«El señor Darcy y la biblioteca encantada» Capítulo 2

El señor Darcy y la biblioteca encantada

Monica Fairview, Sarah Courtney, Victoria Kincaid, Lari Ann O’Dell, Melanie Rachel y Abigail Reynolds

Traducido al español por Cristina Huelsz

Traducción hecha sin fines de lucro y con permiso de las autoras

Capítulo 2

Monica Fairview

La voz de Abraxas, el grifo de la Biblioteca, rozó la mente de Elizabeth. Tenemos un nuevo visitante. Un humano. Parece perdido.

Elizabeth suspiró. Eso significaba que tendría que abandonar su investigación durante la tarde.

¿Le pido que vuelva mañana?

No. Déjalo entrar.

De mala gana, dejó el libro que iba a leer y comenzó a bajar la escalera.

—Buenas tardes, señorita. Me pregunto si podría ayudarme…

No había duda del timbre ronco de esa voz. Había rondado sus sueños. Elizabeth no había esperado volver a oírla. Seguramente él no podía estar aquí, en la Biblioteca.

Ella se giró rápidamente para asegurarse de que era él, y su pie perdió el agarre en el peldaño de la escalera. Cayó hacia abajo, agitando los brazos. El instinto se impuso y la joven recurrió a la magia para detener el descenso. Se formó un colchón de aire debajo de ella, que la sostuvo y la mantuvo firme mientras recuperaba el equilibrio con cuidado.

Se sintió como una tonta por haber reaccionado con tanta fuerza, pero al menos su dignidad estaba intacta. Con los pies firmemente plantados en el escalón de madera, Elizabeth pudo centrar su atención en su visitante. El hombre -el señor Fitzwilliam Darcy- estaba de pie bajo la escalera, con los brazos extendidos. Había formado una alfombra flotante de plumas, estrechamente agrupadas para amortiguar su caída.

Ella lo miró con incredulidad. ¿De verdad creía que una bibliotecaria no tendría suficiente magia para protegerse? ¿Que necesitaría de su ayuda? ¿No había límite para su arrogancia? Estaba claro que él no había cambiado en absoluto.

Elizabeth se puso a pensar y esperó a que él reconociera el poder mágico de ella, pero él no mostró ninguna señal de ello. La alarma en su rostro simplemente se desvaneció y su expresión se volvió neutral. Demasiado neutral. Dejó de lado el hechizo de la pluma y dio un paso atrás, poniendo una clara distancia entre ellos.

Sí, ese era el Fitzwilliam Darcy que ella conocía. Siempre ocultando sus emociones. El Fitzwilliam Darcy que podía alejarla fácilmente cuando no era conveniente, cuyas declaraciones de amor no significaban nada en absoluto. Recordó aquel rostro inexpresivo con su expresión tensa. Habían pasado cinco largos años, pero estaba grabado en lo más profundo de su memoria. Era lo último que había visto antes de que él le diera la espalda y se alejara, con el eco hueco de sus pasos mientras le rompía el corazón.

—¿Señorita Elizabeth Bennet? ¿Está usted ayudando aquí? Lo siento. Debo haber venido por el camino equivocado. Pedí ver a la Bibliotecaria.

¿Cómo era posible que él no se percatara de la poderosa mezcla de magia humana y Fae que la rodeaban? Él estaba tan concentrado que apenas reconocía su presencia. Su única preocupación era conocer a la Bibliotecaria. La señorita Elizabeth Bennet estaba por debajo de su interés. Con respecto a ella, se mostraba silencioso, serio e indiferente.

Elizabeth se alegró de seguir en la escalera, porque al menos lo estaba observando desde arriba.

—¿De verdad? —Se volvió hacia él y se cruzó de brazos, apoyando la espalda en la escalera. —¿Tenía usted algún propósito particular en mente, o simplemente deseaba reunir información que le ayudara a avanzar en su posición en la sociedad?

—Eso es difícilmente justo… —Dio un paso hacia ella y comenzó a extender su mano, luego la dejó caer a su lado. —Necesito hablar con la Bibliotecaria. Me temo que el Grifo de la Biblioteca me ha dirigido mal. Insinuó que la encontraría aquí.

¿Debería mantener al señor Darcy en la oscuridad sobre su identidad y enviarlo lejos? Prefería no tener que lidiar con él. Además, se lo merecería por no haber considerado la posibilidad de que ella pudiera ser la Bibliotecaria. Era muy típico de él subestimarla.

