«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 4

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 4

Sarah Courtney

El señor Darcy la miraba fijamente, con la boca abierta. Era una expresión divertida en un hombre tan solemne y serio.

—Tengo mis propias razones —dijo ella con sencillez.

Si tan sólo lo fueran.

En el momento en que ella había leído aquellas fatídicas palabras, “Dos dicen las palabras que los Fae conocen”, había sentido que la Biblioteca la empujaba. Había terminado el poema antes de cuestionarlo. En respuesta, la Biblioteca le había recordado a Elizabeth del Mabinogion, concretamente el cuento Culhwch y Olwen. Cerró los ojos, dejando que los recuerdos de otros bibliotecarios la llenaran de conocimiento. Sí, ahora conocía la historia.

Elizabeth abrió los ojos, desconcertada. Estaba muy acostumbrada a descifrar los pensamientos de la Biblioteca por los libros que esta sugería, pero este todavía la dejaba perpleja. ¿Acaso se refería a que el señor Darcy tendría que realizar una serie de tareas aparentemente imposibles, como había tenido que hacer Culhwch? Perdida en su contemplación, apenas había oído la pregunta del señor Darcy mientras ella se dirigía a la biblioteca.

Esta vez la biblioteca le respondió con exasperación y otra historia de Arturo, Yvain, el Caballero del León. Y la incitó a recordar a la sierva, Lunete, que le ayudó en su tarea. Esta vez, lo entendió. Y deseó no haberlo hecho.

La Biblioteca quería que ella fuera a la búsqueda con el señor Darcy. No. No, esa era una idea horrible. No podía viajar durante días a solas con el señor Darcy. ¡No podía!

—Pero me necesitan aquí —le había recordado ella en silencio. Acababa de terminar su formación y la Biblioteca no llevaba mucho tiempo abierta. Podría haber muchas personas que desearan buscar su ayuda.

Había sentido la profunda risa de la Biblioteca. La Biblioteca le recordó entonces su libro más antiguo, el Evangelio de San Cuthbert, seguido inmediatamente por Sobre la historia de la Gran Biblioteca. Su mensaje era claro. La Biblioteca había sobrevivido mucho antes que ella y sobreviviría mucho después de ella. Y por alguna razón, quería que ella hiciera este viaje.

—¿Se encuentra bien? —había preguntado por fin el señor Darcy, y ella había logrado asentir temblorosamente antes de continuar su conversación. No pudo resistirse a retener la información de que ella también vendría en el viaje hasta el último momento. Puede que se dijera a sí misma que era para irritar al señor Darcy, pero en realidad no podía evitar esperar que la Biblioteca cambiara de opinión.

No fue así, y ahora estaba caminando con el señor Darcy hacia la puerta principal de la Biblioteca. A pesar de todos sus viajes con la Biblioteca a tierras cercanas y lejanas, ella siempre había estado al cuidado de la Biblioteca. Pero ahora la dejaría atrás para ir en una búsqueda con el único hombre con el que anhelaba y temía estar sola.

El tiempo que pasó en la Biblioteca fue bueno para ella. Había aprendido mucho. Y la propia Biblioteca se había convertido en un amigo, casi un familiar.

Abraxas. ¿Él iba a acompañarla?

Pero no, por supuesto que no. El poema había sido muy claro en cuanto a que los familiares no podían viajar para buscar la cura.

Además, dijo Abraxas con una sonrisa que ella casi pudo oír, me necesitan aquí para proteger la Gran Biblioteca en tu ausencia.

Elizabeth enarcó una ceja. No se había dado cuenta de que él se quedaría en la propia Biblioteca.

¿La custodiarás? preguntó.

Alguien debe hacerlo.

—Debo hacer los preparativos para un viaje —dijo Elizabeth, pensando alocadamente. Necesitaría, como mínimo, ropa. Tal vez la gente del señor Darcy pudiera suministrarle la comida y otras cosas que necesitarían.

Elizabeth llamó a varios de los asistentes y los puso a trabajar. Tenía mucho que organizar y debía hacerlo rápidamente. Envió un mensaje a su doncella, Price, para que empacara sus cosas y las llevara a la entrada de la Biblioteca.

