«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 8

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 8

Melanie Rachel

Cansado, polvoriento y con el viento en contra por su apresurado viaje a través del Canal, el general Richard Fitzwilliam entrego su montura a un mozo de Pemberley. Por un momento, se quedó en la entrada, con las manos en la cadera, mirando la gran entrada de Pemberley. Sus puertas permanecían firmemente cerradas.

Había estado en Viena durante los últimos años, ofreciendo consejos que eran rutinariamente ignorados y supervisando la protección de los diplomáticos británicos, en parte de los enemigos de la paz y en parte de sus propios excesos. Casi le hacía añorar sus días de campaña. Casi. Porque sus instintos de soldado estaban siendo aguijoneados en ese momento, y no disfrutaba de la sensación. Las quejas de su familiar lo distrajeron brevemente.

¿Por qué me está tocando este chico? No soy ninguna niña para requerir las riendas.

—No hace falta que uses las riendas —le dijo al mozo sin apartar la vista de las puertas. —Ella te seguirá—. Te llevará a los establos, Maor. Somos invitados aquí. Por favor, intenta ser educada.

Maor no se dejó impresionar. Agitó sus grandes alas y se encabritó un poco sobre sus cascos. ¿Por qué, si todavía tengo que dormir fuera de la casa mientras tú eres bienvenido dentro?

El interior no está construido para hipogrifos, le recordó. No sería cómodo para ti.

¿Y por qué debo preguntarme eso? ¿Por qué las camas blandas, la buena comida y las habitaciones agradables deben ser sólo para los humanos?

Un destello de las alas de Maor rozando los valiosos retratos de las paredes o de sus pezuñas resquebrajando los suelos de mármol hizo gemir a Fitzwilliam. No lo sé. No soy arquitecto ni cocinero.

El hipogrifo olfateó con desdén. Aquí huele a grifo.

¿No huelen mejor que a una horda de políticos borrachos?

Maor refunfuñó pero no respondió. Fitzwilliam se pellizcó el puente de la nariz. Maor, debo ir a ver a Georgiana. ¿Serías tan amable de ir a los establos?

El hipogrifo tarareó con desaprobación. Lo hago por Georgiana. Ella es la mejor de ustedes. 

No pudo discutirlo. Tienes razón.

Maor soltó una carcajada cómplice. Siempre tengo la razón.

Agitó su gran cuerpo un poco más y la silla de montar se deslizó hacia un lado. Quítame esto de encima.

Fitzwilliam suspiró y agarró la silla de montar, quitándola rápidamente y entregándosela al mozo. Le había costado mucho dinero mandar a hacer la silla de montar especial a un maestro artesano casi al final de la guerra peninsular. Había sido un regalo para agradecer a Maor que lo hubiera acogido después de haber pasado por el luto de otros dos familiares caídos en batalla. La silla de montar había sido diseñada para ser hermosa, para apelar al orgullo de Maor, así como ligera y cómoda de llevar, pero su recalcitrante familiar la odiaba de todos modos. Ni siquiera estaba seguro de que a ella le gustara tanto, pero habían sobrevivido juntos a Waterloo. Esa clase de lealtad le daba mucha libertad para ser… ella misma.

—Maor ha corrido y volado mucho en los últimos días para ayudar a la señorita Darcy —le dijo al mozo. —Debes ofrecerle todos los cuidados.

El muchacho asintió vigorosamente. Aquí estaban muy acostumbrados a los grifos. A pesar de los comentarios altaneros de Maor, los hipogrifos no eran tan diferentes. —Por aquí si es tan amable, señorita.

Mientras Maor se alejaba medio volando, medio trotando, detrás del mozo de cuadra, Fitzwilliam volvió a mirar aquellas puertas cerradas. Hacía tiempo que no había estado en Inglaterra, pero en el pasado, cuando llegaba a Pemberley, siempre lo recibía la familia. Sabía que Georgie estaba enferma y que Darcy había salido de viaje para intentar revertir la maldición que le había sido lanzada a ella, pero el hecho de que no hubiera ningún miembro del personal fuera para recibirlo lo hizo reflexionar. —Bueno, no hay nada que hacer —le dijo a nadie en particular, y subió de un salto los escalones exteriores.