¿Elizabeth? ¿Deseas que se vaya? No te culpo. Su grifo es el familiar más arrogante que he conocido.

Era probable que Abraxas pudiera percibir su inquietud, aunque él nunca se entrometería a menos que ella le abriera deliberadamente su mente. Elizabeth estuvo a punto de estar de acuerdo con la opinión del grifo sobre Hespera, pero se contuvo. Se había encontrado con el familiar de Darcy dos veces, y en ambas ocasiones había sido intratable. Sin embargo, no quería que Abraxas supiera que ella y Darcy habían sido cercanos alguna vez.

Si él le hubiera avisado con unos minutos de antelación, ella podría haberse preparado. ¿Por qué no me dijiste que nuestro visitante tenía un familiar grifo? Si lo hubieras hecho, habría sabido quién era. El señor Darcy es el único guardián de Grifos en el Reino.

Aparte de ti. Abraxas sonaba satisfecho consigo mismo.

Por supuesto. No hace falta decirlo. Sintió una oleada de afecto por el viejo grifo.

¿Lo conocías bien?

Vaya si trató de ocultarle cosas. Fue hace mucho tiempo. ¿Fue sólo hace cinco años? Parecía toda una vida.

La curiosidad de Abraxas la empujaba, pero no estaba dispuesta a confiarle la lamentable historia de un amor que había fragmentado su corazón en mil pedacitos.

Puedo echarlo, junto con su familiar, y prohibirles la entrada a la biblioteca si así lo deseas. Parecía que Abraxas disfrutaría mucho haciéndolo.

Era tentador, muy tentador. La llegada del señor Darcy la había alterado profundamente. Ella no quería trabajar con él. Pero tampoco deseaba que se le prohibiera la entrada a la Biblioteca por capricho.

No. No hay necesidad de tales medidas.

Se volvió hacia el señor Darcy, cuya impaciencia era casi palpable.

—Lamentablemente, señor, ha venido en mal momento. La Bibliotecaria no está disponible en este momento. Si desea volver en uno o dos días, tal vez.

—Es urgente. Debo verla inmediatamente.

Eso estaba fuera de discusión. Elizabeth se sentía demasiado agitada para trabajar con él hoy, y no quería que lo supiera. No podía negarse a ayudarle. Al fin y al cabo, para eso estaba aquí, y no abandonaría su deber simplemente porque no le gustaba el señor Darcy.

—¿Por qué no vuelve mañana por la mañana? —Eso le daría tiempo para serenarse.

Parecía que el señor Darcy iba a oponerse, pero luego asintió. No quería arriesgarse a la ira de la bibliotecaria. Qué ironía. Ya lo había hecho. Cinco años atrás.

—¿Le parece bien a las nueve?

—Eso sería aceptable —respondió Elizabeth, aliviada por el respiro temporal. —Le haré saber a Travinius que será usted admitido. Estoy segura de que no desea volver a pasar por todas las preguntas—. Ella le dedicó una pequeña sonrisa. Todo esto sería más fácil si pudieran encontrar una manera de al menos ser civilizados.

—No, no querría tener que hacerlo todo de nuevo—. No había ningún indicio de sonrisa en su voz, sólo tensión. Demasiado para tratar de hacer las cosas más fáciles.

Quería que se marchara, y pronto, antes de que se derrumbara y le hiciera la pregunta que la había atormentado durante tantos meses después de que él se hubiera marchado. ¿Por qué me traicionaste? Necesitaba unas horas -una noche entera, posiblemente- para recuperarse.

—Muy bien, entonces, señor Darcy—. Claramente era una despedida.

Afortunadamente, Darcy captó la indirecta. Nunca había sido un hombre obtuso, sólo demasiado inclinado a juzgar a los demás. Mi buena opinión, una vez perdida, se pierde para siempre, había dicho una vez. ¿Qué clase de persona hacía semejante afirmación?

Darcy se inclinó rígidamente. —Un placer verla de nuevo, señorita Bennet.

Ella se alegró de estar en la escalera porque tenía una excusa para no hacer una reverencia y darle la mano.

—Hasta mañana, señor Darcy.

Ella observó como él giraba sobre sus talones y se alejaba. Luego bajó el escalón hasta el suelo y respiró con dificultad. Creía que su corazón se había sido curado. ¿Por qué la visión de Darcy debía sacudirla así? Había creído que la amargura y el dolor estaban enterrados en su interior desde hacía mucho tiempo. En cambio, aquí estaba.