Abraxas vigilaría la Biblioteca en su ausencia y podría llamarla si había alguna petición urgente. La mayoría de las búsquedas podían esperar hasta su regreso, pero habló con los empleados sobre la información que debía obtener de los solicitantes. Lord Elkins podía esperar a hablar con ella sobre su investigación hasta su regreso, pero tendría a varios de los suyos recopilando información para él mientras ella estaba fuera.

Finalmente, Price apareció con una gran bolsa y Elizabeth supo que había llegado la hora. No podía dejar que su malestar por dejar la Biblioteca les retrasara la salida. Asintió al señor Darcy. Ya era la hora.

—Señorita Bennet —dijo el señor Darcy cuando llegaron a la puerta. Le tendía el brazo y, por un momento, ella lo miró confundida. Por supuesto. Quería ofrecerle su brazo. Llevaba tanto tiempo aquí que casi se había olvidado de ese detalle.

Antes de que pudiera tomarlo, sintió que la Biblioteca le daba un codazo.

—Un momento, por favor —dijo ella.

La Biblioteca le recordó de nuevo Sobre la historia de la Gran Biblioteca. Frunció el ceño, sin comprender. Volvió a invocar los recuerdos de los antiguos bibliotecarios y su mente se llenó de los detalles del libro. Sin embargo, seguía sin entender lo que la Biblioteca quería decirle.

Con impaciencia, la Biblioteca le acercó el libro y una representación mágica apareció ante ella. Pero antes de que pudiera abrirlo, el libro fantasmal se cerró y se apretó contra su pecho.

Elizabeth sonrió. Quería que se llevara el libro. Muy bien.

—Travinius —llamó. El Fae se apresuró a acercarse y ella le indicó que fuera a buscar el libro.

—Parece que llevaremos al menos un libro en nuestro viaje —le dijo al señor Darcy.

El libro pronto estuvo en la mano y luego en su equipaje, y Elizabeth ya no pudo aplazar el momento. Iba del brazo del señor Darcy, la puerta se abrió y estaba al aire libre.

Elizabeth entornó los ojos bajo el sol y se maravilló con las vistas y los sonidos de la ajetreada calle, arrugando la nariz por el olor.

Cuando la eligieron como la Bibliotecaria, hacía casi tres años, la Biblioteca había insistido en llevarla a conocer el mundo, especialmente sus libros. Cada mañana, una de las muchas puertas de la Biblioteca se abría a una nueva tierra. Esta puerta llevaba a Roma, aquella a Constantinopla, pero mañana ésta podría llevarla a Tenochtitlan y aquélla a Cuzco. Algunos de los lugares que se abrían no estaban en el mundo ordinario, sino en lugares donde sólo vagaban los Fae, los pegasos y los dragones.

Por suerte, la Biblioteca también había comprendido su necesidad de tranquilidad y de dar largos paseos. Había una puerta que siempre conducía a un sendero suave entre un prado y un bosque, y ella era libre de salir por esa puerta cuando necesitaba sentir el sol en la cara y el aire fresco. Por supuesto, a veces el camino estaba en Escocia, a veces en China, y a veces en el Alto Canadá, pero siempre era un lugar seguro y tranquilo para pasear.

Sólo había un lugar al que las puertas nunca llevaban: a Inglaterra. No hasta que la Biblioteca considerara que su formación estaba completa y le permitiera declarar abierta la Gran Biblioteca.

Un toque en el brazo sacó a Elizabeth de sus pensamientos. El señor Darcy puso su brazo sobre el suyo, y ella respiró profundamente permitiendo que el señor Darcy la guiara hacia la acera. Se había sentido muy perdida después de que él la había abandonado. Bueno, al principio se había perdido. Luego, había estado furiosa.

Sabía, absolutamente sabía, que tenía una magia lo suficientemente poderosa como para vincularse con un familiar, lo suficientemente poderosa como para ser la esposa del señor Darcy. No podía explicar cómo lo había sabido, pero podía sentir el profundo pozo de magia dentro de ella y lo sabía con certeza. Tenía que haber una explicación.

Nunca había encontrado la explicación, exactamente, pero había demostrado que todos estaban equivocados. La Biblioteca la había elegido, se había vinculado con Abraxas, y había encontrado un nuevo propósito en la vida después de que sus primeros sueños le fueran arrancados.

