguno de los dos necesitaba que se les recordara aquel desastroso día en el que sus propios planes de matrimonio se convirtieron en cenizas.

Por el rabillo del ojo, vio al señor Darcy pasarse una mano por el cabello, algo que siempre hacía cuando estaba ansioso o preocupado. La idea de casarse con ella era así de preocupante, ¿verdad?

¿Tuvieron éxito con las rocas? preguntó Abraxas. Pude sentir que tus niveles de energía disminuían.

, respondió Elizabeth. El ermitaño está vivo y por lo visto está bien. Aunque parece tener la impresión de que hemos acudido a él para casarnos, entre otras cosas.

Abraxas soltó un bufido bastante grifonesco. ¿Casarse? ¿Por casualidad no es el viejo Derwent?

—Por favor, señor, ¿podemos preguntar por su nombre?

El anciano le sonrió. —Haskins, querida, pero la mayoría de la gente me llama Viejo Derwent. Es mejor no preguntar por qué.

Elizabeth ladeó la cabeza. La razón parecía ser obvia. ¿No era el valle de Derwent lo que estaban viendo? Pero seguiría el consejo del anciano.

Sí, es él, le dijo a Abraxas.

Podía sentir sus rugidos y resoplidos. Oh, qué delicia. Debo ir a decírselo a Travinius. Él también se merece una buena carcajada.

—Ahora —dijo Haskins (o debía llamarlo Viejo Derwent) frotándose las manos —, ¿empezamos? ¿Tiene un anillo, buen señor?

—¡No están aquí para casarse! —gritó Bickerstaffe al pobre anciano, agitando las manos. —¡Viejo tonto!

—Oh, viejo puedo ser, pero tonto no lo soy —aseguró Haskins. Le dedicó al señor Darcy una sonrisa socarrona. —Veo perfectamente que hay algo entre estos dos. No está aquí para casarse, ¿eh? ¿Han venido a ver a mi querida Anne? Bueno—. Miró detrás de él a su cueva y suspiró. —Les pediría que le llevaran algunas cosas, pero supongo que se han perdido entre los escombros. Hemos estado cortejando estos muchos años, ya sabe. Aún no la he convencido de que se case conmigo, pero cada año estoy más cerca.

—¿Puede decirnos cómo encontrarla? —preguntó el señor Darcy, y Elizabeth admiró su calma. No estaba segura de si reírse o llorar ante las repetidas sugerencias del anciano de que se casaran. Pero el señor Darcy tenía mucha práctica en ocultar sus emociones, supuso ella. Siempre había sido bueno en eso.

—Ella puede ser un poco difícil de encontrar —dijo Haskins, golpeando un dedo en su mejilla. —Se mueve mucho. Pero es muy regular en sus viajes. Veamos, en el reino de los Fae de sábado a lunes. Hoy es martes, así que… Creo que ella debe estar reuniendo isatide. O, espera, ¿es miércoles? No, es martes, estoy seguro. Es martes, ¿no? —Entornó los ojos hacia el sol. —Es muy difícil saber el día de la semana por el sol.

Elizabeth parpadeó. ¿Se puede saber el día de la semana por el sol?

Travinius sigue riéndose, dijo Abraxas con satisfacción. El viejo Derwent siempre está intentando casar a todo el mundo. Supongo que Bickerstaffe estará menos que encantado.

Estoy medio tentada de casarme con el señor Darcy, sólo para ver a Bickerstaffe caer muerto de asombro, admitió Elizabeth con pesar.

El pecho todavía le apretaba un poco al pensarlo, pero se consoló con el hecho de que era poco probable que Abraxas sintiera su dolor a través de su conexión a distancia. Y después de todo, la repetida presencia del señor Darcy estaba facilitando las cosas. Era un poco como ir al mar en Brighton, lo que había hecho una vez cuando tenía unos doce años. Al principio, el agua estaba tan fría que no se podía respirar ni pensar, ni siquiera temblar. Pero al cabo de unos minutos, uno se acostumbraba un poco y podía moverse y chapotear y disfrutar de la sensación de flotar a pesar de las gélidas temperaturas. Con el tiempo, sería tan inmune al señor Darcy que podría tratarlo como un conocido común e indiferente.

