«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 7

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 7

Abigail Reynolds

Cuando la primera luz de la mañana se coló por la ventana, Elizabeth se despertó con los mismos pensamientos y meditaciones mortificantes que habían cerrado sus ojos. Aún no podía recuperarse de la sorpresa de lo ocurrido, y sus mejillas ardían al recordarlo. Ahí estaba ella, en el catre junto a la chimenea, fingiendo estar dormida en lugar de reconocer que dormir en la misma habitación que Darcy… ¡frente a él! – era imposible.

Y había sido sorprendida en su decepción cuando oyó sus pasos y sintió que sus brazos la rodeaban, levantándola en el aire y llevándola a la cama. Debería haber abierto los ojos y haber exigido saber qué estaba haciendo, pero le pareció más fácil seguir fingiendo que estaba dormida. Sobre todo porque eso significaba que podía disfrutar de la breve sensación de su abrazo, un calor que había esperado no volver a sentir, una cercanía que le llenaba el corazón. ¿Estaba tan mal robar ese momento para sus recuerdos? Aunque sólo fuera Darcy cediendo a sus creencias de caballero de que la dama debe tener la comodidad de la cama.

Y entonces ella había sentido los suaves labios de él contra su frente y el calor de su aliento fluyendo sobre su piel mientras le susurraba: —Duerme bien, Elizabeth.

Aquel beso no podía explicarse como el resultado de unos buenos modales arraigados.

¿Qué significaba? ¿Seguía sintiendo alguna clase de afecto hacia ella?

Todavía podía sentir su tacto, y eso hacía que el calor aumentara en lo más profundo de su ser, haciéndola desear más. Pero no podía ser. Ella era la Bibliotecaria, y eso significaba que nunca podría casarse, aunque él la aceptara, y no había razón para pensar que nada había cambiado en ese sentido. Pero, ¡oh, cómo anhelaba un momento más de cercanía, uno en el que no tuviera que fingir que no estaba enterada!

Se sentó y contempló la forma dormida de Darcy junto a la chimenea. Tal vez era que el hecho de dormir en la misma habitación que hacía que fuera difícil evitar sentir ternura hacia él. O tal vez era el resultado de haber luchado por sus vidas lado a lado.

O tal vez se estaba mintiendo a sí misma. ¿Cómo puede una mujer olvidar a su primer amor?

Pero tenía que recordar que estaba en una misión, no estaba aquí para su placer. ¿Debía despertarlo para que pudieran continuar su viaje? No; la sanadora había dicho que necesitaría descansar. Y ella necesitaba tiempo para reponerse. Recogió tranquilamente su ropa y se escabulló detrás del biombo para ponerse el vestido de día, agradeciendo mentalmente a la sirvienta de la biblioteca que se hubiera preocupado de empacar ropa con cierres en la parte delantera que pudiera ponérselo sin ayuda.

Entonces, su mente rebelde insistió en presentarle una imagen diferente, una en la que Darcy le abrochaba los botones de la espalda del vestido. Una oleada de deseo surgió dentro de ella, la piel se le erizo de deseo al imaginarlo de pie, cerca de ella, con sus diestros dedos moviéndose lentamente por su espina dorsal…

No. No era el momento de permitir que se le metieran en la cabeza fantasías románticas. Y menos con el hombre que ya la había traicionado una vez.

Disciplina. Necesitaba recordar los años que había pasado aprendiendo el autocontrol necesario para mantener el poder del Bibliotecario. Estos momentos libres debían utilizarse para estudiar, para prepararse para su búsqueda. Su tarea era ayudarle a realizar un hechizo, nada más, y debía centrarse en eso. Pero no pudo resistir la tentación de echar un vistazo a su perfil, las líneas cinceladas y suavizadas por el sueño, mientras cargaba su libro de hechizos sobre el escritorio.

Se acomodó en la silla, abrió la tapa y se le cortó la respiración al ver una página completamente vacía. ¿Qué le había pasado? Las decoraciones y las palabras de los hechizos habían desaparecido como si nunca hubieran existido.

Conmocionada, pasó una página tras otra, cada vez más rápido. Todo en blanco. Apretó los ojos y los abrió de nuevo, pero no hubo diferencia.

¡Abraxas! Algo está mal. Todas las palabras han sido borradas de mi libro.

Podía sentir la presencia del grifo en su mente, pero él no dijo nada.

¿Abraxas? ¿Qué ocurre?

El grifo suspiró. Has vaciado el libro. ¿De dónde supones que procedía la energía para tus esfuerzos de rescate?

Respiró con fuerza y sus mejillas se calentaron. La Biblioteca siempre ha sido la fuente de mis hechizos.