Como Bibliotecaria, se había consumido de emoción por su maravillosa conexión con Abraxas, la Gran Biblioteca en sí, los libros que constantemente le lanzaba, y el mundo que había abierto a sus pies. No la había alejado del todo de la miseria que humedecía su almohada por la noche, pero se había permitido volver a encontrar la alegría.

Hubo un gran batir de alas cuando el grifo familiar del señor Darcy descendió frente a ellos. Hespera seguía siendo tan hermosa como siempre. Elizabeth recordó con diversión la opinión que Abraxas tenía de ella y se preguntó, fugazmente, si alguna vez la había visto volar. Su aterrizaje fue una belleza.

¿Haciendola de casamentera? preguntó Abraxas, divertido en su voz mental.

Fue un pensamiento ocioso, respondió Elizabeth.

La profunda risa de Abraxas reverberó a lo largo de su familiar conexión. ¿No es un dicho humano? ¿Las manos ociosas son el taller del diablo? Quizás también se aplique a los pensamientos, ¿no lo crees?

La sonrisa de Elizabeth se desvaneció cuando el señor Darcy le hizo un gesto para que subiera.

—No podemos —dijo ella, sorprendida de que el señor Darcy lo hubiera olvidado tan pronto.

—Sólo volaremos hasta Pemberley. Debo ver a mi hermana antes de continuar.

Elizabeth asintió pensativa. —Por supuesto. Y creo que mi lectura ha servido para algo más. Puedo hacer algo que ayudará a que la salud de Georgiana se mantenga un poco más de tiempo. O, mejor dicho, usted lo hará.

—¿Yo?

—Sí. Porque usted ama a su hermana. Los mejores antídotos para las pociones de amor que salen mal deben ser creados con amor.

Ella hizo una reverencia al grifo. ¿Te acuerdas de mí? preguntó. Soy la señorita Elizabeth Bennet, la Bibliotecaria.

Por supuesto que me acuerdo de usted, aunque entonces no era la Bibliotecaria. Hespera ladeó la cabeza, con un aspecto desconcertantemente parecido al de una gallina por un momento. Es usted bienvenida a cabalgar con nosotros, Su Eminencia.

El señor Darcy le tendió la mano a Elizabeth y ella le permitió que la subiera al lomo del grifo. No había brida ni silla de montar, y Elizabeth recordó de repente su primer y único, terrible y aterrador paseo a lomos de un grifo, cuando la Gran Biblioteca la había reclamado como suya y había enviado a Abraxas a buscarla. Respiró profundamente y trató de calmar su acelerado corazón.

Él subió detrás de ella y Hespera se lanzó al aire.

Elizabeth se aferró a Hespera mientras el grifo se elevaba, ganando altura rápidamente. El señor Darcy la rodeó mientras se aferraba al grifo, con toda la propiedad literalmente perdida por el viento.

Cuando Hespera se niveló finalmente, Elizabeth pudo incorporarse un poco y flexionar sus rígidos y doloridos dedos. No sirvió de nada. Todavía podía sentir al señor Darcy apretado contra ella, toda su frente contra su espalda. Estaba caliente, y ella podía sentir cómo se movían los músculos bajo la camisa cuando él cambiaba su forma de sujetar a Hespera. Entonces, él no había cambiado tanto durante los años que estuvieron separados. ¿Lo había hecho ella?

Elizabeth bajó la cabeza contra las plumas de Hespera, ya que el sol seguía siendo demasiado brillante.

¿La echaba de menos, a la Elizabeth Bennet que había conocido una vez? ¿La joven a la que le gustaba caminar kilómetros todos los días? ¿La que se burlaba de su orgullo y arrogancia? ¿La que tomaba un libro sólo porque sospechaba que el grupo estaba jugando a las cartas?

Ya no era esa Elizabeth Bennet. Había sido destrozada y hecha de nuevo. Aquella Elizabeth Bennet había desaparecido.

La velocidad de Hespera era extraordinaria. Era aterrador. El campo, las aldeas, los pueblos e incluso las ciudades pasaban a una velocidad inimaginable, pero lo único que podía hacer Elizabeth era sujetarse.

Parecía interminable, pero no pudo pasar más de una hora antes de que Hespera empezara a descender. Y allí estaba.

Pemberley.

