«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 6

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 6

Lari Ann O’Dell

En realidad, el señor Darcy no la besó, y Elizabeth se sintió extrañamente decepcionada. La decepción pasó rápidamente, sustituida por la preocupación cuando el señor Darcy volvió a cerrar los ojos.

Elizabeth oyó el chillido del señor Bickerstaffe al ver a su pupilo desplomado en el suelo de una forma poco elegante. ¡Por supuesto que eligió regresar en el momento en que el peligro ya había pasado!

—¿Que le ha hecho? —exclamó el señor Bickerstaff mientras que casi se caía de su yegua en su intento de llegar al lado del señor Darcy. El hombre la fulmino con la mirada antes de comprobar si Darcy tenía pulso.

Elizabeth sintió punzadas de calor en la punta de los dedos. El hombre no tenía derecho a suponer lo peor de ella. La magia de Elizabeth había salvado al señor Darcy de ser aplastado por el trol.

No podía permitir que su magia se saliera de control. Elizabeth respiró varias veces para calmarse antes de decir: —Necesitará la ayuda de un sanador. Pero primero debemos averiguar cómo trasladarlo de forma segura.

—Parece que Su Eminencia no tiene todas las respuestas —murmuró el señor Bickerstaffe.

Elizabeth reprimió el calor que intentaba acumularse en la punta de sus dedos. Prender fuego al mentor del señor Darcy no ayudaría a la situación. El señor Bickerstaffe no ofreció ninguna solución útil, a pesar de su insistencia en acompañarlos en el viaje con ese mismo propósito. Elizabeth tenía muy poca fe en el juicio de la decisión de las patronas de asignar a este hombre como el mentor del señor Darcy.

¿Abraxas?

Parece preocupada. ¿En qué puedo ayudarle?

El señor Darcy fue herido por el trol. Necesita un sanador, pero no sé cuál es la mejor manera de trasladarlo de forma segura.

Hubo un momento de silencio mientras Elizabeth esperaba la respuesta del grifo. El señor Bickerstaffe no disimulaba su menosprecio hacia ella mientras se movía de un lado a otro del camino.

Elizabeth, puede que ese no sea el mejor uso de la magia de la Biblioteca. Tal vez deba moverlo por medios no mágicos.

Si Elizabeth esperaba, el señor Darcy podría sufrir más daños. Como la Bibliotecaria, estaba obligada por su honor a cumplir con su solicitud. Seguramente podría usar la magia de la Biblioteca para cumplir con su misión.

No podemos esperar, Abraxas.

Si insiste, Su Eminencia. Primero debe inmovilizar su cuerpo. Luego debe usar un encanto de rastreo. Vayan a la aldea más cercana.

Elizabeth asintió con firmeza antes de tirar de varios eslabones en el aire, creando una cadena brillante. La cadena se posó sobre el ancho pecho del señor Darcy antes de desaparecer. Entonces Elizabeth pronunció las palabras del encantamiento flotante y observó con satisfacción cómo la forma del señor Darcy se elevaba un metro en el aire, perfectamente rígida y a salvo de los empujones.

Elizabeth se sintió complacida al ver la expresión de asombro en el rostro del señor Bickerstaffe. —Hay un pueblo comerciante a cinco kilómetros de aquí, Su Eminencia. Llevaré los caballos por delante y buscaré a un curandero, si esto le parece bien.

Finalmente, una idea útil del mentor del señor Darcy. Elizabeth asintió. —Eso estará muy bien, señor Bickerstaffe. Lo mantendré a salvo. No tiene nada que temer.

Si el señor Bickerstaffe no parecía del todo convencido, al menos no protestó mientras regresaba con los caballos.

Elizabeth miró por encima de su hombro, sólo para ver al trol, aún atrapado por su magia de aire.

¿Abraxas?

¿Sí, Elizabeth?

¿Existe un hechizo para devolver a las criaturas a su lugar de origen?