Abrió de un tirón las puertas de la entrada, ya que no estaban cerradas con llave. El vestíbulo estaba oscuro y vacío. Cuando sus ojos se adaptaron a la luz más tenue del interior, se centraron en dos lacayos que estaban tumbados al pie de la escalera, con los ojos vidriosos mientras miraban al techo. Fitzwilliam sacó su espada de la vaina y se acercó a prestar ayuda. Estaban vivos, pero no podían moverse. Lo había visto antes, un hechizo de absorción de energía. Pasaría en unas horas. Subió la escalera en silencio. Había más cuerpos en el pasillo, pero no podía detenerse, porque su camino llevaba a las habitaciones de Georgiana y su puerta estaba entreabierta.

 —Galon —oyó que alguien gemía. La voz era dolorosa, demacrada y femenina. Un rayo de reconocimiento lo golpeó con fuerza. Era Georgiana. Se pegó a la pared y echó un vistazo al interior de la habitación, donde una figura masculina de cabello negro azabache se desplomaba en el suelo, con una mano extendida. Había sido golpeado con el mismo hechizo que los demás.

—¿Dónde está? —preguntó un hombre. —Vamos, Georgie, tú sabes dónde lo ha escondido. Dime, amor, dime lo que deseo oír, y todo esto puede terminar.

Si el timbre de voz de Georgiana había sobresaltado a Fitzwilliam, este sonido lo enfureció. Wickham.

¿Quién es Wickham y por qué me interrumpes? Maor estaba enfadada.

Hay un intruso en la habitación de Georgiana. Podía sentir que el disgusto de Maor se desvanecía.

¿Dónde está? No quería que el hipogrifo entrara por la ventana. Todavía no. Deja que averigüe lo que quiere antes de que entres tras él.

No esperes demasiado.

—No —susurró Georgiana con tanto dolor que a él le dolió el corazón. —Nunca.

Wickham se acercó a la cama. —Debes besarme, mi querida, porque vamos a casarnos. Y luego me lo dirás.

Fitzwilliam se deslizó sin hacer ruido en la habitación. Wickham cerró los ojos mientras se inclinaba hacia Georgiana, y Fitzwilliam aprovechó ese momento para deslizar el lado ancho de su espada entre la boca del canalla y la de su prima. Los párpados de Wickham se abrieron de golpe cuando sus labios no tocaron los de Georgiana, sino el frío acero de una espada.

Fitzwilliam deslizó la espada hasta el cuello de Wickham y dio un paso adelante, obligando a Wickham a alejarse de Georgiana. Lo mantuvo allí, con la punta brillando por la magia y presionando ligeramente contra la piel de Wickham. Continuó caminando hacia adelante, obligando a Wickham a escabullirse hacia atrás, hacia una ventana.

—Realmente, Wickham —dijo Fitzwilliam. —Después de todos estos años, ¿todavía no has aprendido que se requiere una invitación adecuada para entrar en la casa de un caballero?

—Georgiana me invitó —respondió Wickham, con las comisuras de la boca levantadas lentamente a pesar de su aparente apuro. —Está perdidamente enamorada de mí, ya lo sabes.

—No —dijo Georgiana, intentando incorporarse y arrastrando las palabras mientras se agitaba en la cama. Fue todo lo que pudo hacer para raspar tres palabras. —Quiere. Galon. Piel—. Su cuerpo cayó sin fuerzas sobre las almohadas.

Fitzwilliam miró sin palabras a Wickham, girando la espada hacia arriba. Una pequeña gota de sangre cayó sobre la espada con un breve crepitar. Maor, ¿hay algún pájaro o caballo o algún tipo de animal esperando en el lado norte de la casa para facilitar una rápida huida? Wickham está buscando la piel del  selkie.

¿Acaso se atreve? Fue casi un aullido de rabia. No había nada más perfectamente calculado para avivar la furia de Maor que el hecho de que los humanos tomaran una pertenencia tan personal de un familiar. Robar la piel de un selkie era una violación del más alto nivel. Hubo un momento de silencio mientras Maor hacía lo que le pedían. Es un pájaro de trueno, dijo por fin. Él nunca había oído hablar de eso.