La hermosa mansión de piedra gris se alzaba orgullosa en la distancia. Elizabeth ya podía ver el pequeño estanque frente a la casa. Hespera se abalanzó justo por encima de los árboles antes de aterrizar limpiamente en el terreno que precedía a la casa.

El señor Darcy desmontó primero. Se volvió para ofrecerle una mano a Elizabeth. Ella tragó saliva y la aceptó, como había hecho el último día que estuvieron juntos.

Pero ahora tenía que pensar en Georgiana. No podía quedarse perdida en sus recuerdos.

Una mujer salió de Pemberley, prácticamente retorciéndose las manos al ver al señor Darcy.

—¡Señora Reynolds! —El señor Darcy atrajo a Elizabeth a su lado. —Señorita Bennet, esta es la señora Reynolds, el ama de llaves de Pemberley. Señora Reynolds, la señorita Bennet es la Bibliotecaria de la Gran Biblioteca.

—Su Eminencia —dijo la señora Reynolds mientras hacía una reverencia.

La señora mayor se volvió hacia su amo. —No esperábamos que volviera tan pronto. Estaba viendo a la señorita Georgiana.

—Por supuesto. Gracias por cuidar de mi hermana con tanta diligencia. ¿Cómo está ella?

Su rostro se desplomó. —No muy bien, señor. Duerme la mayor parte del tiempo, pero parece casi delirar en su descanso.

El señor Darcy inclinó la cabeza. —La señorita Bennet ha sugerido un remedio temporal que podría aliviar un poco los síntomas de Georgiana mientras viajamos para encontrar la cura.

—Necesitaremos hojas de ortiga, grosellas rojas y grosellas espinosas —dijo Elizabeth a la señora Reynolds. —El señor Darcy tendrá que hervirlas en…

—¡El señor Darcy, preparando el té! Oh, Dios, querida, espero que no piense que no estoy dispuesta a preparar un té especial para la joven.

—Me temo que eso no bastará, aunque le agradezco su ayuda—. Elizabeth aceptó el brazo del señor Darcy mientras se apresuraban a entrar en el salón, mientras la señora Reynolds los seguía ansiosamente. —Tiene que ser el señor Darcy quien prepare el té. Él aportará el ingrediente más crucial.

El ama de llaves parecía desconcertada, pero estaba claramente acostumbrada a tratar con las excentricidades de la magia.

Mientras los guiaba hacia las cocinas, la señora Reynolds les aseguró que Georgiana estaba durmiendo, por lo que optaron por esperar a que el té estuviera listo antes de ir a verla. Necesitarían que se mantuviera despierta el tiempo suficiente para beber el té.

La infusión fue sorprendentemente fácil de hacer, incluso en las inexpertas manos del señor Darcy, que probablemente se vieron obstaculizadas por las tres mujeres que lo observaban trabajar y le ofrecían instrucciones. Una vez que estuvo listo, se dispusieron a visitar a Georgiana.

Su habitación estaba a oscuras, con las cortinas corridas para evitar que entrara la mayor cantidad de luz posible. El fuego se había atizado al máximo y la habitación estaba muy caliente.

Georgiana daba vueltas en la cama. Pero cuando el señor Darcy puso el té en las manos de Elizabeth y se apresuró a ir al lado de la enferma, llamándola urgentemente, sus ojos se abrieron de golpe.

—¡Fitz! —exclamó. Se esforzó por sentarse en la cama y a Elizabeth le dolió el corazón al verla tan débil. El señor Darcy tuvo que acomodar la almohada y ayudarla a incorporarse.

Estaba delgada y pálida, pero les dirigió a ambos una mirada de agradecimiento mientras aceptaba el trago y lo bebía obedientemente.

Era un placer ver al señor Darcy siendo tan amable con su hermana. Le habló en voz baja, contándole sobre su búsqueda para encontrar la cura y asegurándole que regresarían rápidamente.

Georgiana dirigió sus ojos sombríos hacia Elizabeth. —¿Puedo…? ¿Puedo hablar con la señorita Elizabeth, por favor, hermano? ¿A solas?

El señor Darcy se puso rígido. —¿La señorita Elizabeth?

Georgiana asintió lentamente.

Él miró de Georgiana a Elizabeth, con un rostro ilegible. Luego se puso de pie y salió rápidamente.

