«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 5

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 5

Victoria Kincaid

Tan sólo habían cabalgado unos metros cuando Darcy oyó el sonido de unos cascos tras ellos. Le hizo una señal a Elizabeth para que frenara su caballo y se dio la vuelta para saber quién los seguía. Era Bickerstaffe, montado en una de las yeguas más placidas de Pemberley.

Darcy frunció el ceño al hombre. —¿Qué es lo que quiere?

Bickerstaffe hizo un gesto de sentirse ofendido. —Voy a acompañarlos, por supuesto. Ustedes no puedes embarcarse en una búsqueda mágica sin mi ayuda.

Darcy rechinó los dientes. No había ninguna posibilidad de que la presencia de Bickerstaffe hiciera más agradable el viaje.

Elizabeth miro al hombre con escepticismo. —¿Qué valor aportará usted a nuestra misión?

Bickerstaffe se irguió. —Fui elegido específicamente por las patronas para guiar al señor Darcy. Creo que eso habla muy bien de mi competencia, señorita Bennet.

Ella le dirigió una mirada férrea. —Puede llamarme Su Eminencia.

Darcy sintió una pizca de la helada que lo había envuelto en la biblioteca.

—Por supuesto —murmuró Bickerstaffe. —Su Eminencia.

Darcy retomó el interrogatorio. —¿Como cree que puedes ser de ayuda? ¿Tiene conocimientos particulares sobre los Fae?

Bickerstaffe refunfuñó indignado, pero finalmente negó con la cabeza. —Esa no es mi área de experiencia. Las patronas no sabían que se necesitaría ese tipo de conocimientos para esta misión.

—Entonces, ¿proporcionará habilidades mágicas en particular? —preguntó Elizabeth con una ceja alzada.

Bickerstaffe parpadeó rápidamente, y Darcy se permitió sonreír. Aunque era un conocedor de la magia, no solía hacer magia de verdad. Darcy sospechaba desde hace tiempo que los talentos mágicos del hombre eran limitados, y por eso lo habían asignado como mentor y no como mago practicante.

—Tengo un talento especial para localizar fuentes de agua —dijo finalmente Bickerstaffe. «En un viaje largo siempre es importante encontrar fuentes de agua—. Al notar la expresión escéptica de Elizabeth, cerró los ojos como si estuviera concentrado y luego los abrió, señalando triunfalmente a su derecha. —¡Allí mismo podemos encontrar agua!

Elizabeth y Darcy giraron la cabeza. Efectivamente, había un pequeño charco de barro al borde del camino. Darcy ahogó una carcajada y Elizabeth levantó la comisura de los labios. —Realmente estaríamos perdidos sin usted —dijo ella. —¿Posee usted algún otro talento?

—Creo que con eso es suficiente—. Él levantó la barbilla. —Por supuesto, también soy el mentor del señor Darcy; no debería ir a ninguna parte sin mí. Y usted y el señor Darcy no pueden viajar juntos sin hacer un daño irreparable a su reputación.

¡Maldición! Bickerstaffe realmente tenía razón en algo. En medio de su preocupación por Georgiana y el alivio de tener por fin alguna esperanza de encontrar una cura, Darcy había olvidado por completo la impropiedad de viajar con una mujer soltera.

—Soy la Bibliotecaria, señor —señaló Elizabeth con brusquedad. —Nuestra reputación es siempre irreprochable y nunca nos casamos.

Fue como un puñetazo en el estómago. ¿Los bibliotecarios nunca se casaban? Darcy no lo había sabido. Por supuesto, eso no importaba; ella nunca se casaría con él. Pero le molestaba la imagen de ella estando sola por el resto de su vida.

—Pero seguro que cualquier escándalo que se produzca en su nombre recaerá sobre su familia —dijo Bickerstaffe con voz astuta e insinuante.

Elizabeth frunció el ceño.

—Bickerstaffe tiene razón —admitió Darcy con un suspiro. —Tener un mentor en el viaje ayudará a evitar cualquier indicio de impropiedad y le dará mayor legitimidad al viaje.

—Muy bien—. Sacudiendo la cabeza, Elizabeth volvió a dirigir su caballo hacia el camino. Darcy la siguió, sin molestarse en ver si Bickerstaffe podía seguirle el ritmo.

∫∫∫

Caminaron en silencio durante casi una hora. Los músculos de Elizabeth ya protestaban por estar desacostumbrada a la actividad, pero no quiso reconocer su malestar ante el señor Darcy. Finalmente, él acercó su caballo al de Elizabeth. —Debo confesar que tengo mucha curiosidad por saber cómo llegó usted a ser la Bibliotecaria… si es que está dispuesta a compartir la historia.