No iba a permitir que él la afectara de esta manera. Ella era una persona diferente ahora. Era la Bibliotecaria de la Gran Biblioteca, que conectaba el mundo humano con el fae, con acceso al conocimiento de siglos. Ya no era la indefensa señorita Bennet, a merced del juicio de la sociedad. Los terribles acontecimientos de hacía cinco años habían terminado. Había encontrado su lugar en el mundo. Ella pertenecía a este lugar, y no dejaría que el señor Darcy lo arruinara.

Se puso en pie. Abraxas estaba en el umbral de la puerta.

Te ha molestado. Su voz en su cabeza era amable. Ello la tranquilizaba y le aseguraba que su mundo no iba a ser arrancado. No tenía intención de permitir que un caballero que no tenía cabida en su vida aplastara todo lo que ella había logrado.

Cierto, respondió ella a la pregunta de Abraxas, pero sólo porque éste era el primer encuentro. La próxima vez, me enfrentaré a él con total indiferencia.

Me alivia escucharlo. Entonces reanudemos nuestras tareas.

∫∫∫

El señor Darcy se presentó justo cuando el reloj dio las nueve, y esta vez, Elizabeth estaba lista para recibirlo. También lo estaba Abraxas, que parecía repentinamente inclinado a parlotear.

—La señorita Bennet me ha dicho que ya se conocían. ¿Diría usted que el señor Darcy tiene un aspecto diferente ahora?

Era una pregunta extraña, pero a menudo era difícil entender a un grifo como Abraxas. Era viejo -siglos- y había visto a varias Bibliotecarias ir y venir. Además, no percibía las cosas como los humanos.

Para responder a la pregunta, Elizabeth se vio obligada a mirar directamente al señor Darcy. Ayer había estado demasiado ocupada evitando el contacto visual para juzgar si él había cambiado, pero ahora, bajo la luz de la mañana, podía ver que esos cinco años habían dejado su huella. El paso del tiempo estaba grabado en su piel. Había perdido parte de su esplendor.

—El tiempo no lo ha tratado bien, señor Darcy—. Contestó con total sinceridad, respondiendo objetivamente a la pregunta del grifo. Tal vez Abraxas quería que ella lo viera como era ahora, no como había sido.

Darcy evitó su mirada. —¿Qué esperaba? —Su voz era despectiva. No le interesaba el pasado, sólo el presente. Estaba aquí por la Bibliotecaria, no por ella.

Debía de herirle su orgullo tener que pasar por Elizabeth para llegar a la Bibliotecaria. Porque así era como lo veía él. Era evidente que el señor Darcy no disfrutaba de este encuentro más que ella. Con suerte, su petición de ayuda sería sencilla, y ella podría brindarle su asistencia, para luego enviarlo lejos.

Si no fuera tan irritable, se habría resignado a su presencia. ¿Quizás podría provocarlo para que se pusiera de mejor humor, como había hecho en el pasado? Eso facilitaría el trabajo en conjunto.

Bueno, no había nada malo en intentarlo. —Entonces, ¿el tiempo me ha tratado bien?

Él abrió la boca y la miró fijamente.

—¿Esta es otra prueba para acceder a la Bibliotecaria? Mi mentor me informó de que sólo habían tres.

Si él todavía tenía un mentor, entonces significaba que aún no se había casado con alguien con una criatura mágica. No se regodearía, por ejemplo, pero sí se sentía triunfante por el hecho de que nadie más hubiera estado a la altura de su arrogante nivel. Los mentores sólo eran asignados a caballeros solteros con familiares mágicos hasta que se casaban, cuando los dos familiares equilibraban los poderes del otro y evitaban que su magia se descontrolara.

Entonces se dio cuenta de lo que implicaba su declaración. Significaba que le habían dado instrucciones sobre cómo entrar en la biblioteca. Debería haberlo sabido. Las familias como la suya siempre tenían ventaja sobre las demás.

—Puede que su mentor no lo sepa todo.

—Creí que la Bibliotecaria había acordado de reunirse conmigo a las nueve. El tiempo es esencial.

La impaciencia estaba escrita en todo su cuerpo. Ella era sólo un medio para un fin, como siempre lo había sido. Al menos esta vez sabía que él sólo la estaba utilizando. Apenas se esforzaba por ser civilizado. Tal vez así era él. Había sido descortés el primer día que se conocieron en la Asamblea de Meryton. Había sido descortés cuando se separaron. ¿Por qué iba a ser diferente ahora? ¿Y por qué iba a dolerle que ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza que la señorita Elizabeth Bennet pudiera ser la Bibliotecaria?