Georgiana suspiró. —No era mi intención herirlo —dijo en voz baja. —Es sólo que… hay algunas cosas que no se pueden decir delante de un hermano.

Elizabeth se sentó con cautela en una silla junto a la cama.

—Estaba muy enfadada con él, ¿sabe? —susurró Georgiana. —Cuando él terminó su relación. Pensé. . . Pensé que usted iba a ser mi hermana.

—Yo también lo pensé—. Elizabeth le tomó la mano.

Georgiana tosió. —Será mejor que no malgaste mis palabras. Es tan difícil mantenerse despierta estos días, pero debe saber que lo intento. Lo intento desesperadamente. Mis sueños… —Miró sus manos entrelazadas. —Mis sueños son tan aterradores.

Elizabeth asintió con la cabeza, aunque le dolía el corazón por la joven. Los sueños de la Palabra Escocesa eran notoriamente aterradores.

—Él viene a mí en mis sueños—. Las palabras de Georgiana eran apenas audibles. —A veces estamos paseando por la playa de Ramsgate. A veces estamos de compras juntos, o bailando. Y siempre, siempre, estoy cayendo en sus encantos. Dice las cosas más dulces y románticas, o a veces… —Su voz vaciló. —A veces también cosas seductoras, pero siempre estoy intrigada, deseosa de más.

Elizabeth apretó su mano.

—Pero siempre hay algo—. Georgiana le devolvió el apretón, su leve sonrisa le dio esperanzas a Elizabeth. —No sé cómo describirlo, pero su tono suena un poco apagado, como si recitara sus palabras de memoria o distraído o simplemente insincero. O se toca el cabello de cierta manera. Y en cuanto lo hace, me acuerdo del verdadero señor Wickham y de la clase de hombre que realmente es.

—Ese es el momento en que luchas para liberarte del hechizo —adivinó Elizabeth.

Georgiana levantó un hombro delgado. —Y entonces se convierte en una pesadilla. Su rostro se transforma en algo que no puedo describir. Y me agarra, me aprieta. A veces me besa, pero no se trata de amor sino de poder. Es aterrador. Y es entonces cuando me despierto.

Elizabeth se inclinó para abrazarla y Georgiana se inclinó hacia ella. —No puedo decírselo a mi hermano. Nunca volvería a mirarme de la misma manera. Pero ¿qué puedo hacer? No puedo controlar mis sueños.

—No son tus sueños, no del todo. La Palabra Escocesa influye en tus pensamientos y recuerdos para engañarte con su falso amor. Y creo que te equivocas con tu hermano. Él te ama, y sabe del error que cometiste. Pero fue hace años, cuando no eras más que una niña. No es tu culpa que esa poción intente explotar esos sentimientos que tuviste brevemente por ese canalla.

Georgiana bajó los brazos y se recostó contra la almohada. Su respiración era superficial.

—No puedo permanecer despierta mucho más tiempo—. Su voz se quebró. —¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo estar segura de que no me rendiré? No puedo controlar mis sueños.

La Biblioteca le dio un codazo a Elizabeth, trayéndole a la memoria un libro que había leído una vez sobre cómo controlar los pensamientos cuando se desviaban indebidamente. En aquel momento, había relegado el libro por ser tan aburrido como los sermones de Fordyce, pero tal vez hubiera algo de utilidad allí.

—Puede que no seas capaz de controlar bien los sueños —dijo lentamente —, pero durante tus horas de vigilia, tal vez puedas pensar en las cosas que el señor Wickham ha hecho para mostrarte su verdadera cara. Recuerda sus mentiras expuestas, la revelación de sus propensiones viciosas, la crueldad que le mostró al señor Darcy. Todo lo que se te ocurra. La señora Reynolds puede que tenga historias que contarte.

La joven asintió, con los ojos entrecerrados. —¿Crees que eso hará que esas cosas vengan más fácilmente a la mente cuando esté a punto de sucumbir?

Elizabeth se encogió de hombros. —La Biblioteca cree que eso puede ayudar. Y espero que también lo haga el brebaje que te preparó tu hermano.

Se le ocurrió de repente que la Biblioteca se había comunicado con ella a pesar de los kilómetros que los separaban. ¿Siempre era capaz de hacer esas cosas?