Abraxas le dijo el número de página y Elizabeth abrió el libro que la mantenía conectada a la Gran Biblioteca. Recitó el conjuro y observó con satisfacción cómo el trol desaparecía a través del portal resplandeciente.

En circunstancias normales, una distancia de cinco kilómetros sería trivial para Elizabeth, pero mantener al señor Darcy suspendido en el aire de forma segura era más que agotador. Su ritmo era lento. Sería desastroso que se cansara demasiado y lo dejara caer.

Elizabeth no podía negar la satisfacción que sentía al utilizar la magia para salvar al hombre que la había dejado de lado por su supuesta falta de magia. Nunca debió dudar de ella ni de sus habilidades.

Finalmente, Elizabeth divisó los tejados de varias casas de campo que bordeaban el camino. Más lejos aún, estaba la agradable vista de una posada.

—¡Su Eminencia!

 Elizabeth levantó la vista al oír la voz del señor Bickerstaffe. Lo acompañaba una maga vestida completamente de azul, desde su gorro hasta sus medias botas. Su delantal llevaba una imagen del bastón de Hermes bordada con hilo dorado. Así que el señor Bickerstaffe había encontrado una sanadora. Tal vez después de todo no era del todo un hombre inútil.

Dos muchachos los siguieron, llevando una camilla. Elizabeth levantó el encantamiento y el señor Darcy aterrizó suavemente sobre la camilla.

El interior de la cabaña de la sanadora era sofocante. El espacio estaba dominado por una enorme chimenea que contenía un gran caldero. Las paredes estaban llenas de estantes, cada uno de ellos repleto de docenas de hierbas, pociones, libros y baratijas mágicas. Del caldero salía un humo de dulce aroma, y Elizabeth sintió que su preocupación por el señor Darcy retrocedía hasta los límites de su conciencia.

Ten cuidado, Elizabeth. Puedo sentir los efectos de la magia en tu mente.

El eco de la llamada de Abraxas rompió el efecto del brebaje de la curandera. Observó cómo acomodaba al señor Darcy en una mesa y comenzaba a gesticular y recitar palabras de antiguos hechizos curativos.

Los ojos del señor Bickerstaffe estaban vidriosos y, afortunadamente, la poción de la sanadora había calmado los nervios del hombre.

—Es un truco útil para los de voluntad débil —dijo la sanadora. —O para los que acuden a mí para curar a sus seres queridos y no pueden hacer otra cosa que preocuparse.         

Elizabeth la miró, sorprendida de que se dirigiera a ella.

—Usted, señora, está muy dotada para la magia. Pude percibirlo en cuanto la vi. Y entonces el hombrecillo se dirigió a usted por su título. Dígame, ¿qué asuntos tiene la Bibliotecaria con el señor Darcy de Pemberley?

—Lo estoy ayudando con un asunto.

—Debe de ser algo muy serio —dijo la sanadora. —Los Darcy de Pemberley rara vez se rebajan a pedir ayuda.

—Me sorprende que usted me haya reconocido —comentó Elizabeth. No se había aventurado a menudo fuera de la biblioteca desde que había comenzado su entrenamiento, pero los que no tenían familiares rara vez podían detectar su nuevo poder o estatus. Incluso el señor Darcy no se había dado cuenta al principio de que era la Bibliotecaria.

La sanadora la estudió mientras mezclaba varios frascos de hierbas y brebajes. —Mi madre es Lady Dalrymple. Lo sé todo sobre la Gran Biblioteca, Su Eminencia. Hace años, no logré establecer un vínculo con un familiar. Las Patronas de la Magia declararon que no era apta para mantener mi posición en la sociedad, pero no podían negar que tenía suficiente magia para ayudar a otros. Como era hija de una patrona, no me enviaron a unirme a un grupo de hechiceros. Pero no podía quedarme y ser una mancha negra para mi familia.