—Los bibliotecarios no suelen dar esa información a los forasteros —dijo ella.

Él se estremeció ante la frialdad de sus palabras, pero luego volvió a hablar. —Si la Biblioteca insistió en que me acompañara, entonces seguramente se deduce que este misterio o su solución están relacionados con esa institución.

Elizabeth se quedó mirando el camino ante ellos. Sus palabras tenían sentido, pero esa lógica chocaba con su deseo de no darle ninguna satisfacción. Aun así, se había comprometido a ser civilizada con el hombre.

Miró detrás de ellos al señor Bickerstaffe, que los seguía demasiado de cerca en un camino que sólo permitía el paso de dos caballos. Los observaba con ávida curiosidad, sin pretender siquiera no escuchar.

Elizabeth levantó la mano para esbozar palabras mágicas en el aire. Éstas brillaron de un azul espeluznante durante unos segundos antes de deshacerse como pequeños trozos de confeti, llevados por el viento para revolotear alrededor del señor Bickerstaffe y su caballo. Como objeto del hechizo, el confeti era invisible para él, pero el señor Darcy lo observaba con gran interés.

El caballo del señor Bickerstaffe redujo inmediatamente su ritmo y pronto se quedó varios metros por detrás de los demás.

Cuando ella se giró hacia delante en la silla de montar, el señor Darcy preguntó: —¿Qué fue lo que hizo?

—Animé a su caballo a ir más despacio para que el señor Bickerstaffe no pueda escuchar nuestra conversación—. De hecho, ella podía oír como el hombre murmuraba alternativamente para sí mismo y le gritaba a su caballo que fuera más rápido.

—¿Significa eso que tiene intención de responder a mi pregunta?

—Sí. Sin embargo, debo advertirle que lo que le contaré no es de dominio público y pondría en peligro a la Biblioteca si se conoce ampliamente. Como tal, está obligado por el juramento que hizo.

El señor Darcy asintió. —Proceda, Su Eminencia.

Elizabeth suspiró. La primera vez que se había dirigido a ella con ese título, había sido emocionante. Pero ahora le parecía ligeramente ridículo. —No insisto en que mis amigos usen el título honorífico.

Él alzó una ceja. —¿Somos amigos, señorita Bennet?

¿Estaba coqueteando? Bueno, difícilmente eso importaba. —Espero que al menos podamos ser cordiales uno con el otro —respondió ella en un tono apaciguador. —Ya que tengo la intención de contarle algunos de los secretos de la Biblioteca.

Él le hizo un gesto para que continuara.

Dado que el señor Darcy había jugado un papel involuntario en la historia, Elizabeth esperaba evitar tener que decírselo. Pero él podría necesitar la información. —Yo… me sorprendí cuando no pude invocar a un familiar durante el ritual de las patronas.

—Recuerdo su reacción —comentó el señor Darcy. Ella se sorprendió al ver simpatía en lugar de desprecio en sus ojos.

—Hay un fuerte linaje mágico en ambos lados de mi familia. Mi padre convocó a un familiar de anguila terrestre.

—Sí—. El hombre se las arregló para no hacer una mueca, pero estuvo a punto de hacerlo. Elizabeth no podía culparlo; una anguila de tierra era una de las variedades menos… atractivas de familiares.

—Demostré tener aptitudes mágicas, y mi familia siempre supuso que invocaría un familiar si lo intentaba. Todavía no entiendo por qué el ritual falló—. Se alegró de que su voz no flaqueara. Incluso ahora, cuando su capacidad mágica había quedado definitivamente demostrada, el recuerdo seguía teniendo el poder de herirla. En un solo día había perdido tanto al hombre con el que había planeado casarse como el futuro mágico que había imaginado para sí misma.

Durante semanas, levantarse de la cama por la mañana le había parecido un ejercicio inútil. La comida había perdido todo su sabor y apenas se animó a hablar con su familia. Por la noche, había sollozado hasta quedarse dormida. No se lo diría al señor Darcy, pero no podía olvidarlo.

—Unos meses después del ritual, fui en busca de respuestas—. Su familia, su padre y Jane en particular, se había preocupado bastante por ella. Elizabeth sospechaba ahora que simplemente esperaban que los viajes curaran su melancolía. —Mis tíos Gardiner me llevaron en su carruaje a Land’s End, en Cornualles.

Los ojos del señor Darcy se abrieron de par en par. —¿Conoció al oráculo de los Fae?