¿Un qué?

Maor suspiró. Un pájaro de trueno. De las colonias del norte o quizás del Bajo Canadá. Pero no es su familiar, pues no se hablan. El pájaro ha sido hechizado para que obedezca. No me gusta este Wickham.

Tampoco a mí. Fitzwilliam se acercó, presionando el filo de su espada con más firmeza contra el cuello de Wickham. —¿Para qué quieres la piel del selkie, Wickham?

Wickham se encogió de hombros con bastante despreocupación, dada su situación actual. —Quiero venderla. Tengo un poco de problemas de dinero, por así decirlo.

Ah. Su experiencia con Wickham le decía que esto, al menos, era cierto. Debió costarle al hombre una pequeña fortuna para comprar la maldición que le había lanzado a Georgiana, una maldición que no podía permitirse. Sin duda había tenido la intención de utilizar los fondos de Georgiana para pagarla. Sintió un gran orgullo por su prima menor. Ya que al luchar como lo hizo, había puesto a Wickham en una posición peligrosa. Wickham le debía dinero a un creador de maldiciones, pero no tenía los medios para pagar la deuda. Debió ir más allá en el territorio de los dun para comprar un hechizo convincente para el pájaro del trueno y los hechizos de absorción de energía. Como Wickham no había intentado lanzarle tal hechizo, Fitzwilliam supuso que se habían gastado todos. Ahora se añadiría más a lo que Wickham debía, y no había conseguido ningún medio para pagarlo. Eso lo hacía estar desesperado.

Los hombres desesperados pueden ser peligrosos.

Wickham se pondría frenético si se diera cuenta de que la maldición podría romperse sin su ayuda. Contaba con utilizar su temor por la seguridad de Georgiana para poner en jaque a las familias Darcy y Fitzwilliam. Darcy y la nueva Bibliotecaria estaban incluso ahora en camino para destruir la maldición, pero aunque tenía gran fe en las habilidades de Darcy, era posible que ellos también fracasaran. No, no podia atravesar a Wickham como él lo desearía, pero tampoco podía permitir que el villano se marchara.

Sí, jugaría este juego. Fitzwilliam se dirigió a Georgiana. Aunque ella seguía durmiendo, él fingió creer que ella podía oírlo. De hecho, tal vez podía. —¿Debo matarlo, Georgiana?

El canalla sólo sonrió. —Si me matas, perderás a tu preciosa primita para siempre. Porque ella no despertará hasta que yo levante la maldición.

Permitió que un poco de miedo se colara en su respuesta. —Ella se ha convertido en un soldado como yo, y claramente preferiría morir antes que casarse contigo, Wickham. Si lo que busca es dinero…

Wickham levantó las cejas. —Georgiana ya tiene su fortuna. No hay necesidad de convencer a su hermano idiota de que me pague.

Fitzwilliam se rio. Su humor era genuino, no podía evitarlo. —El dinero de Georgiana está tan atado a su favor que un esposo, incluso uno bueno, nunca podría tocarlo. Darcy aprendió bien la lección cuando tú hiciste tu primer intento.

La mirada de Wickham era sagaz, evaluadora. —¿De verdad crees que una vez que nos casemos, ella me lo ocultará? ¿O que Darcy no dará todo lo que tiene para mantenerla a salvo? —Hizo un gesto cuidadoso alrededor de la habitación. —Él tiene más de lo que puede gastar y, sin embargo, siempre me lo ha negado. Su padre me trató como a un hijo, y sé que debe haberme dejado algo más que la posibilidad de la rectoría.

Quiso arremeter, clavar su espada en esta despreciable criatura, en este mentiroso. Wickham había recibido mucho dinero de las arcas de los Darcy, tanto antes como después de la muerte del tío de Fitzwilliam. Tenía razón en que había sido mimado. Darcy siempre se había mantenido en un nivel superior. Sin embargo, eso no significaba que a Wickham se le debiera nada. En lo que respecta a Fitzwilliam, el charlatán ya había recibido demasiado.