—¿Es usted la mayor de las señoritas Carteret? —preguntó Elizabeth con asombro. El fracaso de la hija mayor de Lady Dalrymple era un cuento con moraleja que se utilizaba en el aula para asustar a las jóvenes para que se centraban en el desarrollo de su magia.

La señorita Carteret asintió.  —Mis hermanas menores aún tenían la oportunidad de contraer buenos matrimonios y era poco probable que eso sucediera si me quedaba con ellas. Mi madre me envió a Derbyshire porque nadie me conocía en este condado. He vivido una vida en el anonimato desde que no pude vincularme con un familiar.

Elizabeth podía entender la necesidad de proteger a la familia de uno, pero ser desterrado tan despiadadamente por la propia madre era algo que excedía los límites.

Elizabeth había elegido vivir con sus tíos después de su desastrosa prueba. Sus tíos no tenían hijos, y sus conexiones con el comercio ya los habían marcado como indignos a los ojos de la alta sociedad. No podían caer más bajo por su asociación con Elizabeth.

—Lamento lo que ha sufrido, señorita Carteret. Usted parece estar muy dotada, a pesar de lo que cree su madre. Está claro que el juicio de las patronas no es algo infalible. Yo también fracasé en mi intento de vincularme con un familiar—. Elizabeth dijo esto último con no poca amargura.

La señorita Carteret transfirió su brebaje a un frasco, pareciendo resignada a su destino. —Creo que todos acabamos donde estamos destinados a estar. Las patronas también se equivocaron con usted. Ha llegado más alto que ninguna de ellas, Su Eminencia.

La señorita Carteret inclino el frasco de líquido ambarino hacia la boca del señor Darcy.

Elizabeth lo observó, esperando que ocurriera algo. Una oleada de alivio la invadió cuando el señor Darcy se removió. Sus ojos se abrieron e inmediatamente buscaron los de ella. —¿Elizabeth?

—Aquí estoy, señor Darcy. Se desmayó después de que derrotáramos al trol. Estamos en un pueblo. Esta amable dama lo ha curado—. Elizabeth decidió que era mejor no revelarle la verdadera identidad de la sanadora. La señorita Carteret se merecía tener paz después de todo lo que había soportado a manos de las Patronas.

—Bueno, he hecho lo que he podido. El señor Darcy necesitará descansar. Cualquier búsqueda que estén haciendo tendrá que esperar hasta la mañana. Ha sufrido una pequeña herida en la cabeza, y corre el riesgo de sufrir efectos adversos. Tendrá que vigilarlo de cerca hasta mañana por cualquier signo de mareo, dolor de cabeza o confusión.

La señorita Carteret ayudó al señor Darcy a levantarse de la mesa. Elizabeth sacó una moneda de su bolsillo, pero la curandera negó con la cabeza. —Es un honor para mí ayudar a la Bibliotecaria. Le deseo suerte en su viaje. Haga todo lo que pueda para demostrar su valía.

Elizabeth asintió, aceptando en silencio que haría todo lo posible para demostrar que las patronas estaban equivocadas. Tomo el brazo del señor Darcy, a pesar del sonido de protesta del señor Bickerstaffe.

Cuando salieron de la sofocante casa de campo, el señor Darcy se volvió hacia Elizabeth y le dijo: L—e aseguro que soy perfectamente capaz de reanudar nuestro viaje.

La afirmación fue desmentida cuando se tambaleó bruscamente al intentar montar en su caballo.

Elizabeth negó con la cabeza. ¿Por qué tenía el señor Darcy que ser siempre tan testarudo?

—Usted no será de ninguna ayuda para su hermana si se cae del caballo. Podemos reanudar nuestra búsqueda al amanecer, pero ahora lo mejor será pasar la noche en la posada.

—Señor Darcy, puede que la Bibliotecaria tenga razón —comentó el señor Bickerstaffe, sorprendiéndolos a todos.

