«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 9

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 9

Monica Fairview

Cuando Elizabeth entró en el salón público, varias miradas se volvieron en su dirección. Se detuvo en la puerta. No podía irrumpir en un espacio público sujetando su libro como si quisiera atacar a alguien con él. Ella era la Bibliotecaria, y por mucho que el señor Darcy hubiera conseguido irritarla, necesitaba mantener cierta dignidad. Tal vez no supieran quién era ella aquí, pero ¿qué pasaría si alguien lo descubriera? No quería que circulara el rumor de que no podía controlar su temperamento.

Se echó hacia atrás y se apoyó en el marco de la puerta, fuera de la vista, respirando profundamente para calmarse. ¿Como era posible que hubiera estado en control de sus sentimientos todos estos años, pero tan pronto como el señor Darcy aparecía en escena, se convertía en un manojo de nervios? Tal vez se parecía más a la señora Bennet de lo que estaba dispuesta a admitir. Esperaba sinceramente que no fuera así, sobre todo porque la magia de la Biblioteca tendía a reflejar sus emociones.

Las palabras de Abraxas volvieron a su mente. La búsqueda que estás emprendiendo está destinada a desterrar el dolor y la tristeza de la señorita Darcy. Deja que haga lo mismo por ti. Era fácil decirlo cuando el grifo de la Biblioteca no tenía ni idea de lo que ella estaba sufriendo. Era como quitar una venda de una herida que se había infectado, revelando toda la descomposición que había debajo. ¿Cómo podía sanar cuando tenía que trabajar con la persona que la había herido tan profundamente?

Más aún, ¿cómo iba a completar su misión? Cuando se puso en marcha, estaba segura de que tendría éxito. La sabiduría de la Biblioteca, junto con las voces de antiguos bibliotecarios, guiaban sus pasos. Pero aislada y sola, no tendría a nadie más que a ella misma para recurrir.

Sin embargo, no estaba completamente sola, ¿verdad? Tenía a alguien que podía hablarle de esto. Abraxas todavía estaba allí. Había sido una presencia firme y tranquilizadora para ella cuando comenzó su entrenamiento. Nunca le había permitido perder la esperanza, incluso cuando ella dudaba de sus habilidades. Confiaba plenamente en él.

¿Abraxas?

Silencio.

¿Abraxas?

Silencio.

Entonces otro pensamiento la golpeó, helándola hasta los huesos. ¿Y si en realidad no tenía magia propia? ¿Y si las Patronas tenían razón? Ciertamente tenía algunas habilidades únicas. Era capaz de conectarse a la Biblioteca cuando ningún mortal había sido capaz de hacerlo durante siglos. Pero eso no significaba que tuviera magia innata. ¿Y si sólo era capaz de utilizar la de otra persona?

Volvió a pensar en la primera vez que conoció a Darcy. En aquel momento, cuando descubrió que era un mago destacado, no se sintió intimidada. Creía que su propia magia era poderosa y, de alguna manera, había convencido a Darcy de que así era. Sin embargo, de alguna manera, no había logrado vincularse ni siquiera con el más humilde familiar. Las dudas y las certezas se enfrentaban en su mente. Se recordó a sí misma que, al fin y al cabo, era la Bibliotecaria, pero no pudo extinguir sus temores.

¿Abraxas? repitió por tercera vez.

Aquí estoy.

Se tambaleó de alivio, pero no se tranquilizó del todo. ¿Por qué no había respondido antes? ¿Su voz era más débil o se lo estaba imaginando? ¿Podría estar perdiendo el contacto con él también? Una vez más, maldijo su arrogancia al pensar que podía explotar la magia de la Biblioteca sin pagar un precio.

¿Estás seguro de que no hay forma de restaurar mi conexión con la Biblioteca?

La hay, pero sólo si vuelves aquí y la restableces directamente. Primero, debes completar tu búsqueda. Estás mágicamente obligada a hacerlo.

Él había dicho lo mismo antes, pero esas palabras eran tan definitivas como una piedra en su estómago. No tenía elección.

¿Y si fallaba? Una voz inquietante le respondió con toda claridad. Se expondría al ridículo del señor Darcy. A la expresión inexpresiva y despiadada que él le había dedicado cuando descubrió que no poseía suficiente magia. A las mismas palabras, pronunciadas hacía apenas unos minutos en su dormitorio. No puedo casarme con una mujer no mágica.