Una sensación de pesadez surgió de su familiar. Eso es para la magia imprescindible, como la lucha contra el trol. El uso innecesario de la magia daña a la Biblioteca.

¡Pero era necesario! Estaba herido y necesitaba ayuda.

Podrías haber esperado a que una carreta lo llevara. La cantidad de magia que usaste para transportar a ese hombre podría haber construido una nueva entrada a la Biblioteca o haber salvado una docena de vidas.

Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo puedo arreglarlo? ¿Debo verter mi propia magia en el libro? Podría tardar años en reponerla, pero lo haría.

No es tan sencillo. El libro está destruido, su contenido se ha perdido.

Un libro de hechizos que había existido durante siglos, desaparecido. Para siempre. En su mano. Se le revolvió el estómago.

Sintió la pérdida como si fuera parte de su propio cuerpo. Algo irreemplazable. ¿Y qué pasaba con las implicaciones inmediatas para su búsqueda? No tendría la capacidad de buscar hechizos, ni de conectarse con los antiguos bibliotecarios. ¿Cómo podría continuar sin su apoyo? Y la vida de Georgiana dependía de ello. Entonces, ¿debería volver a la Biblioteca? La derrota tenía un sabor amargo en su lengua.

La Biblioteca te ha asignado tu tarea, debes completarla.

Pero si no puedo acceder a la Biblioteca…

Y debes hacerlo por tu cuenta, sólo con tu propia magia y conocimientos.

Se lamió los labios secos. Hacía años que no trabajaba por su cuenta, e incluso entonces, sólo tenía magia común, esos débiles poderes disponibles para la gente sin familiares. Hasta que no convocó a Abraxas, no pudo utilizar todas sus habilidades, y después de eso tuvo la Biblioteca a su disposición.

Oh, ¡cómo odiaba sentir la desaprobación de Abraxas! No sabía qué más hacer. Tenía miedo de que él no sobreviviera.

Es posible, pero es sólo un hombre. La Biblioteca sirve a todo el mundo humano y a los Fae. No podemos favorecer a un solo individuo.

Pero este individuo había sido muy importante para ella. Ella lo había amado.

No pretendía que Abraxas escuchara ese pensamiento, pero aparentemente lo hizo, y su respuesta fue tajante. ¿Has olvidado lo que te hizo?

Fue como si le echaran un cubo de agua helada en la cabeza. Su cuerpo recordaba por ella, aquel peor día de toda su vida. La mortificación enfermiza y aplastante al salir de su reunión con las Patronas de la Magia, al no haber podido convocar ni siquiera a los débiles familiares que le ofrecieron. Desde el momento en que entró por la puerta, supo que pretendían humillarla. No esperaba que le ofrecieran la clase de criaturas mágicas más elevadas que podría obtener una joven de alta alcurnia, pero ni siquiera había el típico gato o pájaro. No, las Patronas le habían puesto una rata, un viejo tejón, una tortuga con el caparazón marcado y una lombriz de tierra. Una lombriz de tierra. Pero ella se había tragado el insulto, sin tener otra opción, y había hecho todo lo posible por invocar a las criaturas, sin imaginar que fallaría. Después de todo, su magia era fuerte, y sólo había carecido de la oportunidad de reunirse con las Patronas, una oportunidad que su padre le había negado, pero que Darcy había arreglado. Darcy, que primero la había insultado, y luego, después de ver sus habilidades mágicas, la cortejo asiduamente, jurando su amor y prometiendo anunciar su compromiso tan pronto como ella se reuniera con las Patronas.

Después de ese encuentro, no había pensado en nada que la hiciera sentir peor. Excepto que entonces Darcy había aparecido, con esa expresión inexpresiva e inaccesible que todavía la atormentaba en sus sueños. Las frías y crudas palabras habían salido de los mismos labios que la habían besado con tanta ternura aquella misma mañana, diciéndole que el compromiso ya no era posible. Y luego, tras un deseo superficial por su futura felicidad, se había marchado de su vida. Sus palabras de amor, sus tiernas caricias, todo había sido inútil, meras herramientas para conseguir una esposa mágica. Y cuando ella no logró vincularse con un familiar, ella le resultó inútil para él.

Se pasó la mano por la boca, tragando las náuseas que le subían a la garganta. Y había sacrificado su libro mágico por él. ¡Qué tonta era!

¿Te sacrificaste por el bien de él, o por tu orgullo? Abraxas le dio un empujón a su mente.

Abraxas la conocía mejor que nadie en el mundo, incluidas todas sus debilidades, y sus palabras la cortaron como un cristal roto. Enterró la cara entre las manos, con lágrimas calientes que le picaban en la comisura de los ojos.