El señor Darcy miró de Elizabeth a su mentor, claramente deseando protestar más, pero al final concedió. Elizabeth lo recompensó con una sonrisa y lo tomó del brazo para estabilizar sus pasos.

∫∫∫

Darcy conocía El Grifo y la Gorgona por su reputación. Era un hermoso edificio de piedra con habitaciones confortables y una excelente comida. Sin embargo, era pequeño, con sólo media docena de habitaciones. Cuando entraron en la posada, la sala común estaba abarrotada de una tropa de hechiceros, reconocibles por las insignias de plata prendidas en sus idénticos pañuelos verdes. Las hechiceras, en su mayoría jóvenes damas con algunas chaperonas mayores, estaban rodeadas por una multitud de hombres, jóvenes y viejos.

Darcy atrajo a Elizabeth hacia él, ya que algunos de los clientes parecían ser rudos y bulliciosos. Uno de ellos incluso silbo groseramente al ver a Elizabeth. Darcy la dirigió hacia la barra para hablar con el posadero.

—Necesito tres habitaciones para esta noche —dijo Darcy.

El posadero negó con la cabeza. —Lo siento, señor, pero sólo tengo una habitación disponible en este momento. Ayer nos visitó un grupo de hechiceros. Están atendiendo los pozos y los campos que han sido descuidados desde los problemas del año pasado—. Aunque el posadero apreciaba sin duda el trabajo de los hechiceros, no parecía complacido con la reunión de sus admiradores, que reían y vociferaban jugando a los dados y a las cartas cerca de la hoguera de la sala común.

—Usted y su esposa pueden tomar la habitación tres, y su criado puede dormir en los establos —ofreció el posadero.

Tanto Elizabeth como Bickerstaffe abrieron la boca para protestar. Darcy hizo callar a Bickerstaff con una mirada y le pregunto a Elizabeth: —¿Que dice usted, señora Darcy? Esta puede ser la última posada que encontremos en algún tiempo. Podemos seguir cabalgando si lo desea.

Los ojos de Elizabeth se entrecerraron ante este discurso, pero captó lo que quería decir. O compartían una habitación por la noche, o Darcy ignoraría el consejo de la curandera. La preocupación de ella por él era conmovedora.

—Muy bien, tomaremos la habitación —contestó Elizabeth.

Darcy le pagó al posadero y le pidió que le mostrara la habitación a Elizabeth. Una vez que ella hubo desaparecido por las escaleras, Bickerstaffe dijo: —Señor, no puede compartir la habitación con la Bibliotecaria. Las Patronas estarán muy disgustadas.

—No tienen por qué saberlo. Por lo que cualquiera en este establecimiento sabe, ella es mi esposa. No habrá susurros ni insinuaciones de impropiedad—. Darcy presionó una moneda en la mano de su mentor. —Come bien esta noche antes de retirarte a los establos. No requeriré tus servicios por el resto de la noche.

Cualquier argumento murió en los labios de Bickerstaffe cuando Darcy se dio la vuelta y subió las escaleras. El hombre era agotador. Darcy ya no era un muchacho inexperto. No necesitaba que alguien le dijera lo que tenía que hacer en cada momento.

En cuanto a compartir la habitación con Elizabeth, fue una decisión tomada únicamente por razones de practicidad. Aunque le había dado mucho placer referirse a Elizabeth como su esposa, el ardid era sólo para preservar sus reputaciones. No podía haber ningún futuro entre ellos, pero Darcy disfrutaría de este tiempo que pasaría con ella. A pesar del ataque del trol, de la desalentadora búsqueda que tenían por delante y de su entorpecedor mentor, desde que se había reunido con Elizabeth, Darcy por fin se sentía completo de nuevo.