Eso no era lo peor que podía pasar. Ella ya lo había experimentado y había sobrevivido. No era el objetivo de su búsqueda. El resultado era mucho más grave que su orgullo herido.

Ella defraudaría a Georgiana. Georgiana moriría. El resto era irrelevante. Ella estaba aquí para salvar a Georgiana de una muerte desgarradora y angustiosa, para liberarla de los terribles sueños que la estaban matando. Elizabeth tenía que romper el vil hechizo que Wickham había lanzado sobre la joven.

En cuanto a la reprimenda del señor Darcy, ¿qué más podía causarle? La había desechado como un trapo mojado cuando no le convenía. No había nada que pudiera hacer que fuera peor que eso. Ella había querido demostrarle que era poderosa, y no sería capaz de hacerlo. De todos modos, ¿qué importaba? Una vez terminada la búsqueda, volvería a la Biblioteca y no volvería a verlo.

Ella no había venido a esta búsqueda por él. Lo hacía por Georgiana. No era el momento de revolcarse en la autocompasión. No había tiempo que perder. Un sentimiento de determinación y propósito se apoderó de ella.

Se enderezó, se alisó la falda con una mano y sujetó su libro como un escudo, dispuesta a enfrentarse de nuevo al mundo. Al doblar la esquina, con paso firme y fuerte, se estrelló contra Bickerstaffe.

—Ahí está, Su Eminencia—. El tono de Bickerstaffe era malhumorado. Se limpio la ropa fastidiosamente, como si ella la hubiera contaminado de alguna manera. —Espero que el señor Darcy esté totalmente recuperado y no tengamos que pasar otra noche aquí. He dormido muy mal. No estoy acostumbrada a un alojamiento tan vergonzoso. Me quejaré a las Patronas por el trato que estoy recibiendo.

¡Como si alguno de ellos tuviera algo que decir al respecto! Elizabeth tampoco había pedido tener que compartir una habitación con Darcy.

Su mención de las patronas la enfureció. —Es usted libre de quejarse, por supuesto, una vez que nuestra misión haya terminado y hayamos salvado a su señora. Mientras tanto, pediré comida para romper el ayuno, y usted pueda llevarle una bandeja al señor Darcy.

Los ojos de Bickerstaffe se abrieron de par en par, y se alzó en toda su altura, con la mandibula sobresaliendo por la agitación.

—Me permito recordarle a Su Eminencia que no soy un lacayo. Represento a las Damas Patronas.

Ella estaba a punto de darle una respuesta tajante, pero su irritación se convirtió en risa al notar los trozos de paja enredados en el cabello del meticuloso ayuda de cámara.

—Mis disculpas. No tengo muy claro en qué consisten sus funciones—. Él parecía aún más indignado, y ella reprimió una sonrisa. —Mientras tanto, tal vez desee examinarse en el espejo antes de bajar a desayunar.

—¿Qué? ¿Por qué? —Mientras se pasaba las manos por el cabello, cayeron trozos de paja sobre su ropa, y comenzó a cepillarlos frenéticamente.

Riéndose abiertamente ahora, Elizabeth sacudió la cabeza dirigiéndose al posadero, con su buen humor restaurado. Estaba cansada y agotada, eso era todo. Era cierto que su situación no era la ideal, pero ya encontraría la manera de afrontarla.

Elizabeth entró en la taberna. Parecía un lugar diferente de día y sin los ruidosos juerguistas. Todas las hechiceras estaban allí, pero parecían somnolientas y apagadas. Pidió el desayuno para los tres y se dirigió al mismo rincón donde se había sentado la noche anterior.

La joven hechicera pelirroja que había sido tan popular la noche anterior saludó a Elizabeth al pasar.

—¿A dónde te diriges, hermana?

¿Cuánto debía revelar Elizabeth? ¿Pondría en peligro su misión de alguna manera? Seguramente no. Eran hechiceras. Entendían los propósitos de la magia.

—Me dirijo con los Fae.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par. —Entonces eres mucho más valiente que yo. Me gustaría poder ir contigo.

—No debes decir esas cosas, Rose —dijo la carabina de cabello férreo. Elizabeth la recordaba vigilando de cerca a las mujeres más jóvenes, con la intención de preservar su reputación de los jóvenes borrachos que las rodeaban. Su ceño estaba fruncido en señal de desaprobación. —Ten cuidado con lo que deseas. Estamos lo suficientemente cerca de la tierra de los Fae como para que tu deseo se cumpla. Como sabes muy bien, encontrar el camino a la tierra de los Fae es bastante fácil. Encontrar el camino de vuelta es casi imposible.