Rápidamente le explicó a Maor cuál era la ventana de Georgiana y ella le respondió: ¿La que está justo encima de donde espera el pájaro del trueno? Sí, gracias, has sido de gran ayuda.

Fitzwilliam se negó a mostrar ninguna reacción ante el sarcasmo de su familiar. No quería ofrecer a Wickham la ventaja de observar su enfado. —Si hubieras nacido en la familia Darcy, George, ¿habrías demostrado ser digno del papel de guardián de los grifos, como lo ha hecho Darcy? ¿O te habrías quejado del coste de su mantenimiento y habrías vendido su oro para llenarte los bolsillos?

Wickham levantó la ventana con una mano. ¿Era realmente tan estúpido como para creer que podía huir de la custodia de Fitzwilliam tan fácilmente? Aparentemente, lo era. Fitzwilliam casi puso los ojos en blanco. —Es una caída de tres pisos, Wickham, y has gastado todos tus hechizos—. Realmente, debería encontrar trabajo en el teatro. Pero la mejor manera de conseguir que Wickham se lanzara al paso de Maor era actuar como si no creyera que Wickham lo haría. El idiota se sentó en el alféizar ante la ventana abierta. Balanceó las piernas y se movió para empujarse hacia afuera.

Está saliendo, Maor. Fitzwilliam se inclinó hacia delante y dibujó una X sin sangre en la nuca de Wickham con la magia de la sangre de su espada. La piel se levantó y se frunció en una marca brillante. Wickham aulló y saltó. ¡Ahora, Maor!

El hipogrifo estaba esperando. Está intacto, dijo ella, decepcionada. Sujetó a Wickham con sus garras y se elevó sobre el techo.

Debe permanecer así, por el momento. Pero ha sido marcado como un criminal.

Podría matarlo ahora. Se oyó un chillido desde el exterior.

Por mucho que me guste eso, es un riesgo demasiado grande. Sólo llévalo a un nido.

Maor se rió sombríamente. Con gran placer. Por muy pesados que fueran, la mayoría creía que los nidos de los grifos y los hipogrifos se encontraban en el suelo o en las ramas bajas, y a veces así era. Sin embargo, cuando tenía la oportunidad de anidar, Maor siempre había preferido las ramas más altas. Era pesada, pero sus alas soportaban fácilmente su peso. Wickham no podría moverse sin precipitarse al suelo de abajo. Era el lugar perfecto para él.

El grito de sorpresa y rabia de Wickham mientras lo arrastraban fue un bálsamo para el orgullo de Fitzwilliam, que se permitió una sonrisa, aunque amarga. Era difícil entender los gritos de Wickham, pero Maor estaba allí para descifrar su significado.

Dice que exigirá un pago por el insulto. ¿Podría simplemente volar hasta el mar y dejarlo allí? Tal vez las demás selkies quieran hablar con él.

No. Nos vengaremos cuando Georgiana esté a salvo.

Muy bien.

Me pondré en contacto contigo cuando esté hecho. Fitzwilliam revisó a Galon y lo encontró durmiendo con los ojos bien abiertos, como los demás. Una bandeja había caído al suelo junto al selkie, y un cuenco de caldo se había derramado por el suelo. El general tiró un paño para absorber el líquido. No había nada más que hacer que esperar. Este tipo de hechizos desaparecían en pocas horas. Colocó su espada en la parte superior de otra mesita, con la empuñadura lo suficientemente cerca como para cogerla en un instante si era necesario.

Entonces, por fin, pudo centrar su atención en Georgiana, retirando las mantas para examinarla de pies a cabeza. No parecía haber ninguna magia adicional, pero la maldición latía caliente y fuerte, como una fiebre. Tomó otro paño de la pila de la mesita de noche, lo mojó en la palangana, lo escurrió y se lo puso en la frente. El agua estaría tibia, pero era mejor que nada. —Vamos pequeña —dijo en voz baja, mientras se esforzaba por refrescarla. Georgiana gimió. —Sigue luchando, cariño —dijo él. —Sigue luchando.

Continuará…

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