Darcy abrió la puerta y se encontró a Elizabeth sentada frente a la pequeña mesa de tocador situada en un rincón. Estaba estudiando su reflejo y no parecía haber notado su entrada. Darcy se tomó un momento para apreciar su aspecto. Sus hermosos rizos estaban despeinados, y algunos de ellos se salían del cuidadoso arreglo que había llevado antes de su encuentro con el trol. No era la primera vez que Darcy deseaba pasar los dedos por ellos, como había hecho cinco años atrás.

Darcy se apoyó en el marco de la puerta, sin querer sobresaltarla pronunciando su nombre. Elizabeth se giró al escuchar el sonido, y sus finos labios formaron una cautelosa sonrisa. —Ah, señor Darcy, ¿o debo llamarlo William debido a nuestro estado civil? —Su tono era ligero y burlón, pero había una dureza en sus finos ojos.

—Me disculpo por la treta. Era la única manera de evitar preguntas incómodas —respondió Darcy. Lo que menos quería era molestar a Elizabeth. Estarían en compañía uno del otro por lo menos durante los próximos días.

—Fue una historia sensata —aceptó Elizabeth. —La Bibliotecaria no siempre es conocida en los pequeños pueblos del campo. No querría que ningún indicio de escándalo afectara a mi familia.

—Así como yo tampoco desearía perjudicar a Georgiana más de lo que ya lo he hecho —dijo Darcy.

Elizabeth lo observó, con una extraña expresión en su hermoso rostro. Darcy no había querido expresar la culpa que había estado albergando. La enfermedad de Georgiana era tanto culpa suya como de Wickham.

—Señor Darcy, lo que le ocurrió a su hermana no fue culpa suya.

No era nada que no hubiera escuchado antes de la propia Georgiana, pero Darcy lo sabía mejor. Si hubiera mantenido a Georgiana en casa, donde debía estar, en lugar de permitirle surcar los mares, jamás habría estado expuesta a Wickham. Así se lo confesó a Elizabeth, deseando secretamente que ella le reafirmara que su culpa estaba justificada.

Sin embargo, Elizabeth rara vez hacía lo que él deseaba.  —Señor Darcy, créame, el señor Wickham habría buscado a su hermana allá donde fuera. No puede protegerla de todo. Es una mujer adulta con su propio familiar.

—Soy su hermano. Siempre será mi deber protegerla —dijo Darcy.

—Georgiana es muy afortunada de tenerlo como hermano. Como Bibliotecaria que puedo recurrir a siglos de experiencias pasadas, es raro ver que alguien haga una petición con intenciones tan puras. Tendremos éxito en nuestra búsqueda para encontrar su cura.

Darcy sólo podía esperar que Elizabeth estuviera en lo cierto.

∫∫∫

—¿Se encuentra bien, señor Darcy? ¿Le duele la cabeza?

            El reloj de la chimenea acababa de dar las siete. El señor Darcy no había experimentado ninguno de los síntomas que la curandera le había advertido. O si lo había hecho, no los había confesado, por miedo a parecer débil. ¡Hombre testarudo!

—Estoy bien. Podríamos haber cabalgado más lejos —dijo el señor Darcy.

—Usted puede ser arrogante con su propia salud —dijo Elizabeth —, pero yo no—. Elizabeth no quería insistir en los sentimientos que le había provocado el haberlo visto siendo atacado por el troll. Ella era la Bibliotecaria. Una vez que terminara esta búsqueda, cada uno tomaría caminos distintos.

—Le agradezco que se preocupe por mi seguridad —comentó él —, pero estoy lo suficientemente bien.

—¿Lo suficientemente bien como para acompañarme abajo a cenar? —preguntó Elizabeth. Estaba deseando salir de esta habitación y tal vez estirar las piernas con el aire fresco de la noche.

—No creo que sea prudente. La posada está llena de hechiceros y sus admiradores. La magia y la bebida no se mezclan bien.