La hechicera pelirroja puso los ojos en blanco en un gesto que le recordó a Elizabeth a Lydia mientras la carabina se dirigía a Elizabeth para explicarle.

—Dicen que la tierra de los Fae está llena de mortales que se han perdido, vagando mientras intentan volver a casa, mientras sus familias envejecen y se convierten en polvo. El tiempo funciona de forma diferente en su tierra que en la nuestra—. Le dirigió a Elizabeth una mirada severa. —Espero que tenga una buena razón para ir allí, y que no vaya sola.

Elizabeth comenzó a responder que ella, más que nadie, no tenía miedo de vagar por los reinos de los Fae. Lo había hecho a voluntad durante muchos años. Como Bibliotecaria, no podía quedar atrapada en la red de los Fae. Pero bajo el escrutinio de la hechicera, se preguntaba si realmente estaba siendo imprudente, poniéndose a merced de los Fae cuando no tenía la protección de la Biblioteca. ¿La reconocerían como la Bibliotecaria o la tratarían como una simple mortal? En este último caso, ¿también estaba poniendo en peligro al señor Darcy y a Bickerstaffe? Seguramente ella sería capaz de repeler cualquier hechizo que los Fae pudieran lanzar sobre ellos. ¿Cómo podría responder a eso? Ya no estaba segura de quien era, ni de lo que era capaz.

—Tengo una buena razón —respondió. —Me ha enviado la Biblioteca.

—Ah —dijo la carabina, cambiando su tono. —Entonces es probable que tenga éxito—. La miró detenidamente. —Me pareció detectar el aroma de la magia Fae en usted.

Ella nunca había oído hablar de que alguien pudiera oler la magia. Sabía poco de las hechiceras, aparte de que viajaban de pueblo en pueblo, ganándose la vida haciendo hechizos. La mayoría de ellas eran mujeres de origen pobre con habilidades mágicas limitadas, aunque algunas podían ser jóvenes que no tenían una posición real en el estrecho mundo jerárquico de la Sociedad. Como el número de magos era tan limitado, las Patronas se aseguraban de que todos recibieran una formación básica. Ésta consistía principalmente en el aprendizaje de algunos hechizos prácticos, pero las Patronas las vigilaban estrictamente para asegurarse de que no abusaban de su poder ni intentaban elevarse por encima de su posición. Se les asignaban matronas para vigilar su reputación y mantenerlas controladas.

Quiso preguntarle a la carabina sobre su capacidad para olfatear la magia, pero la mujer de cabello férreo había perdido el interés y estaba enfrascada en una conversación con otra de las carabinas.

En ese momento, Darcy apareció en la puerta. Bickerstaffe se ensañaba con él, tratando de convencerlo de que usara un bastón que había adquirido de alguna manera. Darcy rechazó el ofrecimiento con impaciencia, pero Elizabeth notó que se movía con cautela, casi como si no confiara en sí mismo. Cuando él se acercó a la mesa y se sentó, dio un respingo.

Elizabeth estaba decidida a mantener la distancia, pero no pudo evitar reaccionar con preocupación ante su dolor.

—¿Le duele la cabeza? ¿Estás mareado? Podemos quedarnos otra noche si es necesario.

Aunque la idea de pasar otra noche en compañía de Darcy, en la intimidad de una habitación individual, era desconcertante, no serviría de nada si él se desmayaba en el camino. Sería muy difícil encontrar ayuda en los parajes salvajes del Distrito de los Picos, y ella no disponía de magia.

—¡Ni hablar! —Darcy habló escuetamente, dejando claro que no aceptaría ninguna demora. —No puedo permitirme perder una sola hora, y mucho menos un día entero. Tal como están las cosas, no sé por cuánto tiempo sobrevivirá Georgiana.

En ese momento apareció la mujer del posadero, llevando su comida. —¿Van a comer aquí o arriba? Me han dicho que la suba.

—Comeremos aquí—. La voz de Darcy dejó en claro que ya había discutido el asunto con Bickerstaffe.

Elizabeth se zambulló en su comida con fruición. A pesar de la cena de ayer, la fuerte magia que había utilizado para luchar contra el trol y para transportar a Darcy con la sanadora había agotado su energía. Mientras tanto, Darcy picoteaba su comida sin apetito.