—Sí. Por supuesto, no sabíamos si me concedería una audiencia, pero mi tío había hablado con ella antes. Ella me había estado esperando, lo que nos sorprendió en ese momento. Pero es un oráculo—. Le dedicó una sonrisa irónica. —Me dijo que efectivamente tenía magia, una magia poderosa. Aunque no pudo decirme por qué había fallado el ritual familiar, dijo que mi destino era ser la Bibliotecaria.

—¿Ellos no le dieron opción? —La expresión del señor Darcy era de horror.

—No quise insinuar tal cosa —explico Elizabeth apresuradamente. —Me dieron un día para decidir elegir entre la Biblioteca o volver a Longbourn para seguir viviendo como lo había hecho.

El señor Darcy la miró atentamente. —¿Consideró la posibilidad de negarse?

¿Tenía él alguna idea de cómo su rechazo había influido en su decisión? —Por supuesto —respondió ella. —Sabía que el entrenamiento requeriría muchos años lejos de mi familia, y los amo mucho—. Apartó un acostumbrado sentimiento de melancolía. —Pero no podía rechazar semejante oportunidad para aprender. Usted sabe cómo me gustan los libros. La idea de cuidar un edificio entero lleno de libros era bastante atractiva.

—¿Y conoce qué criterios utilizaron los Fae para elegirla a usted para este honor? —preguntó el señor Darcy.

—No del todo. Sé que el puesto requiere de un humano que sea capaz de vincularse con Abraxas, y son pocos los magos que pueden convocar a los grifos.

—Entonces, ¿por qué no pudo convocar a un familiar durante el ritual? —Sus palabras estallaron casi con rabia.

—No lo sé, señor Darcy —respondió ella con bastante frialdad. —Puedo asegurarle que me esforcé al máximo.

—Por supuesto —dijo él apresuradamente. —No pretendía insinuar lo contrario.

Elizabeth no estaba segura de haber creído su negación. Ciertamente, él había parecido culparla a ella inmediatamente después del fracaso del ritual.

Permanecieron en un tenso silencio durante un minuto más. Entonces él preguntó: —¿Qué ocurrió después de que aceptara el puesto de Bibliotecaria?

—Abraxas me llevó volando a la Biblioteca, donde comenzó mi entrenamiento—. Su primer vuelo en grifo había sido bastante abrumador, pues le preocupaba saber si había tomado la decisión correcta.

—Es fascinante—. El rostro del señor Darcy se iluminó de asombro. —¿En qué consistió el entrenamiento?

—Ah, eso no puedo revelarlo.

—Debo decir que lo considero muy injusto, ahora que ha despertado mi curiosidad—. La sombra de una sonrisa jugó en los labios de él. ¿Se estaba burlando de ella? Ella estuvo a punto de devolverle la sonrisa antes de recordar que se trataba del hombre que le había roto el corazón.

—¿He respondido a su pregunta de forma satisfactoria? —Mantuvo su tono frío.

La suave máscara se posó de nuevo sobre sus rasgos. —Sí, se lo agradezco.

Elizabeth le dedicó una cortante inclinación de cabeza y animó a su caballo a un trote lo suficientemente rápido como para dejarlo atrás.

∫∫∫

La cocinera de Pemberley había preparado un pequeño almuerzo, que comieron bajo la sombra de un árbol junto al camino. Elizabeth hablaba cordialmente con Darcy y Bickerstaffe sobre el tiempo y el estado de los caminos. Pero la amabilidad que Darcy había vislumbrado momentáneamente mientras ella contaba su historia no volvió. Darcy no pudo evitar lamentar esa perdida. Sabía que era imposible que reanudaran su romance, pero esperaba al menos ser su amigo. Por otro lado, no estaba seguro de ser digno de su amistad. Quizás lo mejor sería tratar con ella de forma distante y desinteresada.

Por la tarde, sus pensamientos se centraron en dónde pasarían la noche. Recordó una posada adecuada, pero era pequeña. Si era visitada por muchos viajeros, tal vez no tendrían tres habitaciones disponibles y Darcy se vería obligado a compartir una habitación con Bickerstaffe. Aunque el hombre se estaba haciendo pasar por el sirviente de Darcy; tal vez este podría enviarlo a dormir al establo.

Sus pensamientos acababan de girar en torno a la enfermedad de Georgiana cuando sintió una oleada de magia en el camino delante de ellos.

Elizabeth frenó su caballo con la misma brusquedad que él. —¿Percibió algo? —le preguntó.

Ella asintió con seriedad. —Alguien ha usado la magia muy cerca de donde estamos.

—No percibí nada —dijo Bickerstaffe con cierta beligerancia.