Elizabeth se limitó a reír. No le molestaba la presencia de las hechiceras, aunque podía entender que el señor Darcy las desaprobara. Después de todo, cada hechicera era una joven con un poder mágico insuficiente para impresionar a las patronas de la magia. —Vamos, señor Darcy, ¿quiere que pasemos toda la noche solos en la alcoba? ¿Dónde está su sentido de la aventura? Le prometo que podemos retirarnos temprano si la gente se vuelve demasiado ruidosa.

En los felices meses de su cortejo, el señor Darcy nunca había podido rechazarla. Se sintió complacida cuando él consintió en unirse a ella en el salón de la taberna. Ella lo tomó del brazo.

El fuego ardía alegremente en el hogar. La taberna seguía llena de gente, pero el señor Darcy y Elizabeth consiguieron encontrar dos lugares en una mesa del rincón. El señor Darcy fue a comprar su comida y Elizabeth observó con interés los juegos de las hechiceras. Era extraño pensar que ese podría haber sido su destino si no se hubiera convertido en la Bibliotecaria.

Las jóvenes jugaban a las charadas y utilizaban todo tipo de hechizos sencillos para transmitir la palabra o la frase elegida. Las chaperonas se sentaban en los bordes de la multitud, lanzando miradas austeras a cualquiera de los hombres que se atreviera a acercarse demasiado a sus protegidas. Una mujer de cabello áspero incluso golpeó con su abanico a un patán borracho que intentó besar la mano de una chica pelirroja no mayor que Lydia.

A Elizabeth le hizo mucha gracia que un par de jugadoras representaran a Don Quijote y su lucha contra los molinos de viento. Una de las hechiceras movía los brazos con rapidez, con ráfagas de viento que brotaban de las yemas de los dedos, mientras su compañera conjuraba una espada e imitaba la carga de un corcel.

Las jugadoras se inclinaron, con sus insignias de plata brillando a la luz de las velas. Parecían bastante complacidas con su suerte en la vida, pero Elizabeth estaba agradecida por haber sido elegida por la Gran Biblioteca.

El señor Darcy apareció cuando las hechiceras comenzaron una nueva ronda de charadas, con dos jarras en la mano. Elizabeth levantó una ceja.

—Es sólo una cerveza pequeña —comentó el señor Darcy. —Debemos empezar temprano por la mañana.

Elizabeth asintió. Hablaron de asuntos insignificantes mientras esperaban que el posadero apareciera con la comida. Elizabeth nunca había comido tan bien en una posada. Supuso que el señor Darcy estaba acostumbrado a los mejores establecimientos. Después de la cena, Elizabeth le dijo: —¿Me acompañará a dar un paseo por High Street?

—Por supuesto —dijo el señor Darcy, ofreciendo galantemente su brazo. Caminaron por la calle durante varios minutos en agradable silencio, antes de que el señor Darcy hablara por fin. —Gracias por salvarme esta mañana. Sin su intervención, no creo que hubiera sobrevivido al encuentro.

—No necesita darme las gracias. Me he comprometido a ayudarlo en esta búsqueda. No hace falta decir que haré todo lo que pueda para mantenerlo a salvo —dijo Elizabeth.

—Su magia fue muy impresionante, pero ¿es su compromiso como Bibliotecaria la única razón?

Elizabeth apartó la mirada por un momento. Una vez había amado a ese hombre. A pesar de que la había rechazado, siempre ocuparía un lugar en su corazón. Quería que tuviera una vida larga y feliz, aunque tuviera que ser sin ella.

—No deseo que le hagan daño —dijo finalmente Elizabeth. —También haré todo lo que pueda para protegerlo, incluso sin el juramento que hice en la biblioteca. Usted debe saberlo.

La expresión del señor Darcy era genuina, pero Elizabeth sólo podía pensar en cómo él había renunciado a su derecho a protegerla cuando la había dejado de lado. Incluso después de todos estos años, su abandono seguía doliendo. Durante su formación, había hecho todo lo posible por enterrar esos sentimientos en lo más profundo, pero ahora que se veía obligada a estar de nuevo en su compañía, resaltaba todo lo que había echado de menos.