Estaba lejos de estar totalmente recuperado, pero Elizabeth no iba a discutir ese punto. La vida de Georgiana estaba en juego.

—¿Cuánto tiempo estima que falta para que lleguemos a nuestro destino? —Darcy dejó de comer por completo y tiró el tenedor.

La pregunta hizo temblar a Elizabeth, que se atragantó con un trozo de pan que estaba comiendo. Darcy le dio un golpe en la espalda y la obligó a beber un poco de su cerveza, mientras Bickerstaffe la miraba con una sonrisa de satisfacción.

Elizabeth se tomó su tiempo antes de responderle. No tenía la menor idea de adónde debían ir y no tenía medios para averiguarlo. ¿Cómo iba a determinar su dirección?

—La información que nos ha proporcionado la Biblioteca no es específica —respondió lentamente. —Usted ha visto el poema. La Biblioteca proporciona referencias, pero no datos concretos. Lo consultaré con las hechiceras.

Se levantó y se dirigió a la mesa en la que estaba sentada la mujer de cabello férreo. A juzgar por su forma de hablar, muchas de las hechiceras eran de esta región y conocerían el camino.

—Necesito consejo —dijo Elizabeth. —Estoy dispuesta a pagar en monedas. Sólo diga el precio—. Después de todo, las hechiceras se ganaban la vida con las solicitudes de ayuda.

La matrona de cabello férreo levantó la ceja. —Preferiría pedir una gracia, ya que eres de la Biblioteca.

Elizabeth asintió y estaba a punto de preparar un hechizo vinculante cuando la incertidumbre la frenó. No sabía qué aspectos de su magia funcionaban. ¿Y si no ocurría nada? No quería revelar su debilidad actual al señor Darcy ni a Bickerstaffe, quien sin duda enviaba informes diarios a las Patronas.

Hasta que descubriera algo más, Elizabeth tendría que dar su palabra como una mortal normal. No sabían que era la Bibliotecaria, pero su palabra como alguien que trabajaba en la Biblioteca debía contar para algo. —Muy bien. Le concederé una gracia.

—Soy la señora Harriet Brown —dijo la matrona.

—Y yo soy Elizabeth Bennet. Cuando venga a la Biblioteca, puede preguntar por mí.

La señora Brown asintió rápidamente. Su acuerdo estaba sellado.

—Señorita Bennet, ¿qué es lo que desea saber?

—Estoy buscando la entrada al reino de los Fae.

La señora Brown torció la boca. —Era la pregunta que esperaba—. Luego se puso seria. —Aunque debo advertirte. No será fácil encontrar el camino. Desde los extraños acontecimientos meteorológicos del año pasado, la región de los Picos ha cambiado.

—¿En qué sentido?

—Hay una oscuridad en la luz del día, y por la noche el cielo se incendia. Los granjeros hablan de extrañas criaturas raramente vistas en este mundo que surgen para robar ovejas u otros animales. Algunos incluso dicen que el fuego proviene de un gran dragón que vuela sobre el horizonte, exhalando fuego y destrucción, pero no hemos visto tal cosa en nuestros viajes.

Elizabeth no se sorprendió. El año pasado había sido pésimo, con cosechas enteras que fueron arrasadas por las inundaciones y el frío que arruinó los cultivos, sembrando el hambre y la miseria. El año sin verano, lo llamaban. Elizabeth había oído hablar en la Biblioteca de grandes bolas de fuego en el aire y de volcanes que arrojaban humo y oscuridad sobre todo. Los Fae sostenían que ésa era la razón de las extrañas condiciones, pero ¿por qué un volcán iba a causar tal agitación tan lejos? Ella tendría que creer en su palabra, aunque era difícil de creer.

Por supuesto, para la gente común era más fácil explicarlo a través de la sabiduría popular y los cuentos locales. No era de extrañar que hablaran de dragones.

Por ahora, Elizabeth necesitaba algo práctico. —Todo eso está muy bien, pero debe tener una idea de dónde está la entrada.

A Elizabeth le molestaba tener que preguntar, sobre todo cuando el señor Darcy estaba escuchando. La Biblioteca debería haberla guiado.

—Hay una mujer sabia que puede ayudarla. Se dice que es en parte Fae. Su nombre es Ana de las Colinas.