—No podemos hacer que sea demasiado fácil acceder a la Bibliotecaria, ¿verdad? —Había un filo en su voz. Tal vez estuviera mal ocultarle la verdad, pero ella quería que él la descubriera por sí mismo y se diera cuenta de en qué se había convertido. Quizás fuera algo mezquino, pero necesitaba que él reconociera lo que ella había logrado.

Darcy la examinó. Era la primera vez que realmente la miraba bien. Su mirada era desconcertante, sus ojos oscuros eran intensos y profundos. Elizabeth no tenía ni idea de lo que estaba pensando.

—Usted pregunta si el tiempo la ha tratado bien, señorita Bennet. La respuesta es que ha cambiado mucho.

El corazón de Elizabeth se inclinó ante la intensidad de su expresión y se preparó para su veredicto.

—Usted se ve… radiante. Siempre fue una persona vivaz, pero esto es más que eso. Es difícil de describir, pero ya lo he visto antes—. Su mirada se agudizó de repente. —Es el brillo de la magia. La magia de los Fae. ¿Cómo es eso posible?

Detrás de él, Abraxas emitió un sonido, algo entre un resoplido y un bufido.

Él se tomó su tiempo para elaborar eso.

—Es una larga historia —respondió Elizabeth.  —¿Está preparado para escucharla?

La boca de Darcy se tensó. —Tal vez después de explicarle mi situación a la Bibliotecaria, tengamos la oportunidad de hablar. Estoy apremiado por el tiempo.

Ahora estaba aún más enfadada porque él aún no había sumado dos y dos. Elizabeth se acercó a Abraxas con frustración. Todavía no sabe que soy la Bibliotecaria.

Quizá debamos establecer una prueba para el futuro. Si alguien no te reconoce como Bibliotecaria, no debería ser admitido.

Eso puede ser demasiado complicado.

¿Le digo a su familiar quién eres? Me gustaría ver la expresión de la cara de su humano cuando lo descubra.

Preferiría informárselo yo misma al señor Darcy.

En cualquier caso, ya no se podía aplazar la revelación. —¿Desea hablar con la Bibliotecaria, señor Darcy? Muy bien. Tendrá su deseo.

Él asintió con un movimiento de cabeza. Estaba demasiado concentrado en su propósito -cualquiera que fuera- para darse cuenta de que era ella quien le había concedido el permiso.

—Antes de hacerlo, debe jurar que no hará daño a la biblioteca ni a la Bibliotecaria, o usted y sus descendientes serán malditos para siempre.

—Lo juro—. Una vez más, estaba rozando los límites para empezar.

—Debe decir las palabras, señor Darcy. Tres veces. Tienen magia vinculante. Le darán acceso a una gran cantidad de conocimiento e información, si sabe cómo encontrarla.

Ella agitó su mano, y las palabras aparecieron en el aire, las letras brillando intensamente.

Las leyó en voz alta. —Prometo que no haré ningún daño a la Biblioteca ni a la Bibliotecaria. Si lo hago, mis descendientes y yo estaremos malditos para siempre—. Entonó las palabras con solemnidad, a la manera de alguien que sabía que las palabras tenían el poder de construir y destruir.

Ella escuchó mientras él repetía el juramento dos veces más. Para bien o para mal, ahora estaba obligada a ayudarlo, fuera cual fuera su petición.

Cuando la Biblioteca aceptó su juramento, la sensación de la magia de los Fae le erizó la piel. Respiró profundamente mientras las palabras del juramento giraban a su alrededor, cada vez más rápido, creando un torbellino. El aire que la rodeaba empezó a brillar y a expandirse. Las estanterías se movieron hacia atrás y la ilusión de los estantes ordenados desapareció.

Elizabeth se abrió a la antigua sabiduría de la biblioteca y a todo el conocimiento transmitido a través de las generaciones.

—Dígame lo que desea saber, señor Darcy, y haré lo posible por cumplirlo. ¿En qué puedo ayudarlo?

Pronunció las palabras rituales con la voz de la Bibliotecaria. Era su propia voz, unida a las voces de muchos otros, susurros del pasado y del presente, de todos los que la habían precedido.