—Elizabeth, ¿está usted bien?

Habían detenido su avance, y el señor Darcy la miraba con preocupación.

—Estoy perfectamente bien, pero deberíamos retirarnos. Como ha dicho, tenemos que empezar temprano—. Era mejor mentir que decir la verdad sobre unos sentimientos que no llegarían a nada.

El señor Darcy parecía tener algo más que decir, pero se limitó a asentir y la acompañó de vuelta a la posada.

No la siguió inmediatamente a la habitación, para darle privacidad para sus atenciones nocturnas.

¿Abraxas?

Aquí estoy. ¿Cómo van las cosas?

No sé si tengo la fuerza para tratar al señor Darcy como un conocido imparcial en este viaje. ¿Qué pasará si permito que nuestra historia me distraiga de nuestra búsqueda?

No eres de piedra, querida. La búsqueda que estás emprendiendo está destinada a desterrar el dolor y la tristeza de la señorita Darcy. Permite que haga lo mismo por ti.

 Fue un consejo sensato, pero más fácil de decir que de hacer.

 Todo saldrá bien, Elizabeth. Tienes el valor y la fuerza de una Bibliotecaria. No hay nada que no puedas hacer.

Gracias, Abraxas.

Cuando el señor Darcy volviera a la habitación, ella lo miraría con cortés ecuanimidad.

∫∫∫

—¿Qué está haciendo? —Cuando Darcy entró en la habitación, fue para encontrar a Elizabeth descansando sobre un saco de dormir toscamente construido ante el fuego.

—Es necesario que descanse, señor Darcy. Pasar la noche en el suelo no favorece una curación adecuada —dijo Elizabeth, con un tono casual, casi deferente.

—Eso es una tontería. Sería poco caballeroso por mi parte obligarla a dormir en el suelo —dijo Darcy.

—No soy una persona delicada, señor Darcy. Puedo pasar una noche en el suelo sin romperme —afirmó Elizabeth. Su expresión era decidida, y Darcy sospechó que no se dejaría vencer.

—Muy bien, pero usted ocupará la cama si volvemos a encontrarnos en esta situación.

—Tenemos un acuerdo —dijo Elizabeth.

Darcy se fue detrás del biombo y se quitó el abrigo, el cravat y las botas. Bickerstaffe se pondría furioso con él por haber revuelto su ropa, pero no podía dormir sólo con la camisa, como estaba acostumbrado. La valija que había empacado no era muy grande, ya que tenían que viajar livianos por necesidad.

Cuando Darcy se acomodó en la cama, sus ojos se posaron en Elizabeth. Antes no se había percatado de ello, pero ella se había soltado el cabello y lo había atado en una descuidada trenza, pero algunos de los rizos ya se habían liberado. Su camisón era modesto, pero Darcy pudo ver el contorno de sus torneadas piernas mientras estaba acurrucada frente al fuego.

Buenas noches, Elizabeth dijo él mientras agitaba la mano y apagaba la media docena de velas que había en la habitación.

Buenas noches, señor Darcy respondió Elizabeth.

Pero el sueño no le resultó fácil a Darcy. Su mente traicionera seguía evocando imágenes de Elizabeth en la cama a su lado, suave y cálida en el círculo de sus brazos. Si no hubiera seguido el consejo de las patronas hace tantos años, Elizabeth sería ahora su esposa.

Por fin, el reloj dio la medianoche. Elizabeth estaba profundamente dormida, y Darcy no estaba cerca del sueño. Se levantó de la cama y cruzó la habitación. Elizabeth debería tener la cama. Él dormiría en el suelo. Con cuidado, la tomó en brazos y la llevó de vuelta a la cama. Ella no se movió mientras él le ponía la ropa de cama por encima de su forma dormida.       

Contra toda razón, Darcy presionó sus labios contra la frente de ella. Duerme bien, Elizabeth.

Continuará…

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