No era un nombre Fae, pero entonces, la mujer sabia era sólo parcialmente Fae. —¿Y dónde puedo encontrarla?

—Sería difícil de explicar, pero conozco a alguien que puede ayudarla. Siga el camino principal desde el pueblo hacia arriba. Al final, se encontrará con un saliente rocoso llamado Stanage Edge que domina el valle de Derwent. Si mira a su alrededor, verá un pequeño sendero para caballos de carga que serpentea hacia abajo. Siga el camino hacia abajo a través de un hueco en la pared de piedra. Allí, a la sombra de la roca, encontrará una cueva. La llaman la Cueva de Robin Hood, pero ahora vive allí un ermitaño. Él le indicará la dirección correcta.

Darcy habló por primera vez. Entonces había estado escuchando cada palabra. —Conozco la cueva. Está a una hora de camino desde aquí. He estado allí varias veces.

—Bien —dijo Elizabeth, aliviada más allá de las palabras de que él estuviera familiarizado con el lugar. Al menos podía confiar en él hasta ese punto. —Entonces partamos inmediatamente.

∫∫∫

Darcy se quedó mirando el paisaje familiar. Normalmente, la imagen de los Picos llenaba su alma de paz, pero hoy no la encontraba. La cabeza le palpitaba como un millar de tambores, y el pecho le apretaba dolorosamente. Tenía miedo de perder a Georgiana y, por absurdo que pareciera en ese momento, tenía miedo de perder a Elizabeth. Desde luego, era más que ridículo pensar así. Ya la había perdido, hacía mucho tiempo, y sólo podía culparse a sí mismo. Fue él quien tomó la decisión de dejarla, y durante mucho tiempo lo había aceptado.

Pero hoy se habían peleado. Las palabras de ella habían sacado a relucir toda la miseria del pasado, revelando las consecuencias de las acciones de él. Elizabeth le había mostrado lo que él había hecho en todos sus repugnantes detalles. Sus palabras lo habían afectado con la fuerza de un golpe. ¡Mejor destruir mi vida que tener una esposa que no sea la mejor!

Era cierto. Era el trato que había hecho, pero que se lo describieran con tanta crudeza lo avergonzaba. En lugar de reconocerlo, él le había respondido con una acusación odiosa. Parece que le va muy bien para alguien cuya vida fue destruida, Su Eminencia. ¡Como si su éxito justificara sus insensibles acciones! No fue gracias a él que ella, sorprendentemente, lograra salir adelante. Ni siquiera se había planteado lo que ella haría, después de haber sido rechazada tanto por él como por las Patronas. El hecho de que se las hubiera arreglado bien sin él demostraba que era una joven extraordinaria.

Lo único en lo que Darcy había pensado fue en su deber para con Pemberley y sus descendientes, un deber que debía incluir casarse con una joven con una magia poderosa. ¿Valía la pena? ¿Realmente el deber le exigía tanto, o había sido tan arrogante que estaba dispuesto a sacrificar a Elizabeth Bennet en el altar por su orgullo?

Bueno, el daño ya estaba hecho, y era inútil desear que fuera de otra manera. No podía culpar a Elizabeth por su amargura y su ira. Sus palabras lo habían golpeado duramente, pero él se merecía cada una de ellas. Lo que había hecho era imperdonable.

No era de extrañar que, desde que salieron de la posada, ella no hubiera cruzado más de media docena de palabras con él, y eso sólo para efectos prácticos. Se había alejado de él por completo, y era notorio que lo evitaba. Ella cabalgaba detrás de él, donde no podía verla, pero él seguía sintiéndola allí, una presencia constante, invadiendo cada uno de sus pensamientos.

No había nada que obtener de todo esto. Desvió su atención de Elizabeth hacia Georgiana. Se preguntó cómo estaría ella. ¿Se estaría hundiendo cada vez más en su mundo de sueños? No tardaría en estar demasiado débil para luchar y el hechizo la asfixiaría. ¿Había sucumbido ya? Sólo de pensarlo, su corazón se contrajo dolorosamente. Si lo peor había sucedido, él lo sabría. Richard estaba con ella. Enviaría un mensaje a través del grifo de Darcy, Hespera. No podía soportar ni siquiera la posibilidad.