El señor Darcy parecía haber visto un fantasma. En cierto modo, eso era el Bibliotecario: voces del pasado. Elizabeth había estado donde él estaba ahora, y aún recordaba cómo se sentía. La presencia del Bibliotecario era sobrecogedora. Todo el mundo había reaccionado fuertemente a este momento, y el señor Darcy tenía aún más razones para estar más sorprendido que la mayoría de la gente.

Tras un momento de silencio aturdido, consiguió reunir sus pensamientos lo suficiente como para inclinarse ante ella. —Su Eminencia la Bibliotecaria.

La voz de Abraxas susurró en algún lugar del fondo de su mente, entre las demás voces. Sonaba apagada y lejana.

Lo han entrenado bien. Sabe cómo dirigirse a ti.

Elizabeth sonrió con ironía. Por supuesto. El señor Darcy nunca dejaba nada al azar.

—¿En qué puedo ayudarle? —repitió ella, con su voz resonando en la vasta sala. —Elija bien su petición. Hay un límite de tres peticiones para toda la vida de cada persona admitida en la biblioteca. Por favor, no pierda una de ellas por solicitar algo trivial.

—Puedo asegurarle que no lo haré. He venido aquí, Eminencia, para pedirle que salve la vida de mi hermana Georgiana. Sin su ayuda, yo… —se detuvo y tragó saliva, luego se obligó a continuar —creo que ella morirá.

Los bibliotecarios debían mostrar compasión, pero no debían sentir nada hacia los suplicantes. Elizabeth había conocido a Georgiana. Una vez creyó que serían hermanas. Incluso a la joven edad de dieciséis años, su magia había sido fuerte. Elizabeth sólo podía imaginar lo poderosa que debía ser ahora, cuatro años después. ¿Qué podría haberle ocurrido a aquella joven para que estuviera al borde de la muerte? Elizabeth nunca había tenido la oportunidad de estrechar lazos con Georgiana.

Un fuerte sentimiento de melancolía se apoderó de ella. En respuesta, las voces que la rodeaban se arremolinaron con agitación, y la luz que la rodeaba comenzó a parpadear. El aire se volvió repentinamente frío como el hielo. Miró alarmada a su alrededor. Todas las superficies a su alrededor estaban cubiertas de escarcha, incluido el señor Darcy.

Estaba temblando, con los labios azules. —¿Su Eminencia? ¿Señorita Bennet? ¿Qué está sucediendo? ¿He dicho algo equivocado?

Ella apenas podía verlo a través de los copos de nieve en sus pestañas. ¿Qué había hecho?

Sus emociones siempre se amplificaban cuando estaba conectada a la Biblioteca, pero ésta era la primera vez que se daba cuenta de que podía tener consecuencias materiales. El señor Darcy estaba ahora de rodillas, encogido, soplándose las manos y tratando de mantenerse caliente. Estaba temblando violentamente. Parecía estar a punto de desplomarse.

Si ella no hacía algo rápidamente, podría matarlo.

Estaba consternada por haber dejado que esto sucediera. En respuesta, la temperatura bajó aún más. La única manera de controlar lo que estaba sucediendo era cambiar la dirección de sus sentimientos. Culparse a sí misma sólo empeoraría las cosas. Cambió de dirección, obligándose a pensar en cosas felices. Correr por el monte Oakham con sus hermanas, con sus bonetes en las manos, sintiendo el viento contra sus caras. El ridículo señor Collins y sus estudiados cumplidos a las damas. La primera vez que el señor Darcy la tomó de la mano.

Lentamente, el hielo comenzó a derretirse.

El señor Darcy se enderezó y se puso en pie. Su color empezó a volver a la normalidad.

—¿Qué ha sucedido? —Su voz era ronca y parecía desconcertado.

No podía decirle que se había dejado llevar por sus emociones.

—Hubo algunas dificultades inesperadas.

Sonó su voz, la suya, pero no la suya. Las voces de los otros bibliotecarios la presionaban. Ella no era Elizabeth Bennet. Era la Bibliotecaria.

—No sé si podré ayudarlo, señor Darcy.

Parecía desolado, como si ella le hubiera quitado toda la esperanza.

—¿Pero Georgiana…?

Ella rechazó el impulso de sentirse culpable. Eso sólo empeoraría las cosas.

—No estoy diciendo que no lo vaya a ayudar. Sólo que no sé si puedo hacerlo.

Porque, para ayudarlo, tendría que olvidar que lo había conocido.

Continuará…

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