Su bolso se sintió repentinamente cálido a su lado. Era el libro. ¿Quizás, como la historia de la Biblioteca, estaba de alguna manera conectada con ella? Sería un consuelo si pudiera llevar consigo la seguridad y la experiencia de la Biblioteca.

Y a mí, dijo otra voz.

¡Abraxas! lo llamó aliviada. No sabía que podías comunicarte a tanta distancia.

Yo vigilaré la Biblioteca, y la Biblioteca te asistirá, señaló con firmeza.

Los ojos de Georgiana se cerraron, pero de repente se abrieron y alargó la mano para agarrar la muñeca de Elizabeth. —¡Espera, tengo que decírtelo! —dijo, con las palabras arrastradas por el sueño.

—¿Sí?

—George… es decir el señor Wickham—. Georgiana se detuvo para toser. —Se pasa la mano por el cabello.

Elizabeth frunció el ceño. A menudo había visto a los caballeros hacer ese mismo movimiento, incluso al propio señor Darcy. A menudo revelaba su nerviosismo.

—O cuando está al aire libre y lleva un sombrero, se pasa los dedos por el ala—. Georgiana le dedicó a Elizabeth una sonrisa deprimida. —Me he dado cuenta de que sólo lo hace cuando está mintiendo.

Elizabeth se incorporó. —¿De verdad?

Georgiana giró la cabeza hacia un lado. —Siempre cuando miente—. Suspiró y sus ojos se cerraron.

Muy poco tiempo. Georgiana tenía tan poco tiempo para estar despierta entre sueños que se convertían en pesadillas y la atrapaban en un juego interminable para evitar la seducción. Elizabeth y el señor Darcy tenían tan poco tiempo para encontrar la cueva de los Fare y regresar con el elixir antes de que Georgiana perdiera finalmente su batalla contra el señor Wickham.

Sólo podía rezar para que el té la ayudara. Según el libro que había encontrado, evitaba que la víctima cayera tan profundamente en sus sueños. Eso debería ayudar a Georgiana a recordar quién era el señor Wickham… eso esperaba.

Elizabeth abrió la puerta y casi se topó con el señor Darcy.

—Mis disculpas, señorita Bennet—. Se inclinó. —Volvía para informarle de que mi jefe de cuadra tendrá los caballos preparados para nosotros mañana por la mañana.

Elizabeth se mordió el labio. —No suelo considerarme una amazona—. Tampoco había salido de la Biblioteca en los últimos cuatro años, hasta hoy.

Él le dirigió una mirada de simpatía. —Me temo que no veo otra opción. Ya sabe que no podemos llevar a Hespera, ya que el propio poema prohíbe a los familiares. Un carruaje tardará mucho más, y no podrá recorrer la ruta más directa, ni el tramo final.

Elizabeth asintió de mala gana.

La cena de esa noche fue tranquila. Georgiana seguía durmiendo, aunque la señora Reynolds prometió vigilarla. El señor Darcy había dispuesto que una joven viniera desde Lambton para quedarse con Georgiana, ya que la señora Reynolds tenía otras responsabilidades que no podía ignorar.

Se levantaron temprano para poder estar en camino justo después del amanecer. Elizabeth se apresuró a bajar al patio del establo y se detuvo al ver al señor Darcy junto a su caballo.

Estaba de espaldas a ella mientras ajustaba algo en la alforja, y ella se dio cuenta, alarmada, de que era una pistola.

Se le enfrió la sangre. ¿Esperaba problemas en la ruta?

—Estoy listo —dijo el señor Darcy, dándose la vuelta. Subió a Elizabeth a su silla de montar y luego monto su propio caballo.

Se aseguró de que su propia alforja contenía el libro de la Biblioteca. Si la Biblioteca les estaba ofreciendo ayuda en su camino, sería una tontería no aceptarla.

El señor Darcy tomó la delantera y los ojos de Elizabeth se dirigieron a sus alforjas. Tragó saliva.

¿Dónde estaba el señor Wickham? ¿Sabía él que el señor Darcy había ido a la Biblioteca? ¿Estaba en condiciones de verlos partir en su búsqueda?

Debía haber viajado al mismo sitio para crear la Palabra Escocesa. ¿Sabía que ellos tendrían que hacer lo mismo para conseguir la cura? Y si así era… ¿hasta dónde podría llegar para impedirlo?

Continuará…

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