—Fue bastante sutil —afirmó Darcy, mirando al frente con ansiedad. Sólo podían ver unos metros más adelante antes de que una curva del camino les impidiera ver más allá.

Bickerstaffe se puso tieso. —Puedo detectar magias sutiles. Fui elegido especialmente para esta tarea por las Damas Patronas.

Darcy lo calló cuando escuchó un golpe sordo proveniente de la curva. Y luego otro. Algo bastante grande caminaba en su dirección. Darcy miró a su alrededor, pero los campos de papas se alineaban a ambos lados del camino y no ofrecían ningún tipo de ocultamiento.

Un ruido sordo. Plas. Plas. El ritmo de las pisadas iba en aumento. Darcy juró que podía sentir vibraciones en el suelo.

—¿Qu-Qué es lo que se aproxima? —La voz de Bickerstaffe tembló.

—Debe ser alguna variedad de criatura mágica —respondió Elizabeth. —Creo que ha sido una oleada de magia de un portal: una puerta se ha abierto y ha traído algo en las cercanías.

—¿Qué clase de criatura cree que es? —preguntó Bickerstaffe. —¿Un b-brownie quizás? ¿O un gnomo?

Plas. Plas. Los árboles vibraron con la fuerza de los pasos que se acercaban.

Darcy miró al hombre de reojo. —¿Acaso eso suena como un gnomo?

—¿Cree que nos está buscando? —preguntó Bickerstaffe.

Darcy mantuvo los ojos fijos en el camino. —Me imagino que nos persigue a mí y a la señorita Bennet, ya que ésta es nuestra búsqueda.

Bickerstaffe se agitó en su silla de montar y miró hacia atrás por encima del hombro. —Tal vez debería… —Sin previo aviso, hizo girar su montura y galopó de regreso por el camino.

—Vaya mentor —murmuró Darcy.

Ahora los pasos que retumbaban eran más bien choques. Lo que fuera que se acercaba era enorme y sería visible en unos segundos. Darcy colocó su caballo al otro lado del camino, frente a Elizabeth.

Ella puso los ojos en blanco. —¡No estoy indefensa!

—He sido entrenado en magia de combate. Dudo que formara parte de su entrenamiento, a menos que pretenda golpear a la criatura con un libro.

Antes de que Elizabeth pudiera replicar, un gran árbol fue arrancado del lado del camino y arrojado al campo de papas. Fue entonces cuando Darcy vislumbró la criatura a la que se enfrentaban.

Un trol.

∫∫∫

Elizabeth se armó de valor cuando el trol apareció a la vista. Medía más de dos metros y era muy ancho. El pelo negro y desgreñado colgaba sobre una frente inclinada. No llevaba más que una piel de animal alrededor de la cintura y Elizabeth tuvo que reprimir el impulso de apartar los ojos ante su inmodestia.

El señor Darcy se movió primero, dibujando símbolos arcanos en el aire. Al instante se convirtieron en llamas azules y flotaron hacia la criatura, formando un círculo de fuego a su alrededor.

—Eso estuvo muy bien —dijo Elizabeth, genuinamente impresionada.

Al momento siguiente, el trol se paseó por el anillo de fuego como si fuera un círculo de margaritas. —¡Maldición! —maldijo el señor Darcy. —¡Elizabeth, debes huir! —gritó sin apartar los ojos de la criatura.

—¡Puedo ayudar!

—¡La magia de los Fae no servirá de nada aquí!

Elizabeth apretó los dientes contra una réplica agria. ¿Qué sabía él de la magia de los Fae? Pero no era el momento de discutir.

Mientras el trol se acercaba a ellos, pensó en qué tipo de hechizos podrían ser eficaces. La magia Fae no estaba diseñada para el combate, pero sin duda algunos hechizos podrían adaptarse. Tal vez la magia de aire; los bibliotecarios recibían un amplio entrenamiento en hechizos de aire.

Extrayendo energía del entorno, Elizabeth reunió un viento de fuerza mayor y lo lanzó hacia el trol. La ráfaga arrojó a la criatura al camino a varios metros de distancia.

El señor Darcy jadeó. —¿Eso fue magia de aire? Nunca he visto nada igual.

—Es la esencia misma de los hechizos fae.

El trol rugió mientras se levantaba y corría hacia ellos. Elizabeth envió otra ráfaga de viento hacia él, pero sólo frenó el avance de la criatura. Dejó que el viento se extinguiera y pensó en el siguiente hechizo.

Los caballos ponían los ojos en blanco de miedo mientras el trol se acercaba. Elizabeth tuvo que luchar para evitar que su montura saliera disparada.