Elizabeth luchó por recordar a qué habían venido. El viejo Derwent era tan extraño que uno no podía evitar sentirse un poco desconcertado durante la conversación con él.

—Anne de las colinas —dijo ella. —Sí, es martes. ¿Dijo que hoy estaría recogiendo plantas? ¿Podría decirnos a dónde va?

—Oh, no les será difícil —respondió él con una sonrisa. —Es la única planta de isatide que hay por aquí. Crece donde se ha filtrado un poco la magia desde las tierras de los Fae. Es el único lugar donde se puede ver en Derbyshire. Sólo hay que buscar los campos amarillos de allá—. Hizo un gesto hacia el norte.

—¿No puede darnos algo más específico? —La voz de Bickerstaffe subió de tono hasta ser casi un gemido. —¿Campos amarillos? ¿Allá? ¿De qué sirve eso?

El anciano entornó los ojos. Entonces captó la mirada de Elizabeth.

—No piensas casarte con ese, ¿verdad? Si yo fuera tú, no lo haría.

Elizabeth se rio antes de poder contenerse. —No, señor —dijo solemnemente. —No tengo planes de casarme hoy.

—Muy bien—. Hizo un mohín. —No dejes que Anne te case entonces, ¿eh? Ella no puede realizar bodas inglesas propiamente, sólo Fae. Podría mentir y decirte lo contrario. Amo a la mujer, pero no confío en ella. Me robaría todas las bodas si pudiera, pero tal y como están las cosas, sólo se queda con algunos asuntos de los Fae. Si cambias de opinión y decides casarte, lo cual deberías hacer, en mi opinión, ya que todo el mundo debería casarse, vuelve aquí y deja que el viejo Haskins lo haga.

Elizabeth sonrió. —Muy bien, señor. Prometo que no dejaremos que Anne nos case.

El señor Darcy le dirigió una mirada de exasperación, pero ella le respondió con una brillante, aunque forzada, sonrisa.

Una sombra los sobrevoló y Elizabeth levantó la vista para ver la silueta de un dragón contra el brillante cielo.

Haskins se agachó y estuvo a punto de correr de vuelta a su cueva, pero por supuesto no pudo.

—¿Es peligroso? —preguntó bruscamente el señor Darcy.

—Oh, lo sabía —gimió Bickerstaffe. —¡Una misión absurda, eso es lo que les he dicho a todos! Probablemente nos está enviando directamente al territorio de ese dragón».

—No es peligroso, no —dijo el ermitaño, pero seguía retrocediendo hacia su cueva en ruinas. —Es sólo que… bueno, parece que están a punto de casarse, ya ven. Es por lo que la mayoría de la gente viene a mí.

—¿A él no le gustan las bodas?

—¿Rakover? ¡Ama las bodas tanto como yo! Pero la última vez que tuve el honor de realizar la ceremonia, Rakover intentó traer un regalo. No le fue muy bien. A mí me agrada el regalo de una oveja destripada de vez en cuando, pero puedo entender que algunos no lo aprecien cuando llega inesperadamente durante los votos.

Esta vez fue el señor Darcy quien se rio, pero la risa se cortó cuando la sombra del dragon se hizo más grande. Una racha de viento casi los hizo caer, y el anciano sujetó a Elizabeth por una mano y al señor Darcy por la otra, alejándolos de lo que aparentemente iba a ser el lugar de aterrizaje del dragon.

Bickerstaffe lanzó un gemido desesperado y se tiró al suelo, con las manos sobre la cabeza, justo cuando el dragón aterrizó a su lado.

—Saludos, humanos —entonó el dragón. —Mis felicitaciones por su boda. ¿Necesitan una oveja?

Continuará…

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