El grifo tenía razón. Desde que Darcy apareció ante ella en la Biblioteca, no había podido resistirse a restregarle sus nuevos poderes en la cara, a mostrarle su magia al hombre que una vez la había rechazado por no tenerla. Que gratificante había sido ver su expresión de asombro cuando supo que ella lo había transportado mágicamente durante cinco kilómetros. ¡Oh, su orgullo, su maldito y equivocado orgullo!

¿Has pensado siquiera en por qué los atacó el trol? Alguien te tiene como objetivo, y has estado demasiado preocupada por ese hombre como para considerar la importancia de eso.

Se enderezó bruscamente. Eso le hizo ver que había permitido que Darcy la distrajera de sus obligaciones.

—¿Sucede algo? —La voz de Darcy, todavía áspera por el sueño, vino de detrás de ella. La misma voz profunda y resonante que una vez la había tentado, la misma voz que le había roto el corazón cinco años atrás.

Sólo se mostraba amable con ella porque necesitaba de sus poderes de Bibliotecaria, esos mismos poderes que ahora estaban fuera de su alcance. No podía contarle ni su fracaso ni su nueva debilidad.

Parpadeando sus lágrimas, bajó las manos y dijo con su voz más áspera: —Sólo un pequeño dolor de cabeza. Le agradeceré que vuelva a la cama. La sanadora ha dicho que usted debe descansar.

Su sonrisa se desvaneció, para ser sustituida por esa temida mirada vacía. —¿La he ofendido? Sólo pensé en que estuviera más cómoda.

—No permitiré que esta búsqueda se ponga en peligro porque usted no escucha los consejos. Ahora, por favor, discúlpeme. Haré que le envíen el desayuno.

Él extendió su mano. —¡Elizabeth, espera!

La furia le ardió en el pecho y le espetó: —Renunciaste al derecho de usar ese nombre el día que me rechazaste.

Él dio medio paso atrás, como si ella le hubiera abofeteado. —Nunca fue un rechazo hacia ti. Tenía responsabilidades, deberes, que no me dejaban otra opción.

—¡Claro que tenías elección! Pero elegiste tu supuesto deber y el precioso nombre de tu familia por encima de las promesas que me hiciste—. Ella lo vio estremecerse, pero no podía detenerse, no después de tener esta discusión dentro de su cabeza durante cientos de noches sin dormir. —Pero no te costó nada, ¿verdad? Encantar a la crédula campesina con la posibilidad de que pudiera conseguir a un familiar? Siempre podrías marcharte si ella fallaba.

El rostro de Darcy se puso pálido. —No fue así. Cada palabra que te dije era en serio. Pero no podía casarme con una mujer no mágica, por mucho que lo deseara. Siempre lo supe, y nunca te habría cortejado si no hubiera creído con tanta certeza que poseías magia.

—¡Qué hermoso para ti, ser tan absolutamente inocente por todo el daño que me hiciste! ¿Alguna vez pensaste en eso, aunque sea por un momento?

—Todos los días—. Las palabras eran apenas audibles.

Ella no le creyó. —¿Pensaste alguna vez en lo que habría pasado si te casabas conmigo de todos modos? El mundo seguiría girando sobre su eje. Tu riqueza y tus tierras seguirían siendo tuyas. Seguirías siendo recibido por la alta sociedad, aunque algunos se burlaran de tu esposa no mágica. Pero eso sería intolerable, ¿no? Mejor destruir mi vida que tener una esposa que no sea la mejor—. Su voz temblaba, junto con sus manos.

Él se aferró a la cabecera, como si necesitara su apoyo para mantenerse erguido. —Parece que lo estás haciendo notablemente bien para alguien cuya vida fue destruida, Su Eminencia.

—¡No gracias a ti!

Pero ahí estaba; a él no le importaba que ella hubiera sido herida y nada de lo que ella pudiera decir o hacer cambiaría eso. Lo único que a él le importaba eran sus propias necesidades y deseos. No había nada para ella más que completar esta búsqueda y dejarlo atrás. Para siempre.

Sujetando el ahora inútil libro contra su pecho como un escudo, salió furiosa de la habitación, cerrando la puerta de golpe tras ella. No dejó de moverse hasta llegar a la sala común, donde estaría a salvo de la persecución, o al menos de cualquier posibilidad de conversación privada.

A través de su dolor y furia, un pensamiento se hizo evidente. Era una suerte que se le hubieran cortado los poderes de la Biblioteca, o su rabia podría haber hecho que toda la posada quedara encerrada en un gigantesco bloque de hielo.

Nunca, nunca lo perdonaría. O a ella misma, por permitirle acercarse de nuevo.

Continuará…

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