Tenía que creer que encontrarían la cueva y harían lo necesario antes de que fuera demasiado tarde. Espoleó a su caballo, avanzando, con los ojos buscando la roca en el horizonte. Había venido a cazar a esta zona con su padre y su tío. Sin embargo, hoy se veía diferente, de alguna manera, y estaban tardando mucho en encontrarla. El sol había salido en lo alto del cielo. Ya deberían haber llegado.

Entonces, finalmente, divisó Stanage Rock, que sobresalía.

—¡Allí! —exclamó Darcy.

Y los alentó a subir hacia ella. Lo siguieron a un paso lento. Ni Elizabeth ni Bickerstaffe podían montar tan bien como Darcy. El camino hacia la cueva del otro lado era empinado y sólo para jinetes diestros. Sería mejor que fuera solo, pero sabía que Elizabeth nunca aceptaría que la dejaran atrás. Y teniendo en cuenta los peligros que habían encontrado antes, no querría dejarla desprotegida.

—Deberíamos detenernos antes de tomar el camino hacia abajo. Tenemos que permitir que los caballos coman y descansen.

Desmontó y extendió la mano para ayudarle a Elizabeth a bajar. La mano de ella ardió en la de él, a pesar de las dos capas de guantes que los separaban. En cuanto su pie tocó el suelo, él retiró la suya, dejando caer la mano a su lado, resistiendo la tentación de comprobar si su guante estaba chamuscado. No había magia en ello. Simplemente, ella tenía ese efecto sobre él, incluso ahora.

Preguntándose si ella había sentido lo mismo, dirigió su mirada hacia Elizabeth mientras ella caminaba hacia el borde y permanecía allí, contemplando el valle, con la parte inferior de su capa ondeando como una vela en la brisa. Se veía hermosa, enmarcada por los rosas del brezo, la piedra gris y las olas de nubes espumosas en un cielo azul.

Habría dado cualquier cosa porque ella se girara y lo mirara, que sus ojos se encontraran, que ella reconociera todo lo que había entre ellos, pero su mirada permanecía fija en el horizonte .

Era inútil añorar el pasado cuando el presente exigía su atención urgente. Georgiana estaba sufriendo mientras él se entretenía con un amor que ya había perdido. Cuanto antes interrogara al ermitaño, antes encontrarían a Anne de las Colinas, y se pondrían en camino hacia los Fae.

—Debemos irnos—. La voz de Darcy sonaba áspera.

Elizabeth parecía sorprendida, sobre todo porque hacía sólo unos minutos que había desmontado, pero se limitó a asentir.

—Sí. No hay tiempo que perder.

Pronto retomaron el camino, y su tensión se alivió. Las piedras repiqueteaban y resbalaban bajo los cascos del caballo mientras subían hacia la saliente, y luego volvían a bajar.

Esperaba encontrar inmediatamente la brecha en la pared de la que había hablado la hechicera, pero aquello les llevó bastante tiempo. Además, una vez atravesado, el camino se volvió traicionero y tuvieron que reducir la velocidad a un ritmo de marcha. Darcy se sentía impaciente, pero no había que apresurarse.  Había llovido durante la noche y las piedras estaban resbaladizas. El viejo camino de caballos de carga estaba desgastado en algunas partes, lo que hacía que sus caballos perdieran el equilibrio. Consideró la posibilidad de desmontar y continuar a pie, pero no sería necesariamente más rápido, y sin duda sería más cansado.

Hacía mucho tiempo que no visitaba la cueva con su tío, y tenía un recuerdo borroso de haber venido por aquí. Su mente en ese momento estaba ocupada con la leyenda de Robin Hood. Estaba lleno de preguntas sobre el escondite del famoso bandido, y estaba entusiasmado con la idea de arrastrarse a través de la estrecha abertura para llegar a la cueva. Había prestado poca atención a los asuntos de su tío con el ermitaño. Su único recuerdo del hombre era que tenía una larga barba marrón que llegaba casi hasta el suelo. Le había recordado a la cola de un caballo.

Finalmente, llegaron a la curva del camino donde estaba la cueva.

—¡Hemos llegado! —exclamó, reconociendo el lugar. Espoleó a su caballo mientras sus ojos buscaban la oscura brecha en la pared rocosa.

Una niebla arremolinada se había instalado en el valle, lo que dificultaba distinguir los rasgos del paisaje, pero una cosa estaba clara.

En el lugar donde estaba la cueva no había más que un montón de lodo, rocas y escombros.

Habían llegado a un punto sin salida.

Continuará…

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