—¡Debes irte! La magia de aire no es eficaz contra la criatura —gritó el señor Darcy.

Elizabeth se negó a señalar que sus hechizos habían sido igualmente ineficaces. —No te dejare solo —dijo con los dientes apretados.

Pudo sentir al señor Darcy reuniendo magia para otro ataque. El siguiente hechizo no lo lanzó contra el trol, sino contra la tierra a sus pies. Inmediatamente se convirtió en arenas movedizas, absorbiendo los enormes pies de la criatura en los agujeros que se abrieron bajo ellos. Esto detuvo su impulso hacia adelante, haciendo que el monstruo rugiera su frustración.

Elizabeth respiró aliviada. Con suerte, la tierra retendría a la criatura lo suficiente como para permitirles escapar.

Pero antes de que pudiera sugerir tal cosa, el trol lanzó un fuerte grito, más ensordecedor que cien campanas de iglesia, y sacó primero uno y luego otro pie de la tierra que lo confinaba, dejando tras de sí inmensos cráteres en el camino. Antes de que Elizabeth pudiera reaccionar, el trol se abalanzó hacia delante con una velocidad inesperada y agarró al señor Darcy por el cuello, tirándolo del caballo.

El trol sostuvo sin esfuerzo al hombre con un brazo, ejerciendo presión sobre su cuello, mientras el señor Darcy gesticulaba horriblemente, retorciendo su cuerpo y agarrándose a la enorme mano de la criatura. Elizabeth sintió un nauseabundo revolcón en el estómago. Podía estar enfadada con el señor Darcy, pero no deseaba su muerte. ¿Por cuánto tiempo podría sobrevivir si se le privaba de aire?

Su mente se paralizó, ahogándose ante la magnitud de la situación. ¿Qué hechizos podrían ser efectivos contra semejante adversario? Si al menos pudiera pedir ayuda. Entonces recordó que había podido comunicarse con su familiar incluso en Pemberley.

¡Abrax! Gritó ella.

¿Elizabeth? La ansiedad tiñó su voz mental, sin duda un reflejo de su pánico. ¿Cómo puedo ayudarte?

En lugar de perder el tiempo en una larga explicación, envió una imagen mental del trol sosteniendo al señor Darcy en alto. ¿Qué hechizos funcionan contra los trols? preguntó.

Abraxas hizo una pausa de un segundo, que a Elizabeth le pareció una eternidad. Son inmunes a la mayoría de la magia, dijo finalmente. Pero puedes intentar darle forma al aire o endurecerlo. A veces son eficaces.

A Elizabeth no le gustó cómo sonaba eso de “a veces”, pero no había nada más que pudiera probar. Esbozó los símbolos de un rápido hechizo para moldear el aire y lo lanzó contra el trol. Tal y como había previsto, el hechizo arrancó al señor Darcy de las garras del trol y lo impulsó suavemente hacia el suelo. Al mismo tiempo, golpeó al trol con la fuerza de un mazo. Un mazo muy grande.

La criatura salió despedida hacia el camino. Antes de que pudiera recuperarse, Elizabeth ordenó que el aire se endureciera a su alrededor, creando una caja invisible que, sin embargo, era extremadamente fuerte. El trol rugió de frustración y golpeó con los puños la parte superior de su jaula invisible, pero no pudo ni siquiera levantarse para sentarse.

¡Funcionó! le dijo a Abraxas.

Gracias al cielo. Elizabeth quería derrumbarse de alivio, pero el señor Darcy necesitaba de su ayuda. Corrió a su lado. Tenía los ojos cerrados, pero su pecho subía y bajaba con una respiración superficial. Se le estaban formando moretones de color púrpura en el cuello. Cayendo de rodillas en la tierra del camino, se inclinó sobre él.

—¿Señor Darcy? ¿Está usted bien? ¿Puede oírme? —Al no recibir respuesta, le quitó el cabello de la frente. —¡Por favor, háblame! ¿William? —El miedo le apretó el corazón con fuerza. ¡Él no podía morir en este camino rural desierto!

Si sólo conociera la magia curativa. Las lágrimas brotaron de sus ojos. No quería verlo morir.

Justo cuando estaba a punto de invocar de nuevo a Abraxas, los párpados del señor Darcy se abrieron y sus ojos se centraron en ella. Ella había olvidado su profundo color cobalto, un tono diferente a todos los que había visto.

—Elizabeth… —murmuró él mientras alargaba la mano y le rozaba la mejilla con las yemas de los dedos. Se le cortó la respiración. —Elizabeth, me has salvado.

Sus ojos se fijaron en los labios de ella. ¿Estaba a punto de besarla?

Continuará…

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